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La Nochevieja es la mayor fiesta del año para los rusos y cuando abren los regalos. Aquella noche en 1999 recibieron uno inesperado: un nuevo presidente. Con un árbol de Navidad de fondo, Borís Yeltsin, que había gobernado la última década, se dirigió a la nación en su discurso anual, pidió perdón por los “sueños incumplidos”, dijo que Rusia nunca volvería al pasado y dimitió. Faltaban tres meses para las elecciones presidenciales y también anunciaba a su sucesor, el entonces primer ministro Vladímir Putin.
Justo después, en la grabación televisada apareció Putin, que prometió defender la libertad de palabra y demás derechos “dignos de un colectivo civilizado”. La marcha de Yeltsin mostraba que “Rusia se había encaminado hacia la democracia y no se había desviado”. Las campanadas del Kremlin sentenciaron su discurso. La noticia fue bien recibida: la población estaba cansada de un presidente que llevaba años indispuesto, la economía por fin se estaba estabilizando y el futuro parecía más próspero. Sin embargo, Putin intercambió esa bonanza por los hidrocarburos y nacionalismo a cambio de derechos y libertades.
Yeltsin y la crisis de los años noventa
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