Para sorpresa de nadie, Kim Jong-un fue reelegido en febrero como secretario general del partido único de Corea del Norte. El IX Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea, realizado en Pionyang con la pompa ritualista del régimen norcoreano, contó con más de 5.000 delegados que le dieron su apoyo unánime. Pero, como siempre desde que llegó al poder, el único imprescindible era el líder supremo.
En su discurso de aceptación del nuevo mandato de cinco años, Kim manifestó su intención de expandir el arsenal nuclear norcoreano, declaró a Corea del Sur un “enemigo permanente” y afirmó que una mejora de la relación con Estados Unidos “dependerá de su actitud”. No hubo gran apelación a Rusia, pese a que en los últimos años han aumentado su cooperación, al punto de participar de su lado en la guerra de Ucrania.
Más allá de la estética totalitaria y del protagonismo del líder supremo, el Congreso estuvo marcado por tres cuestiones clave que explican cómo funciona este hermético régimen político: la renovación generacional en puestos de liderazgo, la especulación sobre la sucesión de Kim en su hija Kim Ju-ae y el refuerzo de la política militarista, un pilar de la ideología estatal juche.
Corea del Norte prevaleció tras la Guerra Fría no ya como un bastión del comunismo, sino como un régimen totalitario único en su tipo que despierta desde curiosidad hasta indignación. Es uno de los ocho países con arsenal nuclear declarado, lo que lo vuelve foco de conflicto permanente con Corea del Sur y Estados Unidos. A nivel interno, un Estado policial “sin paralelo en el mundo contemporáneo”, en palabras de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, se combina con una fuerte capacidad de resiliencia, financiamientos opacos y atrincheramiento ideológico para garantizar su supervivencia.
El modelo dictatorial norcoreano
Corea del Norte, cuyo nombre oficial es República Popular Democrática de Corea, se fundó en 1948 como un Estado socialista bajo el modelo estalinista soviético. Sin embargo, poco después de la guerra de Corea de 1950 a 1953, el primer líder supremo Kim Il-sung (1948-1994) purgó a los elementos prosoviéticos y prochinos. Desde entonces, el Estado norcoreano se constituyó bajo la ideología juche (‘autosuficiencia’), una ideología propia y atribuida al propio Kim Il-Sung, pero desarrollada por su hijo Kim Jong-il.
Concebida como un nacionalismo agresivo y autoritario, la idea juche esgrime que un país prosperará alcanzando la autonomía política, económica y militar sin ninguna dominación extranjera. Y como el Estado norcoreano existe debido a la división de Corea, la supervivencia nacional es el eje rector de la dictadura. Desde el mandato de Kim Jong-il (1994-2011), el modelo depende cada vez más del liderazgo.
LA DINASTÍA QUE GOBIERNA COREA DEL NORTE
LA DINASTÍA QUE GOBIERNA COREA DEL NORTE

Los llamados “Diez Principios para el Establecimiento de un Sistema Ideológico Monolítico”, base doctrinaria del Partido de los Trabajadores de Corea y de la ideología juche, plasman esa rigidez. El régimen explota su discurso como herramienta de control. Cuatro principios enfatizan el culto al líder: lealtad, autoridad, obediencia y confianza absolutas. Otros tres refuerzan su ideología: unidad ideológica, fe en la ideología y aprendizaje ideológico. Y los otros tres apuntalan el modelo político: unidad revolucionaria, reglas para que todo avance bajo el liderazgo y transmisión hereditaria del culto.
Este último principio ha sido usado para sostener que Corea del Norte es, de facto y vagamente de jure, una monarquía absoluta. Si bien puede referirse a que se hereden “las ideas” de generación en generación, en la práctica se interpreta que la Secretaría General del Partido debe ser ocupada por el “linaje del Monte Paektu”, como los medios oficiales se refieren a la familia Kim. El término deriva de un campamento militar insurgente instalado durante la lucha contra el dominio japonés. La propaganda norcoreana, con una épica legendaria, asegura que Kim Jong-il nació en este campamento.
El sistema norcoreano es en la práctica una dictadura totalitaria y hereditaria. Tras la muerte de Kim Il-sung en 1994 luego de casi medio siglo de reinado, su hijo Kim Jong-il le sucedió y gobernó hasta su fallecimiento en 2011. Kim Jong-un ha regido el país desde entonces. Sin embargo, el cargo de “líder supremo” no existe como tal: es una simplificación empleada por medios de comunicación internacionales.
