Política y Sociedad Europa

Albania, del aislacionismo al club de los 27

Albania, del aislacionismo al club de los 27
Mosaico del Museo de Historia Nacional, en Tirana. Fuente: Rob Hogeslag

Albania ha pasado en el último siglo de ser el Estado más pobre de Europa a país candidato a entrar en la Unión Europea. Su camino ha sido largo y arduo y se ha visto marcado por un comunismo hermético y una guerra civil que asolaron el país balcánico.

La Historia de Albania está marcada por la búsqueda de los orígenes de sus gentes —los albaneses— en el territorio que delimita las fronteras modernas del país y los colindantes. Aunque la gran mayoría de los albaneses afirma que sus orígenes se remontan a la presencia de las tribus ilirias en los Balcanes hasta mediados del siglo VII, los asentamientos de los pueblos bárbaros, griegos, romanos y eslavos durante el primer milenio indican que la procedencia de los albaneses es mucho más compleja. Los romanos que conquistaron la región, por ejemplo, dejaron un legado imborrable: el cristianismo. El Cisma de Oriente en 1054, sin embargo, dividió el territorio de Albania entre católicos en el norte y ortodoxos al sur de la región.

La creación de la primera entidad albanesa no tendrá lugar hasta finales del siglo XII, cuando se proclamó el Principado de Arbanon, que ocupó una pequeña porción del territorio del norte de Albania. Su duración fue escasa, ya que las guerras en Bizancio abrieron una brecha en el Imperio bizantino y provocaron la conquista de gran parte de Albania por el rey serbio. Las batallas de Maritza y Kosovo en la segunda mitad del siglo XIV —de suma importancia para el nacionalismo serbio— supusieron el retroceso del Imperio serbio y la llegada del otomano a la región, si bien no llegaría a Albania hasta la década de 1410. El asentamiento otomano, en cambio, persistió casi 500 años.

Para ampliar: “Kosovo, la patria perdida de Milošević”, Adrián Albiac en el Orden Mundial, 2014

Representación de los dos subgrupos étnicos albaneses: guegos al norte y toscos en el sur. Fuente: Jacques Leclerc

Las barreras naturales dividieron a los albaneses en dos grupos distintos, con un dialecto y una organización social diferente, que se han mantenido hasta la actualidad. Los habitantes al norte del río Shkumbin, zona montañosa y menos desarrollada que la planicie del sur, son conocidos como guegos. Su estructura social está organizada en torno a un sistema de clanes —supuestamente originario de los ilirios, de donde también reciben su lengua— que estructura la interacción social y el comportamiento con las instituciones del Estado. Estas pautas están recogidas en el kanun, un código de leyes consuetudinarias que regula todos los aspectos de la vida, desde la familia hasta la vendetta o venganza de sangre. Los habitantes del sur, conocidos como toscos, abandonaron el sistema de clanes antes de la llegada del Imperio otomano.

Para ampliar: Abril quebrado, Ismaíl Kadaré, 1978

La islamización de los Balcanes por parte del Imperio otomano fue progresiva y estuvo marcada por cierta tolerancia hasta finales del siglo XVIII. La mayoría de la población al norte de Albania mantuvo su autonomía, con la religión católica y costumbres ancestrales intactas mediante el pago del tributo. La conversión al islam en Albania, sin embargo, se produjo con mayores dificultades que en otros Estados actuales de los Balcanes —en especial Bosnia, pero también Montenegro—, aunque finalmente las ventajas de pertenecer al islam —el estatus, entre otras— eran mayores que las de la pertenencia a la Iglesia católica u ortodoxa. El declive del Imperio otomano con la derrota a las puertas de Viena en 1683 produjo una aceleración de las conversiones a partir del siglo XVIII para asegurar la lealtad a la Sublime Puerta, Gobierno central del Imperio otomano.

