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Rusia, el país que celebra tres veces la Navidad

Rusia, el país que celebra tres veces la Navidad
Fuente: elaboración propia.

Rusia celebra las fiestas de invierno en tres actos, y la Navidad no es el más importante de ellos. A lo largo de su historia, estas fiestas se han tenido que adaptar primero a las tradiciones paganas, después a las modas europeas, y más tarde a las restricciones comunistas. Fruto de esa herencia, Rusia celebra la Navidad en enero y dos versiones del Año Nuevo separadas por catorce días.

El 25 de diciembre es un día laborable en Rusia. No es que no se celebre la Navidad, sino que se celebra en otra fecha, el 7 de enero. Pero el festivo más importante del invierno es el Fin de Año, que tiene lugar, al igual que en la mayoría de los países, la noche del 31 de diciembre al 1 de enero. Rusia tiene once husos horarios, por lo que da la bienvenida al nuevo año once veces seguidas. Hay quien aprovecha para brindar once veces en las horas en punto, desde que el reloj marca las doce en la península de Kamchatka, en el extremo oriental del país, hasta que la medianoche llega a Kaliningrado, al oeste, en la frontera con Lituania y Polonia. Pero las fiestas no acaban ahí: catorce días después del Fin de Año, llega el Año Nuevo Viejo

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Paganas y ortodoxas: la historia de las Navidades en Rusia

Aunque hoy son próximas en el calendario, las fiestas de Fin de Año y la Navidad tienen orígenes diferentes. Mientras que el Imperio romano ya celebraba el Fin de Año a finales de diciembre desde el siglo II a. C., en la Rusia precristiana el año nuevo llegaba con el calor de la primavera y estaba asociado al renacer de la naturaleza después del invierno. La celebración se fijó en el 1 de marzo durante el gobierno del príncipe Vladímir I, que en 988 convirtió al cristianismo la Rus de Kiev, un reino eslavo medieval antecesor de la actual Rusia. 

La nueva religión también traía una nueva festividad, la Navidad, que se adaptó a las tradiciones paganas. Su celebración el 25 de diciembre coincidía con la semana del solsticio de invierno, periodo que, se creía, conectaba el mundo de los vivos con el de los muertos. Por eso, la celebración cristiana de la Nochebuena, el 24 de diciembre, absorbió la Koliadá: una fiesta de disfraces parecida al Samaín celta o al Halloween anglosajón. Vestidos con pieles de animales, los festejadores iban de casa en casa para pedir comida u ofrendas, elogiaban en sus canciones los hogares en los que eran bien recibidos y maldecían a los menos generosos. 

Otro vestigio del animismo eslavo fueron algunas divinidades paganas que persistieron tras la adopción del cristianismo, pero con el tiempo quedaron relegadas al folklore. Es el caso del espíritu del frío, un anciano con barba blanca que provocaba heladas y decidía la suerte de las cosechas. Aunque no se trataba de un personaje eminentemente positivo, este espíritu fue el prototipo de Ded Moroz, o Abuelo Frío, el análogo moderno ruso de Papá Noel. 

Por su parte, el Fin de Año se trasladó a invierno en 1699, durante el gobierno del zar Pedro el Grande, un reformista que aspiraba a acercar Rusia a Europa. Pedro prohibió a la nobleza llevar barba, el antiguo atributo de los boyardos —los nobles rusos—, y sustituyó sus abrigos tradicionales por la vestimenta occidental. También fijó la celebración del Fin de Año en la fecha actual, el 31 de diciembre. Además, especificó por decreto qué adornos tenían que acompañar a este festivo: ramas de pino, abeto u otros árboles coníferos colgadas en los exteriores de los edificios y en las puertas. La noche del Fin de Año tenía que celebrarse con fuegos artificiales, hogueras y disparos al aire. Pedro el Grande emulaba así las tradiciones y las decoraciones navideñas holandesas que había conocido en uno de sus numerosos viajes por Europa. La celebración del Fin de Año se mantuvo después de la muerte del emperador.

Dos representaciones artísticas del espíritu eslavo del frío. A la izquierda, ilustración de Viktor Vasnetsov, a la derecha, de Nikolái Roerich. Fuente Wikimedia

Sin embargo, la Navidad siguió siendo el principal festivo del invierno. A comienzos del siglo XIX, se adoptó la costumbre alemana de colocar un árbol de Navidad decorado dentro de las casas. Hacia 1840 se popularizaron también los mercados de árboles de Navidad que ya se vendían decorados, aunque solo estaban al alcance de las familias pudientes. La Iglesia ortodoxa rusa tardó varias décadas en aceptar esta tradición, que al principio consideraba un vestigio del paganismo y una costumbre occidental.

