¿Sirve realmente el Acuerdo de París para frenar el cambio climático?

Ningún instrumento puede solucionar en solitario la crisis climática. El Acuerdo de París, en sus diez primeros años de vida, no es la excepción. Pero sí que ha impulsado una maquinaria política, mediática, social y económica para reducir el calentamiento global y sortear, al menos, sus peores consecuencias.
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¿Sirve realmente el Acuerdo de París para frenar el cambio climático?
Celebración por la adopción del Acuerdo de París en la COP21 el 12 de diciembre de 2015. Fuente: ONU Cambio Climático (Flickr)

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Museo del Prado, noviembre de 2022. Dos militantes del colectivo ecologista Futuro Vegetal, surgido ese mismo año como flanco radical de Extinction Rebellion, entran en el complejo y se pegan con pegamento a las majas de Goya. Cada una posa una mano en el marco de un cuadro. En la pared, entre las dos obras, dibujan en grande: “+ 1,5 ºC”. La protesta de activismo climático despierta simpatías e indignación. 

Incluso parte del movimiento ecologista rechaza la acción. Alegan que no va a ser efectiva: atentar contra el arte de Goya desatará la furia de los defensores del patrimonio cultural español, como ya se vio un mes antes en el Reino Unido, cuando las activistas de Just Stop Oil arrojaron sopa de tomate sobre Los girasoles de Van Gogh. Además, no está claro si el público general entenderá el número en la pared.

En la última década, “1,5 ºC” se ha convertido en el grito de guerra de colectivos climáticos de todo el mundo y en una prioridad para muchos Estados. Ha protagonizado pancartas, consignas en manifestaciones masivas, discursos de activistas como la sueca Greta Thunberg recogidos en vídeos virales, reclamos de la sociedad civil y de dirigentes de distintos países. En las cumbres del clima, mantener vivo el grado y medio también ha sido una prioridad para los negociadores de los Estados más ambiciosos en la lucha climática.

La cifra es el umbral de seguridad que el planeta no debería traspasar: para finales de siglo, el mundo no debería haberse calentado más de 1,5 ºC sobre los niveles preindustriales. De lo contrario, la catástrofe tendrá magnitudes difíciles de prever: sequías, grandes incendios e inundaciones más severas y frecuentes, el derretimiento de los polos y del permafrost, la subida del nivel del mar y su impacto destructivo para pueblos y ciudades costeras. También la pérdida masiva de biodiversidad, con la extinción de numerosas especies clave para los ecosistemas, la desertificación o la expansión de enfermedades tropicales. 

Por eso es el objetivo que prácticamente todos los países del mundo adoptaron el 12 de diciembre de 2015 en el Acuerdo de París. Reunidos en la capital francesa, convinieron crear un tratado vinculante que reemplazara al ya desfasado Protocolo de Kioto. Un nuevo marco para hacer frente a la crisis climática. Hoy en día se prevé que los signatarios no cumplan a tiempo los objetivos pactados: contener el calentamiento global por debajo de los 2 ºC y, a ser posible, por debajo de 1,5 ºC, en 2100. Sin embargo, las proyecciones científicas también reflejan otra realidad: todos los esfuerzos que el Acuerdo de París ha desencadenado a nivel internacional han evitado que el mundo se encamine hacia un escenario mucho peor.

Cada décima de grado cuenta

“El Acuerdo de París ha servido para pasar de una situación completamente desastrosa, catastrófica diría, a una situación mala”, argumenta Ignacio Arróniz, especialista en diplomacia climática de la organización Earth Insight. Ha conseguido que la curva de emisiones se aplane e incluso comience a descender, y que en las perspectivas a largo plazo no quede duda de que la transición ecológica está en marcha en todos los continentes. “Lo que toca ahora es ordenarla para que sea justa”.

Eso no quiere decir que la batalla esté ganada. “Sigue habiendo una crisis climática, seguimos lejos de los objetivos y eso tiene unas consecuencias aún catastróficas sobre todo para las poblaciones más vulnerables”, señala Arróniz. En esta categoría se incluyen las pequeñas islas y los países menos desarrollados, que se enfrentan constantemente a hambrunas, escasez hídrica, migraciones forzadas y otros fenómenos agravados por los impactos climáticos. Consecuencias que también se dan en países ricos, como se ha visto en España con las danas, los incendios forestales o la sequía.