EL RÉGIMEN DE COREA DEL NORTE
EL RÉGIMEN DE COREA DEL NORTE

En realidad, el Estado norcoreano se divide en dos ramas: el Partido de los Trabajadores de Corea como partido único y eje absoluto del poder político, encabezado por el secretario general, y el funcionariado civil, dirigido por la Comisión de Asuntos Estatales. Aunque existen el Partido Socialdemócrata de Corea y el Partido Chondoísta Chong-u, son formaciones hermanas que junto con el PTC conformaban el Frente Democrático para la Reunificación de la Patria hasta 2024, cuando Kim renunció a la reunificación como principio. El régimen lo completa el Ejército Popular, que depende del Partido, con el secretario general como comandante en jefe. Estas tres posiciones son ocupadas por Kim, que tiene todo el poder político.
Por debajo del líder supremo está una burocracia inflada. El Congreso del Partido es su órgano superior, encabezado sucesivamente por el Comité Central, el Buró Político y el Presidium del Buró Político… presidido por Kim. Del lado del Estado, la Comisión de Asuntos Estatales viene acompañada por un gabinete encabezado por el primer ministro y la Asamblea Popular Suprema, un parlamento de adorno de 687 escaños. Las elecciones parlamentarias son un evento poco menos que ritual, con reportes de participación de más del 99% del electorado registrado y listas de candidatos aprobadas por el Partido.
Renovación generacional: la clave del éxito
El modelo de Corea del Norte tiene un elemento clave: nadie es imprescindible fuera del líder supremo. El cargo hereditario de facto ayuda a anticipar quién lo ocupará, asegurando la continuidad del régimen. En las esferas inferiores, las purgas selectivas y los retiros de dirigentes ancianos han evitado una gerontocracia que afectó en su día a la Unión Soviética, a Laos o ahora a Cuba. Esta renovación constante es la clave interna de la supervivencia del régimen norcoreano: reinventarse sin perder su núcleo totalitario.
El IX Congreso del Partido celebrado en febrero ilustra este mecanismo. De los 138 miembros del Comité Central electos en 2021, cerca del 50% no fueron reelegidos, según un análisis de los medios surcoreanos 38 North y NK News. La tasa de renovación fue la más alta desde los años ochenta, cuando Kim Jong-il comenzó a consolidar su poder, y no fue casualidad. Fue una purga estratégica. Al eliminar o jubilar a los burócratas antes de que construyan bases de poder propias, Kim Jong-un bloquea posibles focos disidentes.
Varias figuras veteranas fueron excluidas del Comité Central: Choe Ryong-hae, poderoso jerarca bajo Kim Jong-il y hasta entonces presidente de la Asamblea Popular Suprema, Ri Pyong-chol, vicemariscal criticado por fallos en lanzamientos de misiles en 2023, o Kim Yong-chol, en su momento responsable de diplomacia con el Sur. Estos movimientos no solo castigan (el manejo de la pandemia, crisis económicas, fracasos en el desarrollo militar…), sino que previenen toda acumulación de poder independiente del líder.
En la dinastía gobernante, cada Kim ha tenido un liderazgo adaptado a su época. Aunque Kim Il-sung era un autócrata totalitario convencido, se apoyaba en un consejo de asesores y le importaba el equilibrio de poder entre los estamentos partidistas y militares del régimen. El culto a la personalidad en torno a los Kim comenzó con él, pero se profundizó durante el reinado de su hijo y se ha mantenido bajo el de su nieto.
Con la llegada de Kim Jong-il en 1994, el régimen de Corea del Norte se cerró cada vez más. Su era coincidió con el fin de la Guerra Fría y con un entorno internacional desfavorable para el Estado norcoreano. De acuerdo a informes de desertores de alto rango de este periodo, Kim Jong-il no toleraba la crítica más mínima y respondía con brutalidad a lo que percibía como traición. Durante este tiempo comenzó la militarización masiva del régimen, enfocando los recursos del Estado en ello. Debido a esto, a Kim Jong-il le tocó presidir la hambruna de 1994 a 1998, en la que murieron entre 900.000 y 3,5 millones de personas, y, en el interín, el único intento de golpe de Estado conocido en su contra. Una conspiración en abril de 1995, opaca y desde el propio régimen de la que hay pocos datos.
