El presidente chino, Xi Jinping, decidió sorprender al mundo el pasado 24 de septiembre: presentó el primer compromiso del gigante asiático para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. No era para menos: China lleva años ganando peso en las negociaciones sobre cambio climático y ha potenciado tanto su transición verde como las inversiones para descarbonizar el Sur Global. Además, es el principal exportador de tecnologías para la transición energética, reforzando su influencia económica y geopolítica.
En cinco claves:
- China es el líder mundial en producción de tecnologías para la transición energética
- A ello ha sumado un despliegue diplomático en el marco de la lucha contra el cambio climático
- Ese liderazgo contrasta con el modelo de Donald Trump en Estados Unidos de prolongar la era fósil
- Sin embargo, China sigue siendo el principal emisor de CO2 del mundo y contamina otros países
- Deberá acelerar la descarbonización de su economía para evitar una crisis climática catastrófica
Ese rol cada vez más activo de China contra la crisis climática contrasta con el debilitamiento occidental. La ausencia de Estados Unidos en la reciente COP30, celebrada en la ciudad brasileña de Belém, se suma al abandono del Acuerdo de París por parte de Donald Trump. El presidente estadounidense ha declarado la guerra a las políticas ambientales aprobadas por Joe Biden y ha llegado a decir en la Asamblea General de la ONU que el cambio climático es una “estafa”. La Unión Europea, por su parte, ha sido el bloque que más ha presionado en las COP por objetivos ambiciosos de reducción de emisiones, pero el crecimiento de la derecha y la ultraderecha ha atenuado su rol. Con Occidente debilitado, China encabeza la carrera de la diplomacia climática, un terreno cada vez más importante de cooperación y de disputa entre potencias.
La cambiante postura de China ante al cambio climático
El cambio de China en favor de la lucha contra el cambio climático ha sido por necesidad y conveniencia. Su rapidísimo crecimiento económico en las últimas tres décadas ha estado basado en la quema de combustibles fósiles, como lo estuvo la industrialización inicial de los países occidentales. Hasta finales de la década de 2010, China priorizó el desarrollo sobre la reducción de emisiones. La normativa internacional le daba la razón, hasta cierto punto, ya que la Convención sobre Cambio Climático de Río de Janeiro de 1992 había consagrado el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas”. Según este principio, corresponde a los países más industrializados el grueso de los esfuerzos para mitigar la crisis climática, ya que históricamente han emitido más CO2 y gases equivalentes. China se mantuvo en segundo plano durante las sucesivas conferencias anuales de Naciones Unidas sobre cambio climático hasta 2009.
La COP de Copenhague de aquel año marcó el principio del fin de esa estrategia. China ya había publicado en 2007 su primer Plan Nacional de Acción sobre Cambio Climático, acompañado de políticas para atajar los graves problemas de contaminación en ciudades, ríos y espacios naturales. Además, su ascenso geopolítico era cada vez más incompatible con una postura pasiva en la diplomacia climática, un ámbito de creciente importancia política. Pekín asumió entonces una actitud más proactiva en Copenhague. Todavía bajo el mando de Hu Jintao, el Gobierno chino pretendía que los países más desarrollados asumiesen objetivos de reducción de emisiones ambiciosos mientras China quedaba exenta de ellos. Además, Pekín quería un mecanismo para que el mundo desarrollado le ayudase a alcanzar sus objetivos climáticos.
“Gran parte de la culpa por el fracaso de la cumbre se atribuyó a la tenaz postura de China”, sostiene el experto en economía china Bjôrn Conrad en un artículo de 2012, lo que perjudicó la reputación del país. El Gobierno chino no obtuvo ningún gran objetivo en Copenhague, y optó por evolucionar hacia una postura más comprometida contra la crisis climática. Así quedó patente en la COP de París de 2015, donde China estuvo representada por primera vez por su presidente, que ya era Xi Jinping. Con las emisiones chinas suponiendo el 25% mundial, el Gobierno presentó con antelación su plan de acción climática, que preveía alcanzar el pico de emisiones alrededor de 2030 y reducir la “intensidad de carbono” (emisiones por unidad de producto interior bruto). Todavía no era un compromiso de reducción de emisiones, pero se acercaba.