El programa europeo de observación de la Tierra, Copernicus, fecha en abril de 2029 el momento a partir del cual el calentamiento global podrá superar el grado y medio. La temperatura global ya ha rebasado ese umbral puntualmente, alcanzando hasta 1,7 grados en diciembre de 2023, si bien no en el periodo de treinta años que contempla el Acuerdo de París para medir esta meta.

“Cada décima de grado cuenta”, repiten cada vez que pueden los científicos climáticos de la ONU, agrupados en el Panel Intergubernamental de Especialistas en Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). De cumplirse los planes climáticos puestos sobre la mesa en la reciente COP30 de Belém, en Brasil —exigencia del Acuerdo de París—, se calcula que el mundo en 2100 será 2,4 grados más cálido que en la era preindustrial. Pero, sin el Acuerdo de París, el planeta iría camino de ser hasta 3,5 ºC más cálido. 

Un punto de inflexión político

“El Acuerdo de París marcó un antes y un después”, considera Florent Marcellesi, coportavoz del partido EQUO y exeurodiputado de los Verdes/ALE. Marcellesi estaba ahí, en la cumbre que acogía la capital francesa, cuando el plenario final aprobó el acuerdo que fue celebrado como un hito. 

Negociadores, científicos, organizaciones ecologistas, periodistas y otros presentes en la COP21 de París recuerdan haber visto a muchos llorar, o reconocen haber llorado de la emoción. Venían de la decepción de Copenhague, la cumbre del clima de la ONU de 2009 en la que se esperaba llegar a un acuerdo similar pero fue imposible. En París, por fin “los planetas parecían haberse alineado”, cuenta Marcellesi: Barack Obama en la Casa Blanca, los postulados ecologistas del papa Francisco, una Europa metida “de lleno en la batalla climática”, unos Estados insulares del Pacífico que “lo veían claro” y unas economías emergentes “muy alineadas”… El mundo logró algo que sería altamente improbable repetir en el contexto geopolítico de hoy

“Pero más allá de la emoción que uno pudo sentir en ese momento, el Acuerdo de París fue algo histórico a la vista de lo que ha pasado en los últimos diez años”, afirma Marcellesi. “En París ganamos la hegemonía cultural climática: el Acuerdo hizo caer al mundo de esta indecisión de cómo hacer las cosas y avanzar hacia un mundo que decide de forma multilateral luchar por una transición ecológica a nivel global”.

Si en la década de 1990 ni siquiera había consenso global sobre el origen antropogénico del cambio climático, y el surgimiento de la Convención de la ONU sobre Cambio Climático expandió la concienciación acerca de este punto, París abrió un nuevo capítulo: puso en marcha “una dinámica fortísima a nivel político y social de transición ecológica”, recoge Marcellesi. En la Unión Europea, impulsó políticas como el Pacto Verde —algo que aterrizó con Ursula Von der Leyen al frente de la Comisión—, los fondos Next Generation que ponían la transición ecológica en el centro, y leyes nacionales de cambio climático como la española, de 2021, en cuyo preámbulo se incluyen los objetivos de París.

“El Acuerdo de París es el leitmotiv de toda la política climática de la UE y del Estado español”, coincide Pablo Barrenechea, director de Clima y Mercado de la Sostenibilidad de la fundación Ecodes. Desde el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima que implementa los objetivos de reducción que marca la UE y a los que España se compromete, “todo va en cascada: políticas de energía, electrificación del transporte, renovables o incluso relacionadas con las emisiones de metano en la agricultura o los residuos”.

A nivel internacional, China se ha convertido en la primera potencia global de renovables. El gigante asiático prometió que sus emisiones de gases de efecto invernadero tocarían techo en 2030. Pero visto el avance vertiginoso de la transición energética, con un despliegue de eólica y solar camino de marcar un nuevo récord en 2025, se espera que las emisiones empiecen a caer de manera sostenida mucho antes de la fecha prometida. Es posible que ese pico se haya producido ya en 2024. Desde marzo del año pasado, las emisiones de China se han mantenido o han descendido, según un análisis reciente del medio Carbon Brief.