Las conversiones forzosas fabricaron un cuadro de religiones muy complejo, con mayoría islámica en la región, pero con una presencia importante de católicos al norte del país y ortodoxos al sur del río Shkumbin, panorama que se ha mantenido hasta la actualidad. La ausencia de una única religión en la población albanesa —junto a la opresión otomana— demoró el desarrollo del nacionalismo albanés. A diferencia de los nacionalismos en el resto de los Balcanes, el nacionalismo albanés nació en torno a la lengua y no a la religión, dado que no se nacionalizó ninguna.

Grupos étnicos y religiones en Albania, según el censo de 2011. Fuente: Wikimedia

El despertar nacional

“¡La religión de los albaneses es el albanismo!”. Bajo este lema, durante la segunda mitad del siglo XIX, el escritor y poeta albanés Vaso Pasha —artífice y símbolo del nacionalismo romántico albanés— creó el pilar fundamental de la identidad albanesa. En esta época también tuvo lugar la consolidación de los símbolos e imágenes que representarán la unidad nacional, como la bandera del águila bicéfala —establecida como bandera nacional en 1912 y de suma importancia para el nacionalismo albanés moderno—. Además, fue utilizada por el héroe nacional albanés, Skanderberg, general del siglo XV que renegó del islam y luchó contra los ejércitos otomanos. Vaso Pasha, junto con otros intelectuales albaneses, contribuyó a este despertar con la formación de plataformas para la defensa de la cultura y la lengua albanesas, como el Comité Central para la Defensa de los Derechos del Pueblo Albanés en 1878. Ese año quedó marcado para la futura constitución de un Estado albanés.

Los tratados de San Stefano y Berlín no solo no habían concedido la independencia a Albania —que seguía bajo el yugo otomano—, sino que además habían asignado territorios habitados por albaneses a otros Estados —Grecia, Montenegro y Serbia—. La respuesta albanesa no se hizo esperar: en junio de 1878, tras una serie de revueltas, se fundó la Liga de Prizren. Aunque al principio el objetivo no era la independencia de Albania —se llegó incluso a reafirmar la integridad territorial del Imperio otomano—, el paso del tiempo supuso la demanda de autonomía para el pueblo albanés y, por tanto, el auge de la conciencia nacional albanesa. El nacionalismo albanés terminó por consolidarse y reclamó que no querían ser “ni turcos ni griegos ni austríacos ni eslavos, sino albaneses”. En pocas palabras, un Estado para una nación: la albanesa.

La independencia se dilató más de 30 años. No fue hasta noviembre de 1912, recién comenzada la primera guerra balcánica, cuando Albania se coronó independiente en la ciudad costera de Vlorë. Ismail Qemali, autor principal de esta declaración y padre fundador de la Albania moderna, se proclamó primer ministro. El reconocimiento internacional no tuvo lugar hasta el final de la primera guerra balcánica en la Conferencia de Londres de 1913, en la que se establecieron las fronteras de la Albania actual. Esta delimitación fronteriza no contentó del todo a los líderes albaneses, ya que dejó casi la mitad de la población albanesa excluida del nuevo Estado. Los Estados actuales de Montenegro, Serbia, Kosovo, Macedonia y Grecia pasaron a albergar un número significativo de albaneses, que se ha mantenido —aunque con variantes— hasta la actualidad.

El nuevo Estado pasó, asimismo, a albergar una cantidad importante de minorías étnicas de Estados colindantes como resultado de la creación de nuevos Estados modernos en la región. En este sentido, destaca la presencia de montenegrinos al norte del país, macedonios al este y griegos al sur —la población más importante actualmente—. Existen también minorías culturales, como los romaníes —distribuidos por toda la región balcánica—, los valacos —de ascendencia y habla latinas— o los goranis —pueblo eslavo musulmán—, que, sin embargo, no están consideradas como minorías nacionales al carecer de un Estado afín.

