El agua es cada vez un bien más escaso e impredecible. La sobreexplotación de los recursos hídricos, el crecimiento demográfico y el cambio climático ―por cada grado de aumento de las temperaturas, decaen un 20% las fuentes de agua renovables― están incrementando el estrés hídrico en todo el mundo. Como consecuencia, el consumo de agua cada vez es más insostenible.
En la actualidad, 844 millones de personas carecen de acceso a agua potable, pero la escasez de agua afecta a bastantes más. Muchos países están extrayendo recursos hídricos por encima de sus posibilidades y con ello hipotecando a las generaciones futuras. La Tierra no es capaz de aguantar el ritmo al que están siendo explotados estos recursos y más pronto que tarde el flujo de agua se reducirá.
En su definición más básica, el estrés hídrico hace referencia al momento en el que la demanda de agua en un área concreta sobrepasa la oferta. La gran mayoría del consumo se destina a la agricultura ―la media global se sitúa en torno al 70%―, mientras que el resto se divide entre el uso industrial ―19%― y doméstico ―11%―. En el lado de la oferta, las fuentes incluyen aguas superficiales como ríos, lagos y embalses, así como aguas subterráneas extraídas a través de acuíferos.
Pero los científicos difieren a la hora de medir el estrés hídrico y elegir las variables a tener en cuenta, como los cambios estacionales, la calidad del agua o la accesibilidad. En el caso del Banco Mundial, el indicador calcula la extracción de agua dulce en relación a los recursos de agua dulce renovables, es decir, los que la Tierra es capaz de regenerar por sí sola.
De esta forma, el organismo financiero estima que la media global de estrés hídrico era del 69% en 2020, una cifra que da buena cuenta del escaso margen de maniobra con el que cuenta el mundo para hacer frente a los desafíos del cambio climático y la explosión demográfica de algunos lugares del planeta.
Existen además importantes desequilibrios. El norte de África y Oriente Próximo, regiones con climas desérticos y por lo tanto escasas precipitaciones, son las más amenazadas por la falta de agua. Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Libia y Catar son de hecho los países con las tasas de estrés hídrico más elevadas, con la extracción de agua multiplicando varias veces la cantidad de recursos renovables.
En Kuwait, el caso más extremo, la proporción es del 3.850%, es decir, la extracción de agua es 39 veces mayor que las reservas hídricas capaces de regenerarse por sí solas. El país apenas cuenta con un acuífero de agua salobre en su parte norte y se ve obligado a acudir a la desalinización para poder abastecer a su población, una estrategia que encarece el suministro al necesitar de más energía ―hasta el 55% del consumo energético kuwaití corresponde a las desalinizadoras― y una red de distribución más compleja.
No todos los países con climas desérticos, sin embargo, cuentan con un estrés hídrico elevado, ya que también influyen los patrones de consumo y sobre todo la densidad de población. Es por ello que grandes territorios con poca población como Namibia, Australia o Chad disponen de mayor margen para gestionar sus recursos hídricos.