Abril aún no se ha despedido y los españoles ya comienzan a mirar al cielo con desesperación. En algunos puntos hace más de cien días desde la última lluvia y el fantasma de la sequía y falta de agua comienza a extenderse por todo el país. Esta situación, excepcional a estas alturas del año en el historial meteorológico de España, va camino sin embargo de perpetuarse a consecuencia del cambio climático y una política hídrica incoherente con los recursos disponibles.
Según cálculos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, el 74% del territorio español se encuentra en riesgo de desertificación. En los últimos cincuenta años, las precipitaciones se han reducido un 25% y las temperaturas medias han aumentado 1,3ºC en el conjunto del país. Solo en las últimas dos décadas, el suministro de agua dulce ha menguado un 20%. Y a pesar de esas cifras tan alarmantes, los regadíos, culpables de cerca del 80% del consumo de agua nacional, no han parado de crecer hasta suponer el 23% de la superficie agrícola de España y el 65% de la producción agraria en 2021.
La paradoja es evidente: la segunda potencia agrícola de la Unión Europea y la primera en términos de superficie irrigada es también uno de los miembros más secos y calurosos. A futuro, será el país europeo que más sufrirá las sequías extremas.
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¿Por qué lo llamáis España si no hay ninguna referencia a las islas?
El agua desalinizada sería barata, si no hubiera tanta desinformación sobre la energía nuclear. Si damos paso a los microreactores de última generación, tendríamos electricidad barata, limpia, sustentable, disponible 97% del tiempo, y como valor añadido, desalinización barata.