Finalmente, Kim Jong-un llegó al poder en 2011 con un panorama económico y social desolador y unas tensiones con Corea del Sur cada vez más peligrosas. En principio, aunque retuvo el papel prominente del Ejército, buscó restablecer el papel del Partido como un actor de peso. En el plano exterior, supervisó los acercamientos más positivos con Seúl durante la presidencia liberal de Moon Jae-in. Sin embargo, a partir de la pandemia volvió a asumir una retórica belicista. Kim Jong-un ha llegado a afirmar que la idea de una reunificación pacífica de Corea ha sido desechada y que Corea del Sur será siempre un enemigo.
Esta evolución de estilos, de Kim Il-sung equilibrado a Kim Jong-il paranoico y a Kim Jong-un pragmático, no es casual. Cada purga y renovación responde al contexto. El IX Congreso promovió a leales como Jo Yong-won, nuevo en el Presidium del Buró Político, y Ri Il-hwan, defensor clave del programa de desarrollo nuclear, eliminando a los que podrían frenar o cuestionar su agenda. Que nadie sea indispensable fuera del líder significa que el sistema puede mutar siempre que el “linaje del Monte Paektu” siga intacto.
El Ejército norcoreano: “lo militar primero”
Si algo caracteriza al régimen de Corea del Norte es su abrumador militarismo, presente en todos los aspectos de la sociedad, el Estado y la economía. El modelo songun (‘lo militar primero’) fue impulsado por Kim Jong-il entre 1997 y 1998, en plena hambruna, elevando al Ejército Popular de la subordinación al Partido a fuerza rectora del país y receptor principal de los recursos. La idea es simple: en un entorno de aislamiento internacional, sanciones y amenazas externas, la supervivencia del régimen depende ante todo de su capacidad militar. Todo lo demás, desde los servicios básicos, la salud o la educación, es secundario.
En la práctica, esto convirtió al Ejército no solo en el garante último de la dictadura, sino también en un actor económico dominante. Los militares controlan sectores clave como la construcción de infraestructura, la minería, la agricultura en gran escala, el limitado turismo interno y hasta empresas de exportación opacas. Corea del Norte destina entre un 25% y un 34% del PIB al gasto militar, según estimaciones del Banco de Corea del Sur y analistas independientes, una de las tasas más altas del mundo.

Durante el reinado de Kim Jong-un, el songun no ha sido abandonado, pero sí reequilibrado. Mientras que Kim Jong-il convirtió al Ejército en el eje absoluto del poder, lo que lo puso a riesgo de que algunos jerarcas militares acumularan demasiada influencia propia, Kim Jong-un ha reforzado el rol del Partido como árbitro supremo. La Comisión Militar Central del Partido está por encima del Ministerio de las Fuerzas Armadas Populares. Las purgas de altos mandos militares, como el fusilamiento del ministro de Defensa Hyon Yong-chol en 2015 o la marginación de Ri Pyong-chol desde 2023, muestran que el actual líder no tolera que el Ejército se convierta en un poder paralelo que pueda debilitar el suyo propio.
El militarismo norcoreano tiene un costo humano altísimo: hambrunas crónicas, una miseria generalizada y la explotación de la población mediante una conscripción que puede durar hasta diez años. Corea del Norte tiene hoy la mayor proporción de población reclutada del mundo, con 7,7 millones entre servicio activo y reservistas que representan casi un 30% de su población de veintiséis millones de habitantes. Mientras el régimen norcoreano construye su arsenal nuclear, deja de lado las necesidades más básicas de su población.
Mercado negro, ‘hackers’ y precariedad
Es difícil conocer la situación económica y social de una Corea del Norte hermética. Se trata de una tarea que asumen algunas entidades estatales y ONG con sede en Corea del Sur y Estados Unidos, como el Comité para los Derechos Humanos en Corea del Norte, así como ciertas organizaciones internacionales, desde Human Rights Watch hasta la misma ONU. A raíz de su trabajo, se presume que, mientras el Estado prioriza destinar recursos al Ejército, el norcoreano promedio vive en condiciones precarias, bajo un sistema de castas impuesto por el régimen, vigilancia masiva y riesgo de caer bajo la represión sistemática.
En Corea del Norte opera un sistema de clasificación social basado en la lealtad familiar histórica al régimen, el songbun, que divide a la sociedad en tres grandes grupos: los “leales” (núcleo privilegiado, principalmente en la capital y en puestos estatales), los “vacilantes” (mayoría de la población urbana y rural) y los “hostiles” (descendientes de desertores, religiosos practicantes, antiguos propietarios o personas con vínculos con el Sur o el extranjero). Esta casta se hereda de generación en generación y determina el acceso a empleo, educación, vivienda, raciones de comida o incluso atención médica. Ser hijo o nieto de alguien considerado “hostil” equivale a una condena estructural de por vida.