También han surgido iniciativas desde el Sur Global. Por ejemplo, Colombia lidera junto a Países Bajos una iniciativa global para abandonar progresivamente el petróleo, el gas y el carbón, y alojará en abril de 2026 la primera conferencia mundial para abordar este asunto, en Santa Marta. Por su parte, Barbados lleva años impulsando dos propuestas. Por un lado, una para reformar la arquitectura financiera internacional de forma que no penalice a los países más vulnerables al cambio climático, cuya deuda crece con cada acontecimiento climático extremo que sufren. Por el otro, un esquema de financiación basado en subvenciones que les permita adaptarse al calentamiento e invertir en el despliegue de energía limpia.

El salto de Kioto a París

El Acuerdo de París tiene impacto global no sólo porque inspira el diseño de políticas públicas, sino porque es una obligación. Lo puso de manifiesto la Corte Internacional de Justicia cuando, en julio de 2025, emitió una opinión consultiva en la que dejó claro que el Acuerdo de París obliga a los Estados firmantes a reducir sus emisiones para no sobrepasar los límites del grado y medio y los dos grados. La decisión, aunque no es vinculante, abre la puerta a que se pueda demandar a los Estados por incumplir el mandato de París, por ejemplo, si otorgan nuevas licencias de explotación o destinan ayudas a combustibles fósiles.

El Protocolo de Kioto, adoptado en 1997, establecía el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, marcando las siguientes décadas de diplomacia climática. Este principio establece que el calentamiento global es un fenómeno al que contribuyen los países de todo el mundo, pero algunos lo hacen mucho más que otros. Kioto llamaba a los Estados ricos —los principales contaminantes en términos absolutos— a rebajar sus emisiones de gases de efecto invernadero y así combatir el calentamiento. Lo hacía de arriba a abajo, es decir, fijando compromisos de reducción a los países firmantes. Sin embargo, resultó insuficiente, no logró unificar la ambición a nivel global y tampoco contempló las emisiones que pronto se dispararían en China o India, que se habían quedado fuera de su aplicación.

Algunos países llamados a reducir sus emisiones, como Estados Unidos, no lo ratificaron, no consiguieron lo que se proponían o simplemente se salieron de Kioto. Así que París llegó con un mecanismo aparentemente más laxo: no imponía metas de descarbonización, sino de calentamiento máximo, y dejaba que cada país ideara sus planes para lograr ese fin. Con todo, logró un alcance mucho mayor. Involucraba a todos los Estados del mundo y ya ha sobrevivido algunos “tests de estrés”, como los llama Marcellesi: la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París en el primer mandato de Donald Trump, la pandemia, los conflictos bélicos o las guerras comerciales que han reorientado las expectativas de los Gobiernos.

Un nuevo marco mediático y social

Anna Pérez Català fue una de los asistentes que lloraron cuando la COP21 de París selló el acuerdo. Era la culminación de un proceso de más de seis años con bajas expectativas tras el desenlace de Copenhague. “Había gente que no se lo creía, que ya veía imposible adoptar este nuevo acuerdo vinculante que incluyera a todo el mundo y que se convirtiera en el nuevo régimen climático”, cuenta la analista del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales (IDDRI), ubicado en la capital francesa. En ese momento trabajaba en la ONG Climate Tracker, que entrena a periodistas para cubrir la crisis climática. Un efecto del Acuerdo de París, coincide esta experta, ha sido el boom mediático del cambio climático: “Las redacciones tienen a alguien cubriendo las negociaciones o una sección que las sigue. Ya no es una persona a la que de repente le toca enterarse de lo que está pasando, sino que lo sigue de manera continua”.

A nivel internacional, los medios especializados en cambio climático son anteriores a 2015, pero el Acuerdo de París propició que surgieran más, como Climática, Sonda Internacional (ambos de España) y Ojo al Clima (Costa Rica) en el mundo hispanohablante. Además, muchos periódicos inauguraron secciones de cambio climático: El País, El Confidencial o eldiario.es en España; el New York Times en 2017, si bien ya tenía un departamento de medioambiente; Bloomberg Green salió en 2017; o Spiegel Online en Alemania lanzó su sección y un boletín especializado en el calentamiento global. 

