Estados Unidos, ¿el nuevo magnate del fútbol mundial?

Aunque el país es la gran referencia del balompié femenino, el deporte rey nunca ha tenido el éxito y el peso económico de la NBA, la Super Bowl o la liga de béisbol. Para revertirlo, ahora trata de hacerse con el control del fútbol global a través de inversiones récord, eventos mundiales y la sombra de Trump
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Estados Unidos, ¿el nuevo magnate del fútbol mundial?
Trump e Infantino, presidente de la FIFA, en el sorteo del Mundial celebrado en Washington. Diciembre de 2026 | JIA HAOCHENG - POOL - AFP

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En 1986, el congresista estadounidense y exjugador de fútbol americano, Jack Kemp, aseguró en la Cámara de los Representantes que el fútbol, conocido como soccer en Estados Unidos, era un deporte “europeo” y “socialista”. Kemp participaba de un debate sobre la idoneidad de celebrar la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos. Lejos de ser una extravagancia, su opinión representaba un sentir compartido por muchos compatriotas sobre un deporte foráneo inventado, además, por la que un día fue su metrópoli. A pesar de las reticencias, el Mundial de 1994 terminó celebrándose en suelo norteamericano y hasta la fecha ha sido la edición que ha logrado mayor asistencia de público y mejores resultados financieros. 

Desde entonces, la afición por el fútbol ha crecido de forma sostenida en Estados Unidos. En gran parte por su éxito entre los más jóvenes, especialmente entre las niñas, y sobre todo por los logros históricos que han llevado al fútbol femenino a ser una auténtica sensación nacional. Desde 1991, la selección estadounidense femenina se ha hecho con cuatro mundiales, cinco oros olímpicos y la National Women’s Soccer League se ha consolidado como la liga femenina más importante del mundo. Junto a esto, el fútbol se ha visto impulsado por la llegada sostenida de migrantes de origen latinos al país, donde hoy representan un importante porcentaje de la población.

Este auge no ha pasado desapercibido para los inversores y las propias autoridades, que se han percatado del potencial que el beautiful game tiene en términos económicos y políticos. Millonarios, celebridades, magnates tecnológicos y fondos de inversión han comenzado a mover importantes cantidades de dinero hacía la liga nacional pero también al extranjero, con la adquisición de clubes a lo largo y ancho de Europa. Tras este desembolso, la estrategia está siendo clara: moldear el fútbol a su imagen y semejanza para transformarlo, aún más si cabe, en un activo de mercado que compita de tú a tú con otras grandes franquicias como la NBA o la liga de béisbol. 

La corona que un día perteneció a la Inglaterra precursora del fútbol moderno y que pasó por las manos de la pentacampeona mundial Brasil por su dominio deportivo, hoy se asienta sobre la cabeza de un Donald Trump que ha colonizado las relaciones institucionales con la FIFA y ha empleado el tirón deportivo como herramienta de propaganda de su administración. El Mundial 2026, que se está celebrando en Estados Unidos, México y Canadá, no es más que la culminación de este proceso.

Sin embargo, lo que ha sucedido en los días previos a la cita deportiva plantea una cuestión incómoda para el futuro del fútbol: ¿puede un país que detiene a jugadores de algunas selecciones en la frontera y no permite la entrada al país a árbitros de la FIFA ser el nuevo rey de un deporte que siempre se ha reivindicado como universal?

A golpe de talonario

Si hay algo que Estados Unidos puede aportar a la industria futbolística es la capacidad inversora de sus empresarios. Además, la compra de clubes europeos supone para ellos un desembolso relativamente menor que la adquisición de franquicias nacionales de otros deportes. Según datos de Football Benchmark, el club con mayor valor del fútbol mundial es actualmente el Real Madrid, con 6.750 millones de dólares. En comparación, hace tan solo unos meses, el famoso equipo de baloncesto de Los Ángeles Lakers fue traspasado por 10.000 millones. 

Esto explica en parte que, durante la última década, fondos de inversión con sede en Washington, Miami o Nueva York hayan decidido hacerse con la propiedad de decenas de clubes europeos. El fútbol del Viejo Continente ya ha vivido en los últimos años el desembarco de capitales chinos y, sobre todo, del golfo Pérsico. Hoy, la realidad es que muchos equipos de las principales ligas europeas le deben devoción al dólar estadounidense. En la Premier League, cuatro de los seis equipos del big six (el grupo de clubes más potentes y famosos del campeonato) están ya en manos norteamericanas: Manchester United, Liverpool, Arsenal y Chelsea. España también sufre esta tendencia y Atlético de Madrid, Mallorca y Espanyol tienen como accionista mayoritario a Apollo Sports Capital, filial del fondo Apollo Global Management, cuyo CEO, Marc Rowan, es miembro de la Junta de Paz de Donald Trump.

Este modelo busca diversificar inversiones, explotar nuevos mercados a nivel internacional y, en definitiva, concebir a los equipos como activos a los que sacar la máxima rentabilidad. Una mercantilización que arranca a los clubes y su esencia de los barrios para convertirlos en productos de marketing. Para ello, una pata importante de la estrategia es la adquisición de equipos en ligas inferiores con el objetivo de ascenderlos progresivamente de categoría para que su valor aumente en consecuencia. 

El ejemplo más evidente es lo sucedido con el equipo galés Wrexham AFC, que se encontraba en quinta división cuando en 2020 fue comprado por los actores Ryan Reynolds y Rob McElhenney por 2,3 millones de euros. Seis años más tarde y con la pertinente inyección de dinero, se encuentran asentados en la segunda división del fútbol inglés, han firmado con Disney+ la producción de una serie documental y su valor de mercado asciende a los 400 millones de euros. Un negocio redondo.

