Crisis climática

El mapa del aire acondicionado en Europa

Solo un 23% de los hogares europeos cuenta con aparatos de refrigeración. En el sur están muy extendidos, pero en el norte apenas hay y se debate su efecto sobre el medioambiente
Desarrollo y cambio climáticoEuropa

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Europa es el continente que más rápido se calienta del planeta: desde los años noventa ha pasado de estar por debajo de la media mundial a calentarse al doble de velocidad. Además, las olas de calor que antes se concentraban en el Mediterráneo ya baten récords en el norte. En junio de 2026, Alemania, República Checa y Hungría superaron sus récords históricos de temperatura, con máximas cercanas a los 42 °C. Sin embargo, apenas un 23% de los hogares europeos cuenta con aire acondicionado, según la agencia internacional de la energía.

El mapa del aire acondicionado en la Unión Europea
El mapa del aire acondicionado en la Unión Europea

Estas cifras representan una de las curvas de adopción más lentas del norte global, frente al 90% de hogares que cuentan con esta tecnología en Japón y Estados Unidos. Y ofrecen contexto sobre la forma en la que un electrodoméstico se ha convertido en un asunto político y ha abierto un debate sobre la resiliencia de las ciudades europeas ante el cambio climático.

En Europa, el aire acondicionado se instaló en el imaginario público primero como un lujo mediterráneo y después como un pecado ambiental. De hecho, hasta el 78% de los franceses cree que no es respetuoso con el medioambiente. Pero el Mediterráneo español lleva décadas conviviendo con el calor extremo, y sus respuestas —culturales y políticas— pueden servir de guía para el norte, más allá de instalar aires acondicionados. 

Un sur climatizado; un norte reticente

La brecha del aire acondicionado no está solo entre Europa y el resto del mundo. Malta, Grecia, Bulgaria e Italia superan el 50% de hogares equipados. Polonia, Reino Unido y Alemania siguen por debajo del 20%, aunque las ventas alemanas subieron un 75% entre 2019 y 2024, el año más caluroso de su historia. Estos datos incluyen además bombas de calor reversibles, que enfrían en verano y calientan en invierno. Por eso Noruega aparece a un nivel parecido al de España, aunque no sea por las altas temperaturas. Pero si el calor llega, Noruega ya está equipada.

Tener aire acondicionado tampoco es lo mismo que usarlo. Bulgaria tiene aire acondicionado en más de seis de cada diez hogares, pero apenas destina un 0,6% de su energía a refrigerar. Esto es casi lo mismo que Francia o Hungría, con muchos menos hogares equipados. En el conjunto de la Unión Europea para 2024, enfriar representaba solo un 0,84% del gasto energético doméstico, frente al 61,5% destinado a calefacción, según datos de Eurostat. Solo Chipre (16%) y Malta (15%) —islas pequeñas y muy expuestas al calor— destinan un porcentaje relativamente alto en refrigeración.

El consumo del aire acondicionado en la Unión Europea
% del consumo energético que los hogares destinan a refrigeración (2024)

El consumo del aire acondicionado en la Unión Europea
% del consumo energético que los hogares destinan a refrigeración (2024)

Pero el uso de aire acondicionado y su consumo energético no explican por sí solo cuánto calor soportan hoy los edificios europeos. Eurostat sitúa en 21 °C el umbral a partir del cual un edificio empieza a necesitar refrigeración y calcula el exceso anual. Al observar esta medición de calor desde principios de siglo se entiende el cambio que ha sufrido el continente en los últimos años. En 2003, el año de la ola de calor más mortal registrada en Europa, con decenas de miles de muertes, buena parte de Francia y del centro del continente pasó a necesitar una refrigeración que tres años antes apenas existía. Las olas de 2010 y 2018 repitieron el patrón y lo extendieron hacia el este. 

En 2025, el sur del continente, la zona del Mediterráneo, ha seguido acumulando mucho más calor que ninguna otra región, pero el norte ya no está exento. En el centro de Londres, la energía necesaria para enfriar los edificios ha subido entre un 20% y un 28% en la última década. En Varsovia, los distritos metropolitanos superan la media polaca. Es lo previsible en una ciudad densamente poblada: el asfalto, los edificios pegados unos a otros y la poca vegetación retienen más calor que el campo de alrededor. Es lo que se conoce como efecto isla de calor urbano. Son las grandes ciudades, más que los países enteros, las que acumulan una necesidad de refrigeración que no se está cubriendo.

La Europa que pasa calor
Grados diarios acumulados por encima de 21 °C (2025)

La Europa que pasa calor
Grados diarios acumulados por encima de 21 °C (2025)

La politización del aire acondicionado

La pregunta que queda abierta no es solo cuánto calor hace, sino qué puede hacer Europa en términos energéticos y de eficiencia. Ahí entran en juego varios frentes a la vez: una cultura que durante décadas trató el aire acondicionado como un lujo innecesario, un debate energético sobre su eficiencia y su huella de carbono, decisiones políticas que van del rechazo a la promoción activa, y una arquitectura pensada para el frío, no para el calor.

