Lo que la caída de la URSS nos cuenta de lo que puede pasar en Cuba

La potencia soviética quiso ser un Estado eterno, y convenció a sus ciudadanos de que nunca dejaría de existir. Sin embargo, sus élites, dirigentes y oligarcas trabajaron durante años en la sombra para repartirse los restos del país tras su colapso
Política y eleccionesRusia y espacio postsoviético
Lo que la caída de la URSS nos cuenta de lo que puede pasar en Cuba
Fidel Castro y Mijaíl Gorbachov en una visita en La Habana en 1989. | ROBERT SULLIVAN - AFP

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Hay un libro sobre la crisis de la Unión Soviética que se titula Todo era para siempre hasta que dejó de existir. Recientemente traducido al castellano por la editorial Siglo XXI, su autor es Alexei Yurchak. ¿Ocurrirá eso con Cuba? Ocurrió en la URSS y los países socialistas del Bloque del Este, aunque muy poca gente se imaginaba, incluso en los terminales años ochenta, que el régimen soviético fuera a caer. Reformarse profundamente, sí: Mijaíl Gorbachov quiso convertirlo en una especie de gigantesca socialdemocracia nórdica. Pero no que fuera a dejar de existir. “Jamás se me pasó por la cabeza que las cosas pudieran cambiar en la Unión Soviética. Mucho menos que pudiera desaparecer. Nadie se lo esperaba. Ni los niños, ni los adultos. Teníamos la impresión de que todo era para siempre”, decía en 1994, en una entrevista televisada, el letrista y músico Andréi Makarévich. 
“En 1991, los ciudadanos de la Unión Soviética vivieron una experiencia que los conmocionó: de la noche a la mañana surgieron fronteras donde hasta ese momento sólo había un espacio aparentemente infinito”, relata Karl Schlögel en El siglo soviético (Galaxia Gutenberg, 2021). La URSS había querido ser un vechnoe gosudarstvo, un Estado eterno, y había convencido a sus ciudadanos de que lo era. Sin embargo, en lustros anteriores, habían ido pasando cosas bajo cuerda que demostraban que sus dirigentes ya tenían otros planes. 
El advenimiento, en los noventa, de una fastuosa oligarquía no lo protagonizaron talentos empresariales acogotados por el sistema comunista que florecerían al desaparecer éste. Los nuevos oligarcas eran oligarcas viejos; cargos del Partido que, en el último par de décadas, habían ido ubicándose en el lugar adecuado para hacerse con las grandes empresas estatales cuando se privatizaran. Como recordaría Gavriil Popov, alcalde de Moscú, cuando el sistema socialista colapsó había dos opciones posibles para desmontar la economía de control centralizado: “Podía dividirse la propiedad en...

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Pablo Batalla Cueto

Gijón, 1987. Licenciado en Historia, corrector de estilo, traductor y ensayista. Autor de cinco ensayos, el último de ellos Yo podría haber sido Fidel Castro (2024). Colabora con medios como Público, La Marea, Jot Down o Nortes y coordina la revista cultural digital El Cuaderno.