El impulso no terminó allí. En 2018, China introdujo el concepto de “civilización ecológica” en la Constitución y se sucedieron los textos y declaraciones de Xi marcando la transición verde como una prioridad estratégica. Dos años después, el también secretario general del Partido Comunista se comprometió ante la Asamblea General de la ONU a alcanzar la neutralidad climática para 2060. En la Cumbre de Líderes sobre el Clima de 2021, Xi resumió así su programa, reflejado en los últimos planes quinquenales de desarrollo: “Necesitamos buscar formas de proteger el medioambiente, hacer crecer la economía y eliminar la pobreza, todo al mismo tiempo. Proteger el medioambiente es proteger la productividad y mejorar el medioambiente es impulsar la productividad; la verdad es así de simple”.
El crecimiento económico y la mejora del bienestar de la población es la principal fuente de legitimidad del Partido Comunista Chino, que le permite mantener un gran apoyo social pese al carácter autoritario del régimen. Para ello, conciliar economía y medioambiente es central. En esa línea, el aparato chino publicó el pasado julio un volumen de escritos de Xi sobre “la civilización ecológica”. Es una señal fuerte en un régimen muy ideologizado y personalista, donde las intervenciones de Xi constituyen hojas de ruta para el Partido y para los actores económicos públicos y privados.
Pese a su enorme crecimiento económico, el PIB per cápita en China apenas llega a los 10.000 dólares anuales, seis veces menos que Estados Unidos. Esta brecha le ha permitido escudarse en su autodefinición como país en desarrollo en el marco de la normativa de Naciones Unidas sobre cambio climático, lo que le eximiría de compromisos concretos de reducción de emisiones. Este último tabú se rompió el pasado septiembre, cuando Xi se comprometió a reducir sus emisiones entre un 7 y un 10% para 2035 respecto al nivel máximo, que se prevé este mismo año. Aunque el Gobierno chino no hace suficiente hincapié en la reducción del consumo de energía y recursos, este compromiso es la señal definitiva de que Xi ha decidido asumir una posición de liderazgo en el terreno climático, con dos grandes líneas: la diplomacia como herramienta de influencia y potenciar su dominio económico y tecnológico en la transición verde.
La diplomacia climática como herramienta de ‘soft power’
La diplomacia climática china se despliega en dos ámbitos además de Naciones Unidas: las alianzas regionales y los acuerdos con Estados del Sur global. El Gobierno chino ha reivindicado el “multilateralismo” muchas veces, subrayando el contraste entre su creciente compromiso con el marco de Naciones Unidas y los vaivenes de Washington, con Trump sacando al país dos veces del Acuerdo de París. “China se alegra del regreso de Estados Unidos al proceso de gobernanza climática multilateral”, dijo Xi en 2021, durante la presidencia de Biden. Su viceprimer ministro y enviado a la COP30 de Belém, Ding Suexiang, volvió a reivindicar la cooperación internacional frente a la crisis climática, recordando que “los países desarrollados deben liderar el cumplimiento de estas obligaciones y materializar sus compromisos de apoyo financiero y tecnológico a las naciones en desarrollo. Un mantra que Xi también repite a menudo.
Con todo, el grueso de la diplomacia climática china tiene lugar, por un lado, en las alianzas regionales. Desde los BRICS hasta la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), pasando por el bloque BASIC, que coordina las posturas climáticas de China, India, Brasil y Sudáfrica desde la cumbre de Copenhague de 2009. La cooperación climática está ayudando a limar las asperezas entre China e India, grandes rivales regionales. El primer ministro indio, Narendra Modi, visitó China por primera vez en siete años para asistir a la cumbre de la OCS de 2025, donde se reunió con Xi, y ambos celebraron una relación basada en “el respeto mutuo, el interés mutuo y la sensibilidad mutua”.