A todo ello se le suma la organización de los principales eventos futbolísticos del mundo, que sirven a Washington para proyectar poder blando pero que también se traducen en ingresos millonarios por los derechos televisivos, la venta de entradas y los acuerdos publicitarios. En estos últimos años, Estados Unidos ha sido sede de la Copa América 2024, el Mundial de Clubes 2025, el presente Mundial de 2026. En los próximos años acogerá también el Mundial de Clubes Femenino de 2027, los Juegos Olímpicos de 2028, el Mundial Femenino de 2031 y, previsiblemente, la Copa América de 2028. Casi nada.

American football

Negocios a parte, la realidad es que la afición por el fútbol en Estados Unidos ha crecido de manera exponencial en los últimos años. Según un informe de la consultora Nielsen, el fútbol ya es el cuarto deporte más popular del país, con un 27% de la población interesada, especialmente entre los menores de 25 años. La profesionalización de la MLS, con la firma del acuerdo de emisión con Apple y la atracción de estrellas internacionales como Leo Messi, Thomas Müller o Rodrigo De Paul han provocado que esta liga se convierta en un producto global atractivo en numerosas latitudes.

Los cambios demográficos del país también han influido significativamente en el seguimiento del deporte rey. Si en los años setenta del siglo pasado la población hispana, más forofa del fútbol que los estadounidenses blancos, representaba tan solo el 5% de los habitantes del país, en la actualidad ya suponen el 20% del total. Este espíritu del migrante futbolero lo encarna a la perfección el actual alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ferviente seguidor del Arsenal. Trump es consciente de esta situación y por eso pretende usar el poder blando del fútbol como reclamo político que le brinde mejores índices de popularidad entre la población inmigrante.

Pero en una sociedad del espectáculo como la estadounidense no basta con que un puñado de jugadores den patadas a un balón durante noventa minutos. El famoso espectáculo del descanso de la Super Bowl, las cámaras de televisión en los vestuarios de la NBA, los sistemas de retransmisión multicámara del béisbol o las entrevistas pre partido a los entrenadores de la NFL son elementos que se están intentando exportar al fútbol europeo para mantener la atención de la audiencia.

Este Mundial será, de hecho, el primero de la historia que contará con un espectáculo en el descanso de la final que contará con las actuaciones de Madonna, Shakira y BTS. Además, también será la primera vez que se aplique la referee view, una cámara que el árbitro de campo portará en su pecho y cuya imagen se estabilizará mediante inteligencia artificial para observar en primer plano las intervenciones del colegiado. Todo dirigido a que el show sea total.

El Mundial de Trump

Las sedes de los Mundiales nunca son casuales. Han servido para demostrar que un país en desarrollo ya es capaz de organizar un evento deportivo internacional, pero también para blanquear regímenes de todo pelaje. En el caso de este año, la elección de Estados Unidos como el coanfitrión con más peso responde a la consolidación de este deporte en el país y es una apuesta de futuro de la FIFA para convertir a Estados Unidos en el modelo de negocio a replicar en el resto de países. Todo ello aderezado con una fecha especialmente señalada para el país: el 4 de julio se cumplen 250 años de la independencia de la potencia norteamericana.

Aunque si por algo se recordará este torneo será por ser el Mundial de Trump. Una candidatura que se centró desde el principio en la figura del magnate y en su estrecha relación con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. En 2017, durante su primera legislatura, Trump recibió la noticia de que acogerían la cita mundialista. Ahora, en su segunda estancia en la Casa Blanca, verá el proyecto ejecutado. Aunque no sin polémica.

El balón apenas ha comenzado a rodar, pero ya se han producido numerosos incidentes que están empañando su arranque. Los regímenes autoritarios siempre han usado estas citas internacionales para blanquear su imagen, dando una falsa sensación de paz, armonía y convivencia, mientras que la represión se producía tras esa fachada de aparente normalidad. Ese fue el caso del mundial de Argentina de 1978 o el de la Italia fascista de 1934. Pero también el de Rusia 2018 y Catar 2022. Trump, sin embargo, está estirando los resortes de la democracia estadounidense para invertir la dinámica: la presión policial, la sospecha y los signos de autoritarismo se dan de forma transparente en un burdo intento de dejar claro quién manda.  

Ejemplo de ello es que la selección de Irán tiene, por el momento, 13 visados bloqueados mientras el intercambio de misiles en Oriente Medio prosigue. Los visados de decenas de hinchas escoceses fueron revocados sin motivo aparente a días del comienzo de los partidos. E incluso el árbitro somalí Omar Artan, que iba a ser el primero de su país en pitar en una Copa del Mundo, tuvo que regresar tras ser rechazado en la frontera por “preocupaciones [con la] verificación de antecedentes”. También se han producido chequeos exhaustivos a las selecciones de Senegal, Uzbekistán e Irak, cuyo capitán y máximo goleador, Ayman Hussein, quedó detenido durante siete horas en el aeropuerto de Chicago. 

Trump quiere que este Mundial sea histórico. Para alimentar su propio ego, por supuesto, pero también para usarlo en clave interna para reforzar su liderazgo y de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre. Y si existe un evento que puede lograrlo, esa es la gran fiesta del fútbol. Pero la grandeza histórica no se decreta desde el despacho oval, ni se compra con un premio de la paz hecho a medida. Se gana, paradójicamente, dejando que el fútbol sea fútbol: universal, integrador, ajeno a cualquier frontera. Esa es precisamente la única frontera que Trump nunca ha sabido (ni querido) cruzar.

Jon Salvador

Donostia, 1998. Periodista, politólogo y máster en Política Internacional. Con la mirada siempre puesta en el Lejano Oriente: China, Corea y Japón. Me interesan los procesos de integración regional en Asia, los conflictos internacionales y los procesos políticos internos de estos países.

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