Por qué cayó la URSS si los soviéticos votaron por mantenerla

En el referéndum de marzo de 1991 se votó por mantener y renovar una URSS en crisis, pero las disputas internas terminaron en su disolución el 31 de diciembre. Los dirigentes no pretendían romper el Estado, aunque tampoco se esforzaron por preservarlo. Hoy en día es un recuerdo nostálgico, instrumentalizado por el Gobierno ruso.
Política y eleccionesRusia y espacio postsoviético
Por qué cayó la URSS si los soviéticos votaron por mantenerla
Bandera de la Unión Soviética. Fuente: Photon-v (GoodFon)

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

Colas en tiendas para comprar vodka, estanterías llenas de salsa para tapar la falta de otros productos y funcionarios corruptos exportando caviar de contrabando. A finales de los años ochenta, la Unión Soviética era un gigante agotado que sus líderes trataban de reanimar. La revolucionaria tarea de modernizarlo estaba en manos de un político moderado, Mijaíl Gorbachov, pero todos parecían estar en su contra: los nacionalismos emergentes aprovecharon su benevolencia, mientras que los detractores, fieles a las ideas de la Guerra Fría, querían volver a imponer su ley autoritaria. Al mismo tiempo, las medidas progresistas que ansiaban los ciudadanos no producían el efecto deseado, y el malestar social y político aumentaba.

En cinco claves:
  • El referéndum de marzo de 1991 pretendía mantener y renovar la URSS, que llevaba años en crisis
  • Sin embargo, el ala dura del régimen intentó dar un golpe en agosto para imponer el viejo orden
  • El golpe fracasó por el rechazo social, y los nacionalismos propiciaron la descomposición soviética 
  • Por tanto, la caída de la URSS fue en gran medida producto de un choque de élites
  • Hoy en día es un recuerdo nostálgico entre la población rusa, instrumentalizado por el Gobierno

Ya caído el Muro de Berlín, la URSS quiso preguntar por una vez a la población por su futuro. Pero los dirigentes no se ponían de acuerdo ni con la pregunta del referéndum, que resultó bastante enrevesada: “¿Considera usted necesario conservar la URSS como una federación renovada de repúblicas soberanas e iguales, en la que se garanticen plenamente los derechos y libertades de las personas de cualquier nacionalidad?”. Esa “forma renovada” eran reformas aperturistas de Gorbachov, y el 76% de los votantes dijo que sí el 17 de marzo de 1991. Sin embargo, los nacionalismos empujaban medidas contrarias, incluso en Rusia, y el punto de no retorno fue un intento de golpe de la vieja guardia en agosto. Su fracaso evidenció el descontento, facilitó la desarticulación del Partido Comunista y provocó una cascada de independencias. Finalmente, la URSS se disolvió el 31 de diciembre, justo cuando llega el Papá Noel ruso.

Entre la vieja URSS y construir algo nuevo

En realidad, el referéndum de marzo de 1991 fue boicoteado: seis de las quince repúblicas soviéticas se negaron a celebrar la votación. Georgia, Armenia, Moldavia y las tres bálticas, con autoridades antisoviéticas y nacionalistas o democráticas, no permitieron celebrarla. Incluso Lituania había declarado su independencia el año anterior. El malestar bullía en el gigante agotado. Dos meses antes del referéndum, las fuerzas soviéticas intervinieron en Letonia y Lituania, dejando una veintena de muertos y decenas de heridos. En respuesta, unas 800.000 personas se manifestaron en Moscú en apoyo a los bálticos.

Aún así, casi 150 millones de personas votaron el referéndum, una participación del 80%. El “no” ganó sólo en cuatro regiones ucranianas, aunque también estuvo cerca del 50% en ciudades como Moscú y San Petersburgo. La victoria del “sí” pavimentó el camino a la redacción del Nuevo Tratado de la Unión, que reemplazaría el de la creación de la URSS allá por 1922. El nuevo modelo otorgaría más soberanía a las repúblicas, que quedarían unidas bajo las reformas de apertura económica y política de Gorbachov.