China, India y Brasil están “preparadas para dirigir la agenda mundial sobre el cambio climático en la COP30”, reivindicó el diario hongkonés South China Morning Post antes de la cumbre de Belém, reflejando la apuesta estratégica de Xi. Entre los tres países, que suman más del 40% de las emisiones globales, China es el que más emite y tiene la mayor capacidad diplomática y económica. Además, según un análisis en el medio especializado Yale Environment 360, “India articula una reivindicación basada en la justicia, centrada en el acceso a la energía, la equidad y las ‘responsabilidades comunes pero diferenciadas’”. Por su parte, el Brasil de Lula “se posiciona como un líder moral, aprovechando el simbolismo y la importancia ecológica global de la Amazonía”. Un reparto de roles que, según el plan chino, debería ayudarles a ocupar el espacio dejado por Estados Unidos y en parte por la Unión Europea.
El otro gran eje de la diplomacia climática china son los acuerdos bilaterales. Para octubre de 2024, China “había firmado 53 memorandos de entendimiento sobre colaboración en cambio climático con 42 países en desarrollo y llevado a cabo casi cien proyectos dirigidos a la mitigación y adaptación climática”, presumía el pasado septiembre la publicación oficialista China’s Diplomacy. Así, el gigante asiático se ha convertido en el principal impulsor extranjero de la transición ecológica de los países menos desarrollados mediante ayuda, comercio e inversión. Uno de los principales instrumentos es el Fondo de Cooperación Climática Sur-Sur, impulsado por el Estado chino, pero más importantes son las inversiones incluidas en la Nueva Ruta de la Seda, que incluye la crisis climática entre sus ocho áreas prioritarias.
Esta macroestrategia de inversiones incluye la construcción de centrales hidroeléctricas, solares y eólicas, además de transferencias de tecnología y conocimientos de China a los países receptores. No se trata de ayuda desinteresada, sino inversiones de las que China obtiene un retorno económico y una creciente influencia diplomática. El debilitamiento de la demanda interna, que ha desacelerado el crecimiento respecto a las décadas anteriores, junto al creciente proteccionismo de Washington y Bruselas, ha reforzado el interés de China por exportar a países en desarrollo, pasando de manufacturas a tecnologías verdes.
Algunas regiones prioritarias son el Sudeste Asiático, África y América Latina. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) es “el mayor banco de pruebas del mundo” de las tecnología chinas de energía limpia, en palabras de Junice Yeo, directora de la revista Eco-Business. África recibe financiación del Fondo de Desarrollo Verde China-África para proyectos de tecnologías verdes, donde el 59% de los proyectos energéticos chinos ya corresponden a energía solar y eólica. En América Latina, las inversiones incluyen proyectos de agricultura ecológica y la prevención de desastres climáticos, en la cual China se ha especializado debido a su fuerte exposición a inundaciones, sequías y otros fenómenos extremos agravados por el calentamiento global. La Nueva Ruta de la Seda es ahora “la columna vertebral del proceso de transición del Sur Global”, resume Yeo, y la vía prioritaria de exportación de la tecnología verde china.
China, el líder tecnológico de la transición verde
La diplomacia climática china es inseparable de su liderazgo tecnológico y exportador en los sectores claves de la transición verde. En 2024, China instaló más capacidad de energía renovable que todo el resto del mundo, produce el 80% de los paneles solares del planeta y el 70% de los vehículos eléctricos. La producción en masa y el progreso tecnológico de las empresas chinas han abaratado productos como los paneles solares, los aerogeneradores y las baterías, facilitando las condiciones económicas necesarias para el declive de los combustibles fósiles en todo el mundo: “El 91 % de las nuevas instalaciones de energía eólica y solar en todo el mundo son más económicas que la forma más barata de generación con combustibles fósiles disponible”, según un informe del think tank Ember. China se ha propuesto para 2035 multiplicar su capacidad instalada de energía solar y eólica por seis respecto a los niveles de 2020.