En paralelo, el régimen norcoreano mantiene uno de los sistemas de represión más ubicuos del mundo. El Ministerio de Seguridad Estatal, la entidad represiva más notoria, opera campos de prisioneros donde se estima que hay entre 80.000 y 200.000 presos por “delitos políticos” que van desde haber criticado al Gobierno en privado hasta haber consumido material surcoreano, como bandas de k-pop o doramas. Pese al control total del régimen sobre la información, este consumo está más extendido de lo que el Estado norcoreano admite. La información se filtra por contrabando de DVD y USB a través de la frontera norte, así como señales de radio y televisión chinas. Sin embargo, ser atrapado siempre termina en represión. Las ejecuciones públicas siguen siendo documentadas por desertores y organizaciones de derechos humanos.
Entre el control absoluto y la economía planificada colapsada, la supervivencia de la mayoría de las familias norcoreanas (y del propio régimen) radica en una vasta red de mercado negro, el jangmadang. Según estimaciones de desertores y analistas surcoreanos, el 97% de los ingresos familiares provienen de actividades informales, como la venta de comida o ropa usada, productos de contrabando chino, servicios privados o trueques. El Estado ha pasado a tolerar estos mercados, a la par que decide “regularlos” mediante impuestos arbitrarios, sobornos a inspectores o campañas periódicas de represión.
En paralelo, el régimen de Corea del Norte financia su permanencia con actividades ilícitas. El Lazarus Group, un grupo de hackers con sede en Pionyang, es responsable de robos masivos de criptomonedas (más de 2.000 millones de dólares solo en 2025, según Chainalysis). Estos fondos se lavan a través de redes en China y Rusia y se destinan a financiar el programa nuclear y el sostén del Estado. Es una economía paralela que opera fuera del alcance de las sanciones internacionales y, junto con el mercado negro, garantiza la reinvención financiera del régimen frente a un aislamiento internacional casi total.
La geopolítica de Corea del Norte
El régimen norcoreano también sobrevive por una política exterior que transforma su casi total aislamiento en ventaja estratégica. Corea del Norte ha usado históricamente las rivalidades internacionales y el ambiente global a su favor. Primero jugando a una cauta equidistancia entre China y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, y después explotando los choques diplomáticos con Estados Unidos y las intervenciones militares estadounidenses para justificar el desarrollo de su programa nuclear.
Las armas nucleares son el pilar geopolítico decisivo. El programa comenzó con Kim Jong-il, en gran medida como respuesta a la amenaza estadounidense posterior a la guerra de Irak. El primer ensayo tuvo lugar en 2006, aunque el programa se aceleró bajo el reinado de Kim Jong-un. A 2026, el arsenal se estima en unas cincuenta ojivas operativas, con material para entre setenta y noventa más. Asimismo, el IX Congreso del Partido formalizó el estatus de “Estado nuclear permanente” y la doctrina de ataque automático si el mando es amenazado. El objetivo, claramente, es convertir a Corea del Norte en una amenaza tan errática que disuada, irónicamente, a cualquier potencia de querer destruirla.
Entretanto, el apoyo económico indispensable para sostener a Corea del Norte proviene de China, que representa más de un 90% de su comercio exterior. El comercio opaco (pelucas, minerales, contrabando…) y la inversión limitada mantienen vivo al régimen de los Kim sin que China asuma gastos militares directos. Pero Pekín no es un aliado entusiasta. Con la ideología en segundo plano, Corea del Norte supone un gasto elevado y un peligro regional incómodo para el régimen chino. Sin embargo, más allá del peligro que supone el programa nuclear y una guerra regional en el este de Asia, para China es más importante evitar que el Estado norcoreano colapse. La principal preocupación es que, si el régimen cae de forma violenta y abrupta, se produzca una crisis de refugiados en la que China sería el país más afectado.
Por su parte, en los últimos años Corea del Norte ha estrechado las relaciones con la Rusia de Vladímir Putin, que se ha convertido en un socio estratégico mucho más cercano desde la invasión rusa de Ucrania iniciada en 2022. Pionyang ha recibido un considerable estímulo económico y militar a partir del acuerdo de defensa mutua firmado con Moscú en 2024. Los norcoreanos han aportado tropas y municiones a Rusia en Ucrania a cambio de petróleo, tecnología de misiles y drones.
