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Los hutíes han pasado de ser un actor de la guerra civil en Yemen a uno internacional capaz de condicionar a potencias regionales y globales. Han mejorado sus capacidades militares para avanzar frente al Gobierno, pero su mayor poder reside en haber convertido drones, misiles y control territorial en una influencia que va más allá de las fronteras yemeníes.
La clave es su capacidad de disrupción. Con sus ataques recientes contra Arabia Saudí y sus avances sobre el estrecho de Bab al Mandeb, los hutíes confirman que pueden explotar una vulnerabilidad del sistema internacional al interrumpir el comercio y provocar subidas en los precios de los hidrocarburos. Aunque sufran represalias, no necesitan vencer militarmente fuera del país.
Son un actor difícil de encajar en las relaciones internacionales: los hutíes no son un Estado, pero controlan parte de Yemen y ejercen funciones de gobierno; no son una gran potencia militar, pero pueden amenazar objetivos situados a cientos de kilómetros; mantienen una relación estratégica con Irán, pero no se reducen a ser un grupo proxy de la República Islámica.
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