En Francia, el debate arrancó con un giro paradójico: la alcaldía de izquierdas de París anunció que instalaría más de 1.200 aparatos de aire acondicionado portátiles en unas 620 escuelas para responder a una ola de calor que estaba llevando algunas aulas a 35 grados. Aunque, según el alcalde Emmanuel Grégoire, el aire acondicionado “individual agrava el problema al calentar aún más la ciudad”. Esa decisión abrió una discusión política más amplia, donde la izquierda verde sigue criticando el alto coste energético y ambiental pero reconoce que escuelas y hospitales ya no pueden prescindir de una climatización adecuada. Por otro lado, Marine Le Pen y la extrema derecha usan el aire acondicionado como bandera de protección civil, acusando a la izquierda de dejar desprotegidos a los más vulnerables. Incluso el debate saltó al nivel europeo: la Comisión Europea admitió que la refrigeración de edificios puede acabar siendo un asunto político en la UE.

Edificios pensados para un clima que ya no existe

Climatizar todo París tampoco resolvería el problema. Un aparato de aire acondicionado también genera calor en sus unidades exteriores. Aire caliente que se lanza a la calle. Una simulación sobre una ola de calor como la de 2003 calculó que climatizar de forma masiva los edificios parisinos elevaría la temperatura exterior hasta 2,4 °C por la noche

Depender del aire acondicionado también crea un nuevo punto débil. Los picos de calor extremo son los momentos en que más se sobrecargan las centrales y las redes de energía, y en los que la demanda de refrigeración es más difícil de cubrir. En la ola de calor de junio de 2026, con temperaturas cercanas a los 40 °C, un transformador falló en la región francesa de Bretaña y dejó a casi 70.000 hogares franceses sin electricidad durante casi un día entero, sin ventiladores ni aire acondicionado. 

Por eso el aire acondicionado no basta: el problema de fondo está en los edificios mismos. Los edificios que se levantan hoy seguirán en pie en 2050, cuando el clima que tendrán que soportar no será el mismo de hoy. El sur europeo lleva siglos resolviendo esto sin necesidad de energía. Sevilla entolda las calles de su centro cada verano desde 1992 y este año llega a treinta vías y plazas. Entoldar bien una calle baja entre cinco y seis grados según la vía. El horario también es una forma de adaptación. En el norte de Europa, la jornada laboral se organiza para aprovechar la luz y el calor, escasos la mayor parte del año. En el sur ocurre lo contrario: comercios que cierran al mediodía, comidas, cenas y tiempo de ocio a horas más tardías… 

Refrigerar las ciudades sin depender del aire acondicionado

Un estudio de Nature Reviews Clean Technology llega a una conclusión incómoda: ningún país resolverá el calor solo comprando aires acondicionados, y ninguno lo resolverá prescindiendo de ellos. El aire acondicionado salva vidas y seguirá siendo imprescindible en los episodios extremos. El problema es la dependencia exclusiva, por lo que la alternativa es invertir el orden: primero impedir que el calor entre, con sombra, materiales reflectantes, control solar y mejor ventilación, y encender el aire acondicionado después, cuando ya tenga poco trabajo. Bien integrado en el diseño, este enfoque reduce hasta un 80% la demanda de refrigeración en climas cálidos, rebaja el pico de consumo y mantiene los edificios habitables durante los apagones.

Aunque estas adaptaciones al cambio climático son nuevas para el norte de Europa, el Mediterráneo ya acumula una experiencia importante que vale la pena estudiar. Barcelona lleva años tejiendo una red de refugios climáticos que este verano supera los 500 espacios entre bibliotecas, equipamientos municipales, parques y microrrefugios en comercios de barrio. El 99,2% de la población tiene uno a menos de diez minutos andando y la red se densifica primero en los barrios más vulnerables. Sevilla ensayó una vía más experimental con CartsíujaQanat, que enfría el aire haciéndolo pasar por galerías de agua subterránea a temperatura constante, siguiendo la lógica de los qanats persas. Los balances registran diferencias cercanas a los 10 °C con consumo casi nulo, aunque el espacio pasó mucho tiempo cerrado a los vecinos.

El aire acondicionado seguirá siendo necesario, pero los horarios adaptados y refugios climáticos son una alternativa que ya funciona con menos energía. La diferencia entre gestionar el calor y solo reaccionar a él está en combinar las tres cosas a la vez: aires acondicionados donde hagan falta, edificios adaptados y una organización laboral que no arriesgue a las personas en los picos de calor.

Miranda Guerra Valencia

Medellín, 2002. Politóloga de la Universidad EAFIT, Colombia. Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la UC3M. Interesada en temas de conflicto, seguridad y medioambiente.

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