El gigante asiático camina hacia su superávit comercial más alto de la historia. En paralelo, empresas chinas han firmado más de 210.000 millones de dólares en proyectos verdes —fábricas de paneles solares, baterías o vehículos eléctricos— en el extranjero desde 2022, superando en dólares actuales al Plan Marshall. Todo ello en pleno auge del proteccionismo y la guerra comercial con Estados Unidos.
La explicación está en el modelo chino: adicto a la inversión, es incapaz de absorberla. China representa el 32% de la inversión mundial y genera un tercio de las manufacturas, pero consume apenas el 13% global. El Gobierno ha respondido igual durante tres décadas: cada vez que un motor de crecimiento alcanza su límite, Pekín reorienta recursos hacia un nuevo sector estratégico. Cuando el sector genera excedentes que el propio país no puede asumir, la válvula de escape son las exportaciones y la inversión transnacional.
China convierte esa necesidad en instrumento estratégico. Aunque evita hablar de “sobrecapacidad” y prefiere enmarcarlo como un problema de “involución” o de competencia desordenada, en la práctica el excedente productivo se proyecta hacia el exterior. Cada fábrica en el sudeste asiático, cada contrato de infraestructuras en África, cada planta solar en Oriente Próximo transforma el excedente interno en influencia global. La sobreproducción se convierte en palanca geoeconómica: contratos que crean dependencia tecnológica y dominio de cadenas de valor que hace indispensable la presencia china.
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