El éxito de la industria china de la transición verde amenaza a la industria de los países desarrollados, en especial a los europeos. Tanto, que la Unión Europa se enfrenta a un dilema que el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Dragui, reflejó en su informe sobre competitividad de 2024: “Aumentar la dependencia de China puede ofrecer la ruta más barata y eficiente para alcanzar nuestros objetivos de descarbonización. Pero la competencia estatal china también representa una amenaza para nuestras industrias productivas de tecnología limpia y automoción”. China, además, controla el grueso de la industria mundial de tierras raras y otros recursos escasos claves para la transición verde, una palanca de influencia que le ha permitido hacer frente a la ofensiva proteccionista de Trump.


El éxito industrial y tecnológico de China es inseparable de su modelo económico. El Estado chino mantiene la capacidad de marcar los objetivos estratégicos de la economía a medio plazo mediante los planes quinquenales de desarrollo: una exitosa combinación de “la mano invisible del mercado y la mano de hierro del partido”, en palabras del analista Miquel Vila en su libro La fi de l‘alternativa xinesa (Ed. Tigre de Paper). El imperativo de que las empresas obtengan beneficio económico inmediato que rige la política económica de los países capitalistas occidentales limita la capacidad de planificación a largo plazo, lo que explica al menos parte del atraso de Europa respecto a China en la carrera de la economía verde.


En Estados Unidos, la política energética va en el sentido opuesto al de China. Donald Trump, fiel a su eslogan drill, baby, drill, está ampliando la extracción de combustibles fósiles y chantajeando a sus aliados europeos para que le compren su excedente de petróleo y gas. Un ejemplo caricaturesco de una política económica que pone los intereses del capital fósil por delante no sólo del clima, sino también del desarrollo económico equilibrado de Estados Unidos. Ya en 2017, el historiador estadounidense Daniel Gardner advirtió de que el país estaba “cediendo el liderazgo global a China” a través del negacionismo climático, una crítica que resuena más que nunca durante el segundo mandato de Trump.
Las contradicciones del liderazgo chino
Con todo, la posición china sobre el cambio climático sigue atravesada por fuertes contradicciones. La primera es la más obvia: China es el principal emisor de CO2 del mundo y sus emisiones han seguido creciendo hasta este año, cuando las emisiones globales deberían bajar más rápido que nunca para cumplir el Acuerdo de París. El incremento ha sido tan exagerado que las emisiones históricas chinas superaron en 2024 a las de la Unión Europea, contando todo el CO2 emitido desde el siglo XIX por ambos bloques (y obviando la diferencia de población), mientras que las emisiones históricas de Estados Unidos siguen siendo muy superiores. El principal freno a la descarbonización de la economía china es su enorme dependencia del carbón, que todavía supone más del 50% de la producción eléctrica.
Los actuales compromisos de reducción de emisiones de los diversos Estados —incluido China— están lejos de los objetivos del Acuerdo de París y llevan el mundo a un calentamiento superior a los 2,5 ºC por encima de la era preindustrial, lo que supondría un cambio climático catastrófico de consecuencias impredecibles. El objetivo oficial chino de neutralidad climática en 2060 es insuficiente para evitar este desenlace fatal, considerando que las emisiones chinas suponen casi un tercio del total global.
El reparto de la responsabilidad entre bloques depende de cuánto peso se otorgue a las emisiones históricas y a su capacidad económica para llevar a cabo la descarbonización. Si se le exige a China que sea más rápida, el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” exige que los países del Norte Global hagan un esfuerzo aún mayor. Sobre todo, considerando que buena parte de las emisiones chinas de las últimas décadas corresponden a la producción de bienes que se exportan a Estados Unidos y Europa. Bajar del pico de emisiones a cero en unos 35 años, como se propone el Gobierno chino, sería una hazaña muy superior a la reducción de emisiones lograda por los países del Norte en las últimas décadas.