En el plano de los enemigos, el régimen norcoreano explota la enemistad irreconciliable con Corea del Sur como narrativa para legitimarse. A la par que Kim Jong-un ha mostrado ocasionalmente interés en relajar las tensiones con Estados Unidos (siempre y cuando Washington acepte su estatus como potencia nuclear y abandone sus “políticas hostiles”), las tensiones con Seúl han aumentado durante la última década. Aún cuando los Gobiernos liberales de Moon Jae-in y Lee Jae-myung han intentado tibios acercamientos, con propuestas de diálogo y el fin de políticas de distribución de propaganda contra el Norte, Kim los ha rechazado tildandolos de “farsa engañosa”. El motivo salta a la vista: el “régimen del Norte” necesita de un “régimen del Sur” para justificar su aislamiento y su rearme permanente.
Así, el régimen norcoreano ha construido un esquema geopolítico que asigna a cada parte interesada en el país un papel distinto. China ejerce como benefactor económico, Rusia como proveedor militar, Corea del Sur como enemigo para reforzar la legitimidad interna y Estados Unidos como potencia exterior hostil con la que puede tener un diálogo condicionado. Esto permite al régimen norcoreano convertir su debilidad estructural en un escudo para atrincherarse en su desarrollo militarista y preservar el Estado policial. El arsenal nuclear sirve también como fuente de chantaje exterior: ninguna potencia quiere arriesgarse a un conflicto nuclear por el, comparativamente, poco relevante logro de derrocar a los Kim.
Entre la nueva sucesión y la reinvención permanente
El futuro del régimen norcoreano no pasa tanto por eventos geopolíticos o por una articulación de resistencia interna, sino por la sucesión de Kim. Aunque Kim Jong-un es joven, existen reportes de que tiene una salud frágil (obesidad severa, diabetes y posibles problemas cardíacos), los cuales han acelerado la especulación. El IX Congreso no formalizó una sucesión, pero sí aumentó la visibilidad de Kim Ju-ae, su hija de aproximadamente trece años. Signos similares de ascenso político del eventual sucesor se vieron durante la última década del período de Kim Il-sung, y durante los últimos años del reinado de Kim Jong-il.
No es la primera vez que se estima que la sucesión de Kim quebrará la tradición machista del “linaje del Monte Paektu”. Hoy por hoy la única otra alternativa creíble es la hermana de Kim, Kim Yo-jong, quien fue muy visible durante la supuesta enfermedad de su hermano hace unos años (desatando las mismas especulaciones) y fue ascendida en el Congreso a miembro pleno del Buró Político del Partido.
La mayoría de las fichas parecen puestas en Kim Ju-ae. Desde que se la vio por primera vez junto a su padre en el lanzamiento de un misil balístico intercontinental, en noviembre de 2022, su presencia pública ha aumentado. Visitas a fábricas, desfiles militares, un viaje a Pekín en 2025 y, finalmente, la clausura del Congreso del Partido el 25 de febrero, vestida de manera similar a su padre. En el mismo mes, la inteligencia surcoreana informó a su Asamblea Nacional que Kim Ju-ae ya estaba pasando de una “etapa de entrenamiento” a una “etapa de designación como sucesora”.

Corea del Norte sobrevive por su rigidez ideológica, por su aislamiento del mundo exterior, por sus armas nucleares y, sobre todo, por su extraordinaria capacidad de reinventarse. A lo largo de tres generaciones de liderazgos absolutos, el régimen ha mutado sin perder el control. Así pasó de la autosuficiencia de Kim Il-sung al militarismo paranoico de Kim Jong-il para finalmente llegar al efímero pragmatismo selectivo de Kim Jong-un, que poco a poco devino en atrincheramiento nuclear.
Las purgas generacionales renuevan a la élite norcoreana sin tocar el núcleo familiar y facilitan la supervivnecia política, mientras que la tolerancia selectiva al mercado negro y el cibercrimen como política de Estado facilitan la supervivencia económica. Cada adaptación responde al contexto, desde la amenaza militar externa hasta el colapso económico interno. Un sistema diseñado para mutar con el fin de que nada cambie. Ante un mundo cada vez más volátil, la duda real es si el régimen norcoreano podrá estirar indefinidamente su capacidad de adaptación o si alguna vez se romperá. Pero no será a corto plazo.