Para ampliar: “Tras las huellas del pueblo gitano”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2018

Los años siguientes a la independencia fueron de enorme dificultad para consolidar el poder y garantizar la seguridad del nuevo Estado. Aunque en 1914 se estableció el Principado de Albania bajo la regencia del príncipe Guillermo de Wied, su estancia en Albania duró escasamente unos meses debido a las revueltas internas y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Albania se convirtió entonces en un Estado irrealizable, donde las luchas internas y los deseos de conquista de las grandes potencias regionales de la época —Italia, el Imperio austrohúngaro, Grecia, Serbia, Bulgaria y Montenegro— habían convertido a Albania en el país menos desarrollado de Europa, un país fallido.

El establecimiento de la Primera República en 1924 bajo el puño de hierro de Zogu —autoproclamado rey Zog I de Albania en 1928— y la influencia considerable de Mussolini habían conseguido traer cierta bonanza al país. Sin embargo, no calmaron los deseos del pueblo albanés de unir los territorios habitados por albaneses —principalmente Kosovo— al nuevo Estado. Finalmente, la invasión de Italia en 1939 y la irrupción de la Segunda Guerra Mundial (IIGM) volvieron a condenar al país balcánico a casi medio siglo de hermetismo político y decadencia económica y social.

Para ampliar: The Albanians: A Modern History, Miranda Vickers, 1995

La Corea del Norte europea

Tras la ocupación italiana y alemana de Albania durante la IIGM y la guerra civil entre diferentes facciones albanesas, el final de la contienda llevó al poder al dirigente comunista tosco Enver Hoxha. Albania se convirtió en un Estado satélite de la URSS y aplicó unos ideales económicos muy similares a los establecidos por Tito en Yugoslavia después de la IIGM: se nacionalizaron las industrias y se creó un monopolio estatal en el ámbito comercial. La Constitución de 1946 imitó la establecida en Yugoslavia unos meses antes, que a su vez había reproducido la Constitución soviética de 1936. Hasta la ruptura entre Tito y Stalin en 1948, las relaciones entre Yugoslavia y Albania serían muy cordiales; incluso se planteó la creación de una federación balcánica que incluyese a Albania, Yugoslavia y Bulgaria.

Para ampliar: “La Yugoslavia de Josip Broz Tito, Pol Vila en el Orden Mundial, 2018

Joseph Stalin y Enver Hoxha. Tras la muerte del primero, Hoxha rompió con el dogma revisionista de Jruschov y quedó aislado del mundo exterior, con la única ayuda de los chinos. Fuente: Robert Elsie

Hoxha rompió relaciones con Yugoslavia cuando esta renegó del estalinismo y llegó a calificar a Tito como la marioneta de los intereses de Occidente. Aunque esto supuso un varapalo para la ya endeble economía albanesa, no fue hasta la muerte de Stalin y la posterior ruptura de relaciones —políticas y económicas— con la URSS en 1961 cuando Albania quedó completamente aislada del mundo exterior. Hoxha condenó las políticas revisionistas de Jruschov y deslegitimó el revisionismo dentro del movimiento comunista internacional. Albania pasó a vivir un hermetismo similar al que vive Corea del Norte; se creó un Estado teatral donde se construyeron cientos de miles de búnkeres ante el miedo a una posible ocupación por potencias extranjeras.

Las purgas fueron masivas: se abrieron campos de trabajo donde se envió a la escasa disidencia política existente y se calcula que miles de personas fueron asesinadas durante el periodo comunista. Se establecieron restricciones de viaje y se prohibió el uso de la mayoría de los vehículos privados. Además, el comunismo, que apareció como un fenómeno tosco, reprimió las zonas del norte —habitadas por guegos—, organizadas en torno a lo dictado en el kanun. El objetivo principal fue modernizar la sociedad limitando el uso del kanun y las venganzas de sangre, algo que convirtió a la sociedad del norte en anticomunista. A pesar de su brutalidad, el régimen consiguió modernizar la sociedad; en lo que al sistema educativo se refiere, Hoxha alfabetizó a la gran mayoría de la población albanesa, que antes de la IIGM poseía una de las tasas de alfabetización más bajas de Europa.