Las políticas soviéticas: no a la Navidad, sí al Año Nuevo

La Revolución bolchevique de 1917 puso fin al Imperio ruso, sus instituciones y sus tradiciones religiosas. La Iglesia y el Estado se separaron oficialmente en 1918, y unos meses después la República Soviética de Rusia sustituyó el calendario juliano por el gregoriano, que ya estaba implantado en muchos países desde el siglo XVI. Para compensar el desfase entre ambos calendarios, ese cambio obligó a suprimir trece días del año 1918: después del 31 de enero llegó el 14 de febrero. La Iglesia ortodoxa tampoco aceptó el calendario gregoriano y siguió usando el juliano, manteniendo los festivos religiosos en las fechas establecidas en ese sistema.

El rechazo de la Iglesia ortodoxa al cambio de calendario es clave para entender por qué las fechas de las Navidades rusas no coinciden con los festivos católicos. Las fiestas seculares como el Fin de Año se adaptaron al calendario gregoriano, así que se mantuvieron en la fecha oficial. Sin embargo, los festivos religiosos desatendieron a este cambio y, por ello, se trasladaron en el calendario gregoriano trece días adelante. 

Esto explica por qué la Navidad ortodoxa pasó de celebrarse el 25 de diciembre al 7 de enero y por qué, en cambio, la Revolución de Octubre, secular y anterior a la adopción del calendario gregoriano, se conmemora ahora en noviembre. Además, debido al carácter ateísta del proyecto soviético, la Navidad y otras fiestas religiosas fueron prohibidas, al igual que sus atributos, tales como el árbol de Navidad. Esta proscripción afectaba también al Fin de Año, que era visto como un festivo burgués.

El veto a la Navidad se mantuvo hasta los últimos años de la Unión Soviética, pero el Fin de Año regresó a los calendarios en 1935. Con ello, Stalin pretendía aumentar su popularidad después de varios años de hambrunas y represión. Para eliminar las connotaciones religiosas de esta fiesta, las autoridades soviéticas optaron por introducir a nuevos protagonistas. Uno de ellos era Ded Moroz, el Abuelo Frío, basado en el espíritu pagano del frío, pero reencarnado en un anciano bondadoso que guardaba cierto parecido con Papá Noel. La otra era su nieta y ayudante, Snegúrochka, o Doncella de nieve, originaria de un cuento del siglo XIX. El Abuelo Frío lleva una barba blanca y una vara mágica, y su abrigo llega hasta el suelo y puede ser azul o rojo. A diferencia de Santa Claus, el Abuelo Frío y su nieta no entran a las casas por la chimenea, sino por la puerta, y esta tradición da trabajo a estudiantes y a actores profesionales que interpretan a los personajes mágicos a domicilio. 

El Fin de Año soviético también tenía un referente comunista: Vladímir Lenin, fallecido en 1924. El primer dirigente y fundador de la URSS empezó a participar en las fiestas navideñas a comienzos de los años veinte, cuando todavía estaban permitidas, apareciendo de forma idealizada en cuadros, pósteres y libros escritos por encargo del Partido. En ellos, Lenin era retratado como un anciano bondadoso que jugaba con los niños y les traía regalos, parecido en cierto modo al propio Abuelo Frío. 

Vladímir Lenin representado en un sello soviético durante la celebración de las Navidades. Fuente: Wikimedia

La figura del Abuelo Frío se adaptó a la diversidad cultural de la Unión Soviética y, más tarde, de la Rusia postsoviética. Así, en la República de Udmurtia, a mil kilómetros al este de Moscú, el análogo del Abuelo Frío se llama Tol Babai, y lleva un abrigo morado, un color que se asocia con el bienestar. El protagonista del Año Nuevo en Tartaristán, Kish Babái, lleva atuendos típicos tártaros y el anciano Yamal Iri ayuda a los viajeros en la región norteña de Yamalia. Otros personajes navideños con raíces locales se popularizaron a partir de los años noventa, como el espíritu del buey de invierno Chisján, de Yakutia, un anciano que lleva un gorro con cuernos. 

El árbol de Navidad también se tuvo que adaptar al nuevo régimen. Primero, en el nombre, porque desde la época soviética se llama árbol de Año Nuevo, para eliminar la connotación religiosa. Y segundo, en la decoración: la estrella bíblica de Belén fue sustituida por la roja de cinco puntas, y otros adornos empezaron a producirse a gran escala, con modelos adaptados a las prioridades de cada momento. Así, en los años de la Segunda Guerra Mundial, la decoración reproducía máquinas de guerra. Naves espaciales y astronautas aterrizaron en los árboles del Año Nuevo soviéticos durante la carrera espacial de la Guerra Fría. Y el maíz, un cultivo que el dirigente comunista Nikita Jrushchev intentó implantar a gran escala en la agricultura soviética, también sirvió como modelo para la decoración festiva en los años sesenta.