Sin embargo, la población no entendía bien qué había votado. “En mi opinión, votaron por vivir bien y ser felices”, recordaría dos décadas después el exdiputado soviético Arkadi Muráshev. Algunas repúblicas, como Kazajistán, cambiaron la pregunta para que sonara menos soviética, otras añadieron una segunda… Lo que menos entendían los votantes era cómo se garantizaría esa soberanía, derechos y libertades si no se había hecho hasta el momento. Mientras tanto, en Rusia también se votó para introducir un presidente propio, un cargo democrático inconciliable con la verticalidad del Partido Comunista. La nueva figura demostraba las ansias de soberanía nacional, aunque no necesariamente contra la unión de Estados, así como el escepticismo de los rusos frente a Gorbachov. El elegido era uno de sus rivales: Borís Yeltsin. 

Un golpe de Estado en Moscú

En Moscú había dos bandos principales: un ala que conspiraba para devolver a la URSS a la línea dura y otra que debatía las reformas de la Unión y la soberanía de sus miembros. Sin embargo, el KGB escuchó una conversación en la que Yeltsin y Nursultán Nazarbáyev, líder de Kazajistán, pedían cesar a varios miembros del Partido, lo que aceleró al sector descontento hacia el golpe. El autodenominado Comité Estatal de Emergencia, formado por los dirigentes soviéticos más conservadores y encabezado por el vicepresidente Guennadi Yanáyev, se alzó militarmente en Moscú en vísperas de la firma del Nuevo Tratado de la Unión, programada para el 20 de agosto. Los nostálgicos estaban en contra de las medidas de Gorbachov y de la soberanía de las repúblicas, para las que también planearon una transición del poder.

En la mañana del 19, los rusos se despertaron sin nada más que ver en televisión que el ballet de El Lago de los Cisnes, cuya retransmisión duró tres días. No era casualidad: esta obra era emitida cuando moría un líder soviético y era reemplazado por otro, lo que sugirió a los ciudadanos la posible muerte de Gorbachov. El Comité, mientras tanto, sellaba su alianza con parte del Ejército, el KGB y otros órganos estatales.

El motín fueron tres días caóticos de alzamiento militar y resistencia popular, y dejó tres muertos que intentaban parar la columna de blindados. La población salió a las calles y Yeltsin plantó cara al golpe, incluso subiéndose a un tanque desde el que se dirigió a la multitud defendiendo la constitucionalidad. De hecho, uno de sus guardaespaldas era Víktor Zólotov, actual director de la Guardia Nacional rusa, y uno de los mandos medios sublevados era Serguéi Surovikin, excomandante ruso en la actual invasión de Ucrania. Mientras tanto, los amotinados secuestraron a Gorbachov en su casa de verano en Crimea, trataron de convencerle para que cediera el poder y le exigieron rechazar la firma del tratado. Durante el secuestro, Gorbachov quedó incomunicado incluso con el equipo de seguridad de su casa y con el maletín nuclear.

Sin embargo, el golpe pronto empezaría a desmoronarse. El KGB y el Ministerio del Interior finalmente no participaron, y otras divisiones militares no cumplieron con el mando. Tras los primeros incidentes, algunos soldados se pasaron al lado de Yeltsin. También ayudó la reconexión de la emisora local Eco de Moscú, que informó del golpe y que funcionaría hasta que el Gobierno de Vladímir Putin la cerró en 2022. Pero la clave fue la resistencia ciudadana, que con cadenas humanas impidió el paso de los tanques y blindados hasta que dieron la vuelta. Tras el golpe fallido, los cabecillas del alzamiento fueron arrestados.

‘Good bye, Lenin!’

Los alzados querían dar marcha atrás a las reformas de la URSS, pero fueron los mayores responsables de su disolución. El fracaso del golpe y el rechazo popular sin precedentes demostró que la población no quería volver al pasado. Era una resistencia democrática, pero no un movimiento antisoviético: la gente quería reformas sin echarlo todo abajo. El golpe disparó la popularidad de Yeltsin, que pasó a personificar la voluntad popular en un puesto legitimado por referéndum, y aprovechó para concentrar el poder.