Tras la ruptura de las relaciones albano-soviéticas —y el cisma sino-soviético—, la China de Mao Zedong emergió como el único socio internacional del aislado país balcánico, en gran parte por su rechazo del revisionismo y la apuesta por la doctrina estalinista del comunismo. Desde 1961, el capital chino atracó en puertos albaneses y financió proyectos de infraestructura por todo el país. El chino pasó a ser la principal lengua extranjera estudiada en los colegios. En 1967, después de la Revolución Cultural china, Hoxha lanzó su propia revolución ideológica y proclamó Albania como el primer Estado ateo del mundo. Las reformas afectaron a todo el sistema, desde la burocracia gubernamental a las instituciones religiosas.

Para ampliar: “Tras las pistas de la China actual. De la Revolución Cultural a Tiananmén”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2016

El acercamiento de China a Estados Unidos con la visita del asesor de seguridad nacional de Nixon, Henry Kissinger, a China en 1971 supuso una vuelta de tuerca en las relaciones sino-albanesas, que desembocaron en el cisma sino-albanés de 1978. Albania sufrió un aislamiento total que solo mejoró con la muerte de Hoxha en 1985 y el posterior establecimiento de relaciones diplomáticas con algunos países de Occidente. La muerte de Hoxha no significó el fin del comunismo en Albania, que se dilató hasta las elecciones de 1992. En ellas Sali Berisha, presidente del Partido Democrático de Albania, se impuso al Partido Comunista y se convirtió en el primer presidente no comunista de Albania elegido democráticamente.

Tras la caída del comunismo, miles de personas buscaron refugio en otros países. En la imagen, el barco Vlora en agosto de 1991, antes de partir hacia Bari con miles de albaneses a bordo. Fuente: Wikimedia

Una democracia endeble y prematura

El colapso del comunismo en Albania no supuso la consolidación de la estabilidad y la seguridad en el nuevo Estado. Casi medio siglo de aislamiento internacional había dejado a Albania sin una idea de un espacio político multipartidista y con la reputación de ser el país más pobre y atrasado de Europa. Esto, sumado a la ausencia de confianza ciudadana en la élite política y la crisis financiera de principios de 1997, llevó al país a un estado de anarquía total que desembocó en una breve, pero sangrienta, guerra civil en 1997 en la que los clanes tomaron el control de algunas ciudades del país.  

Albania consiguió sobreponerse a la contienda y promulgar la primera Constitución democrática en 1998. Además, en contraste con los demás países de los Balcanes Occidentales, disoció el nacionalismo de su política regional y aplicó una política no intervencionista en la guerra de Kosovo en 1998, una acción motivada por factores nacionales —el proceso interno de democratización— e internacionales —la necesidad de establecer relaciones diplomáticas con otros Estados para la recepción de ayuda exterior—. El Estado albanés, sin embargo, no dejó de lado a sus hermanos albaneses de Kosovo y acogió a cientos de miles de refugiados de la antigua provincia serbia.

Albania pasó a mirar hacia Occidente para la mejora del país. En 2009 accedió a la Alianza Atlántica y entró en vigor el Acuerdo de Estabilización y Asociación con la UE. Desde junio de 2014, Albania está considerada país candidato a entrar en la UE. Su ingreso en el club de los 27 no se prevé antes del acceso de Montenegro y Serbia, que podría tener lugar en 2025. Para ello, Albania tendrá que seguir luchando contra una serie de problemas que parecen endémicos en la región, como la corrupción institucional, el clientelismo o el crimen organizado, principales escollos para su acceso a la UE.

El Gobierno socialista de Edi Rama debe poner todo su esfuerzo en luchar contra esa lacra, además de fortalecer la sociedad civil e integrar a sus ciudadanos en la mejora del país. De lo contrario, puede aumentar la ya existente desilusión política —la participación en las últimas elecciones parlamentarias, en junio de 2017, no llegó al 50%— y la falta de oportunidades, algo que produce que sus ciudadanos renieguen de su país de origen y busquen un porvenir mejor dentro de la UE.

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