Una segunda contradicción de la postura climática china es sobre sus inversiones en el extranjero. China ha sido durante mucho tiempo el principal promotor de proyectos de carbón en el Sur Global. Aunque en 2021 anunció que no construiría nuevas centrales eléctricas de este tipo en el extranjero y la COP de 2023 instó a los países a “abandonar los combustibles fósiles”, las empresas chinas siguen financiando estos proyectos en numerosos países. Los descomunales impactos ecológicos de las infraestructuras incluidas en la Nueva Ruta de la Seda también contradicen la agenda ambiental china. Muchas inversiones son carreteras, aeropuertos, puertos y gasoductos, que además de sus impactos ambientales locales ligan durante décadas a los países receptores a un modelo de desarrollo basado en los combustibles fósiles.
Por otro lado, la importación masiva de tecnología verde china limita la capacidad de los países del Sur Global para desarrollar una industria propia. Esa limitación prolonga las dinámicas de comercio desigual que los mantuvieron en el subdesarrollo después de su independencia de las potencias coloniales europeas. Además, la disposición china a invertir en el ámbito climático contrasta con su oposición a aportar recursos al Fondo para Pérdidas y Daños creado por Naciones Unidas para ayudar a financiar políticas de mitigación y adaptación de los países más pobres, donde las aportaciones del Norte Global tampoco son suficientes. Como explican los investigadores chinos Riu Xhang y Xin Lu, “algunos países caribeños han argumentado que todos los países deberían pagar una cantidad igual y justa al mecanismo, y que los grandes emisores del ‘Sur Global’, incluidos China e India, también deberían rendir cuentas”. Una crítica que cuestiona la imagen que China quiere transmitir de país comprometido con los Estados más empobrecidos.
Una victoria geopolítica en un escenario incierto
“La agenda de descarbonización no es sólo sobre reorganizar los mercados o las políticas industriales, sino que, en realidad, representa el crisol de un nuevo orden geopolítico”, escribió el historiador estadounidense Nils Gilmab en septiembre en Foreign Affairs. Una mirada a la historia confirma la importancia del control de la energía en la geopolítica mundial y en el desarrollo y declive de las civilizaciones. La transición económica necesaria para evitar los peores efectos de la crisis climática es un proceso central del actual momento histórico, por lo que el posicionamiento de los principales bloques geopolíticos en esta transformación es clave para definir su futuro.
El contraste entre las dos primeras potencias mundiales no podría ser más extremo. Mientras que Estados Unidos, dirigido por un magnate negacionista de la ciencia, se aferra a extraer y vender sus reservas de combustibles fósiles, aunque implique llevar el mundo al desastre, China está desplegando un ambicioso plan para descarbonizar su economía en tiempo récord. En el plano geopolítico, China está ganando la carrera de la diplomacia climática, pero tendrá que acelerar su descarbonización, junto al resto de grandes potencias. De lo contrario, el mundo se encaminará a una crisis climática catastrófica que empeorará las condiciones de vida a un nivel difícilmente imaginable y trastocará los planes de todas las potencias.
Para evitarlo, no será suficiente una transición meramente tecnológica, donde los combustibles fósiles sean sustituidos por energías renovables manteniendo igual todo lo demás. Sólo un cambio profundo de las estructuras económicas, que reduzca drásticamente el gasto energético y de recursos, podrá mitigar la crisis climática y los demás aspectos de la crisis ecológica global, como la deforestación y la pérdida masiva de biodiversidad. El giro verde de China, aunque muy importante desde el punto de visto geopolítico, por ahora no responde a este cambio de modelo económico.