“A nivel mediático ha habido un antes y un después, también quizás porque la población ha querido saber más del tema. Es un feedback loop [bucle de retroalimentación]”, explica Pérez Català. Esa necesidad aumenta la demanda de información y la conversación social. Con ello los medios lo cubren más, la gente accede a ello y sabe más y así sucesivamente. Distintas encuestas sobre cómo ha percibido la población este problema en la última década revelan una creciente preocupación en la sociedad en multitud de países.

El Acuerdo de París también ha reforzado las posiciones ecologistas de los partidos políticos, movimientos sociales y ONG en todo el mundo, más allá de las políticas que adopta cada país. En Estados Unidos cogió impulso la propuesta del Green New Deal, que los senadores tumbaron en Washington pero inspiró otros paquetes normativos como el Pacto Verde europeo. A partir de 2015, los partidos ecologistas en la UE se catapultaron hasta alcanzar su mejor momento en 2019. El voto verde de las elecciones europeas de ese año se disparó sobre todo en Alemania, Finlandia, Portugal, Francia, Irlanda y Países Bajos, y se fortaleció en Dinamarca, Suecia, Bélgica, Luxemburgo y Austria.

Ese año previo a la pandemia fue el punto más alto de la capacidad de los verdes en el Parlamento Europeo, reconoce Marcellesi. “Fue gracias a toda esta dinámica, esta hegemonía cultural que no solamente afecta a los partidos verdes sino también a las movilizaciones enormes en la calle por parte de la juventud”. Estas formaciones y movimientos también asentaron el cambio climático en el debate político en todo el espectro de la Eurocámara. Al menos, hasta el auge de la ultraderecha escéptica o negacionista en Bruselas.  

Fridays for Future, Extinction Rebellion, Ende Gelände, Sunrise Movement o Les Soulèvements de la Terre son algunos movimientos climáticos liderados por jóvenes a partir de 2015 que se extienden a todo el mundo. Se expandieron sobre todo en 2017, 2018 y 2019, y cuentan con Greta Thunberg en Europa o Vanessa Nakate en Uganda entre sus miembros más visibles. Estos colectivos construyen su discurso desde el problema de la justicia climática intergeneracional que supone dejar que las emisiones sigan en aumento. Para ellos, la crisis climática desafía su propia vida. En 2050 la mayoría de estos jóvenes no tendrán más de cincuenta años, por lo que un calentamiento global agravado afectará sus modos de vida.

Las debilidades de la cooperación climática

Parte de la fuerza del Acuerdo de París encierra una trampa: la integración de las políticas a nivel estatal debe tener en cuenta la soberanía nacional en muchos aspectos. Cuando un país decide no cumplir con los objetivos o presentar planes poco ambiciosos, no existe un mecanismo para forzarlo a elevar esa ambición, sólo una llamada a revisar al alza los objetivos de descarbonización de manera cíclica. En realidad, lo que afecta a los planes climáticos de los países es la presión política y social, y esta depende del eco mediático y del ruido en las calles que demanda más ambición. Así, a medida que decae la confianza en las cumbres del clima y la atención mediática entra en declive, la cooperación climática internacional se debilita.


Por otro lado, si un país no quiere rendir cuentas, puede marcharse del Acuerdo, como hizo Estados Unidos por segunda vez tras la vuelta de Trump. Sin embargo, es un éxito que ni siquiera en las últimas cumbres del clima, especialmente complicadas, ningún otro país haya optado por salir del Acuerdo. No lo hicieron, por ejemplo, los Estados liderados por negacionistas del cambio climático, como la Argentina de Javier Milei, o petroleros como Arabia Saudí o Rusia, que han bloqueado la hoja de ruta para dejar atrás los combustibles fósiles que cerca de ochenta países pedían en la COP30 de Belém. Por otro lado, aunque Estados Unidos no estuviera presente como parte negociadora, a la cumbre asistieron senadores, representantes de empresas y otros actores no estatales para reafirmar su apuesta por rebajar las emisiones. 