Las Navidades en tres actos

La caída del muro de Berlín en 1989 no fue el primer síntoma del inminente ocaso de la URSS. La política de transparencia, o glásnost, impulsada por Mijaíl Gorbachov suavizó la censura, por lo que abrió la puerta a la recuperación paulatina de las manifestaciones públicas de la religión. La televisión estatal emitió en enero de 1989 un programa en el que se celebraba la Navidad. En diciembre de 1990, un año antes de la caída de la URSS, el 7 de enero —la Navidad ortodoxa, celebrada según el calendario juliano— se convirtió en un festivo oficial en la República Socialista Federativa Soviética de Rusia.

Dos Abuelos Frío y Snegúrochka en la región siberiana de Altái. Fuente: Wikipedia

Aunque el Fin de Año se mantuvo como el principal festivo de la temporada, la Navidad fue ganando peso a medida que aumentaban los seguidores de la Iglesia ortodoxa. Mientras que en 1990 solo el 33% de la población de Rusia se declaraba ortodoxo, veinte años más tarde este porcentaje se había duplicado hasta llegar al 70%. En cambio, el catolicismo tiene entre sus adeptos a menos del 1% del país, por lo que prácticamente nadie celebra la Navidad el 25 de diciembre. 

De esta manera, los dos festivos oficiales del invierno intercambiaron el orden: ahora, el Fin de Año, celebrado según el calendario gregoriano el 31 de diciembre, es anterior a la Navidad, que se mantuvo en la fecha marcada por el calendario juliano, por lo que fue transportada en el gregoriano al 7 de enero. Esta disposición de los festivos trae ciertos problemas a la población ortodoxa porque la Navidad debe ser precedida de una estricta cuaresma de cuarenta días, lo que limita la celebración del Fin de Año. El festivo del Año Nuevo Viejo, celebrado por primera vez el 14 de enero de 1918 como protesta contra la adopción del calendario gregoriano y recuperado en los noventa junto con la Navidad, ofrece una solución a este problema. Permite volver a festejar el cambio del año después de la Navidad, sin restricciones a la comida o al entretenimiento. 

Así, la secuencia de Fin de Año, Navidad y Año Nuevo Viejo se han convertido en los tres festivos de las Navidades rusas. El primero es secular y oficial. En clave política, es el día en el que el presidente emite su discurso televisivo, una oportunidad que Borís Yeltsin aprovechó en 1999 para anunciar que abandonaba la presidencia y proponer a Vladímir Putin para el cargo. La Nochevieja es cuando el Abuelo Frío guarda los regalos debajo del árbol y también es la única fecha en la que no puede faltar la ensaladilla rusa, que en realidad es de autoría francesa.

Personajes que traen los regalos de Navidad a Europa
A causa de la influencia soviética, la tradición del Abuelo Frío, o Abuelo de las nieves, está extendida por muchos de los países eslavos y de la antigua órbita soviética.

En cambio, la Navidad se celebra siguiendo ritos religiosos, a los que también asiste, aunque a título personal, el presidente Vladímir Putin. La celebración trasciende cada vez más la frontera entre la Iglesia ortodoxa y otras confesiones: en 2020, el 36% de ciudadanos rusos que profesan otra religión y el 40% de los ateos celebraron la Navidad ortodoxa. Finalmente, el Año Nuevo Viejo cierra este ciclo de forma oficiosa, sin ser un día festivo, pero evocando las tradiciones rusas anteriores a 1918.

En las últimas décadas, Rusia ha vivido un acercamiento entre el Gobierno y la Iglesia ortodoxa. Vladímir Putin tiene un papel activo en este proceso: participa en los actos religiosos y recalca el papel de la Iglesia en “el fortalecimiento de los fundamentos espirituales y morales de la sociedad”. Las enmiendas a la Constitución aprobadas en el verano de 2020 incorporaron una mención a “la fe en Dios” como uno de los elementos constitutivos de la Rusia moderna y laica. Esta tendencia, contraria a la separación soviética entre la Iglesia y el Estado de 1918, consolida la Navidad como una de las fiestas más importantes del invierno ruso. Pero ya no es la única: el Fin de Año, impulsado en los años treinta por los dirigentes comunistas, también ha llegado para quedarse.

Katia Ovchinnikova

Moscú, 1997. De padres rusos y alma gallega. Estudiante del Máster en Protección Internacional de los Derechos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares; graduada en Relaciones Internacionales y Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos. Interés en democratización, derechos humanos y minorías en general, lingüísticas en particular.

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