La movilización popular dio impulso al espíritu nacionalista y anticomunista, al menos entre los moscovitas. Ya durante el golpe, Yeltsin comenzó a quitarle competencias al Partido hasta prohibirlo en noviembre. La nueva estructura de poder en Rusia era incompatible con un mando superior soviético. Así, la estructura y el poder de la URSS se fue desbaratando, y apenas quedó Gorbachov como presidente. Fue un proceso caótico e improvisado en el que también fue decisiva la rivalidad entre Yeltsin y Gorbachov: Yeltsin acusaba a Gorbachov de ser poco decidido, y el otro lo veía como un populista. Incluso Yeltsin pidió votar “no” en el referéndum en rechazo a la dirigencia estatal y a conservar la “unión imperial”.

Mapa político de la URSS

Con el referéndum de marzo a medias, el golpe fallido en agosto y la caída del Partido Comunista, el proyecto de renovación de la URSS pasó al olvido. A Lituania el año anterior se sumó la independencia de Georgia en abril, luego Estonia y Letonia con el golpe, después Moldavia y Kirguistán también en agosto, Armenia, Tayikistán y Uzbekistán en septiembre, Turkmenistán y Azerbaiyán en octubre y Ucrania en diciembre tras ratificarla en un referéndum. Finalmente, el 8 de diciembre, Rusia, Bielorrusia y Ucrania firmaron el Tratado de Belavezha, por el que disolvieron la URSS y crearon la Comunidad de Estados Independientes, a la que se unirían las antiguas repúblicas soviéticas, excepto las del Báltico.

Sin nada más por hacer, Gorbachov dimitió el 25 de diciembre como presidente de la URSS. Esa misma noche se produjo una imagen que daría la vuelta al mundo: en el Kremlin se arrió por última vez la bandera de la Unión, que sería sustituida por la de la Federación Rusa. La URSS dejó de existir formalmente el 31 de diciembre de 1991, y con su fin terminó la Guerra Fría. Su desintegración fue producto no tanto del rechazo social, sino del choque de élites que buscaban poder personal, causas nacionalistas o restaurar el totalitarismo, mientras que el golpe de agosto destruyó la última oportunidad que hubo de salvar la Unión.

La URSS hoy: entre la nostalgia y el uso político

La descomposición soviética tuvo lugar en un contexto de apatía política y desilusión hacia quienes querían reformarla. Y dejó todavía peor recuerdo. Gran parte de la población rusa asocia la caída de la URSS con los años noventa, una época de crisis económica ante los cambios radicales para adaptarse al sistema mundial. El trauma de esa década impidió que se construyera un mito positivo sobre la resistencia democrática, incluso contra el golpe de agosto. No se percibe como un logro político, sino que se recuerda con incomodidad. Como resultado, ha sido fácil construir un recuerdo nostálgico de tiempos más estables.

Mientras que Ucrania o los países bálticos tienen un relato rupturista con la URSS, Rusia es su sucesora legal y se percibe como su heredera. Las autoridades la rememoran con cálculo político, ya sea con hitos históricos como la victoria en la Segunda Guerra Mundial o construyendo paralelismos con la Guerra Fría, cuando la URSS tenía un papel hegemónico. La hoz y el martillo siguen presentes en la arquitectura rusa o en la principal aerolínea nacional, Aeroflot, pero se olvida cuando el país invadió Polonia o Finlandia.

De la cotidianidad soviética, en Rusia se recuerda sobre todo la época de estabilidad con Leónid Brézhnev. En los últimos años, las autoridades también han revivido el culto a Iósif Stalin, estatuas incluidas, y cuyas crueldades se relativizan con palabras como “resistir”, “contraatacar” y “vencer”. A fin de cuentas, al recordar la URSS, el Gobierno ruso promueve la idea de que, si su colapso empeoró las condiciones de vida para muchos, sería deseable restaurar algunos aspectos. Pero décadas después no hay vuelta atrás.

Oleg Lukin

San Petersburgo, 1995. Crecí en La Línea de la Concepción, Cádiz. Graduado en Periodismo y Máster en Política Internacional (UCM). He pasado por elEconomista, BBVA Global y Cinco Días. Colaboro con el Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura e investigo sobre construcciones culturales, concretamente, dentro del espacio postsoviético.