Señales al mercado

El Acuerdo de París también ha afectado al sector privado. Un informe de Bloomberg NEF afirma que, desde 2015, la inversión en energía renovable en los mercados emergentes (sin contar a China) casi se ha triplicado: pasó de 49.000 millones de dólares en 2015 a 140.000 millones en 2024. El informe lo asocia al tratado, aunque el boom de la tecnología renovable en todo el mundo no es sólo resultado del Acuerdo de París. También se explica por otros factores, como el abaratamiento de los costes gracias a las economías de escala y la curva de aprendizaje. Producir un primer panel fotovoltaico, por ejemplo, sale mucho más caro que los posteriores. Y los costes unitarios se reducen a medida que se amplía la producción.

“Es una cuestión de mercado y la economía tiene que lanzar este tipo de mensajes”, aduce Barrenechea. De hecho, también del mandato de París, porque la agenda de acción global gestada en las cumbres del clima marca el objetivo de triplicar la capacidad renovable para 2030 y al mismo tiempo duplicar la eficiencia energética. París también obliga a financiar esa transición en países vulnerables y en desarrollo y favorecer que las oportunidades de acceso a esos nuevos mercados sean más equitativas. Según el informe de BNEF, la participación de las economías en desarrollo en el gasto mundial en energía limpia de esta última década ha sido, en promedio, de sólo el 18%. Los países ricos y China han captado el 42% y el 40%, respectivamente. En paralelo, el Acuerdo de París trata de poner orden al mercado internacional de créditos de carbono, que aún no está regulado. Mediante este sistema de comercio, las empresas y países pueden compensar sus emisiones de CO₂ invirtiendo en proyectos de impacto medioambiental positivo. 

En las empresas, los avances hacia la descarbonización se pueden enmarcar en la política climática internacional y en las señales que estos foros envían al mercado. Sin embargo, también ha habido publicidad engañosa o greenwashing: empresas que se dicen verdes e invierten en renovables pero siguen apostando por los combustibles fósiles. Pero incluso este fenómeno, en opinión del antropólogo climático del CSIC Emilio Santiago Muiño, indica que el ecologismo puede estar ganando incluso sin darse cuenta. Cuando se quieren parecer a ti, dice Santiago Muiño, “es que tú lideras la conversación moral”.

Una hoja de ruta

El Acuerdo de París no ha resuelto la crisis climática en sus primeros diez años de vida. Ningún instrumento de la diplomacia climática es capaz de hacerlo en solitario. Sin embargo, lo pactado en la capital francesa sí ha engrasado la maquinaria política, mediática, social y económica necesaria para revertir la tendencia del calentamiento global y sortear, al menos, sus peores consecuencias. “La transición hacia las energías renovables está ya encima de la mesa y es imparable”, sentencia Barrenechea.

A diferencia del Protocolo de Kioto, el Acuerdo de París no tiene una fecha de caducidad. Está diseñado para que los países vayan actualizando sus planes climáticos, revisándolos siempre al alza, empujando hacia una mayor ambición en la acción contra el calentamiento global. Tras una primera etapa de diseño de las estrategias para descarbonizar la economía mundial, ahora nos adentramos en una segunda etapa en la que hay todo un marco para implementar esos planes: cumplir con lo acordado, que las promesas de reducción de emisiones no queden en papel mojado y que la transición sea justa para todos.

Marta Montojo

Madrid, 1994. Periodista freelance especializada en medioambiente y cambio climático. Escribe para La Vanguardia y Ballena Blanca, revista que coordina, entre otros medios. Es además cofundadora de Espacio Late, una librería de no ficción, cafetería y laboratorio de periodismo narrativo en el centro de Madrid.

1 comentario

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    gabriela gallicchio

    Muy buen artículo Marta, tenéis que seguir insistiendo con este tema, que tengamos una sociedad informada es fundamental. Espero que surjan jóvenes capaces de liderar nuestro planeta en favor del bien de la sociedad en su conjunto! Gabriela

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