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La política del tiempo y el poder de los calendarios

La política del tiempo y el poder de los calendarios
Fuente: Michel Curi (Flickr)

El poder de controlar el tiempo no es solo un sueño en la ficción, sino también en la política. Aunque hoy el sistema de medición más extendido sea el gregoriano, no todo el mundo se rige por el paradigma de los años con doce meses y 365 días. Las reformas de los calendarios, la elección del año cero, el cambio de los nombres de los meses o el adelanto de la hora son ejemplos de cómo la política ha alterado las normas del tiempo por razones no siempre astronómicas.

Se dice que, en una carta epitáfica, Albert Einstein escribió que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro no es más que una ilusión persistente. Pero el paso del tiempo está lejos de ser una cuestión reservada para la física. Los segundos, los minutos, las horas y los días que se van sucediendo a golpe de reloj son parte de un complejo constructo social basado en decisiones humanas y que, por lo tanto, puede estar sujeto a cambios. Desde suprimir once días hasta adelantar los relojes en verano, el tiempo ha sido moldeado por y para la política.

Para vencer al enemigo, para sistematizar, para ahorrar, para impulsar la productividad o para romper con lo establecido: a lo largo de la historia, las razones para cambiar la gestión del tiempo han sido numerosas, al igual que lo fueron las maneras de hacerlo. Así, durante la Guerra de Treinta Años (1618-1648), un reloj liberó a la ciudad bohemia de Brno del ejército sueco. En agosto de 1645, tras tres meses de asedio infructuoso, el general sueco anunció que desistiría si no tomaba la ciudad antes del mediodía del día siguiente. Los habitantes de Brno, exhaustos, no se vieron con fuerzas para resistir tanto y optaron por adelantar el reloj de su ciudad: las campanadas del mediodía sonaron a las once y el ejército sueco se retiró. La hora perdida todavía se rememora en Brno: sus campanadas, que la habían salvado de la derrota, suenan una hora antes que en el resto del país. 

El tiempo a lo largo del tiempo

La idea del tiempo obliga al ser humano a determinar un punto de partida. Sin embargo, el comienzo de la era o la fecha en la que empieza el año no se cuentan de la misma manera a lo largo de la historia ni a lo ancho del globo. El pasado 1 de enero comenzó el año 2020. Pero volvió a arrancar veinticuatro días después, esta vez según el calendario chino, que cuenta ya 4718 años. Un mes más tarde empezó el año 2147 en la tradición tibetana. El 20 de agosto se iniciará el año 1442 del calendario islámico, y el 19 de septiembre el mundo hebreo dará la bienvenida al año 5781. Por su parte, el famoso calendario maya ya ha dejado de contar: su recorrido terminó el 21 de diciembre de 2012.

A día de hoy, el mundo cuenta con más de cuarenta sistemas distintos de medición del tiempo. Ahora bien, no todos ellos gozan de la misma popularidad y no siempre se usan en el mismo ámbito. Solo uno cuenta con reconocimiento universal: el calendario gregoriano. A su vez, este sistema se basa en uno anterior, el calendario juliano. Ambos recibieron el nombre de sus creadores y no estuvieron exentos de ambición política. 

El calendario juliano nació en Roma medio siglo antes del comienzo de la era cristiana. Entonces, los romanos contaban los años ab urbe condita, a partir de la fundación de Roma. Julio César reformó el sistema de medición del tiempo previo homogeneizando la duración de los meses, incluyendo los años bisiestos y situando el comienzo del año en enero. Además, firmó su proyecto cambiándole el nombre al mes quinctilis, que pasó a ser llamado iulius (‘julio’). Su sucesor, Octavio Augusto, no quiso ser menos: dio su nombre, augustus (‘agosto’), al mes siguiente, y restó días a otros meses para que este también tuviera 31, los mismos que el mes de su antecesor.

Sin embargo, el calendario juliano, estaba atrasado por diez días respecto a los ciclos del sol. Para corregirlo, en el siglo XVI el papa Gregorio XIII adelantó el tiempo mediante una bula papal. Así, los habitantes de los países católicos que se fueron a dormir el 4 de octubre de 1582 se despertaron al día siguiente en el 15 de octubre. Este cambio no era suficiente, por lo que también se creó un nuevo calendario, el calendario gregoriano, en el que cada cuarto año tendría un día más, el 29 de febrero. Además, la regla de los años bisiestos nació con una excepción: los años que sean divisibles por cien pero no por cuatrocientos no cuentan con el 29 de febrero para disminuir el margen de error (por ejemplo, el año 2000 fue bisiesto, pero el 2100 no lo será). Aun así, el problema no está del todo resuelto: cada año, las agujas del reloj adelantan al movimiento del sol por veintiséis segundos. Por lo tanto, desde la adopción del calendario gregoriano en 1582 hasta hoy, el desfase es de aproximadamente tres horas.

Así saldría reflejado el cambio del sistema juliano al gregoriano en un calendario de la época. Fuente: Wikipedia

En su origen el calendario gregoriano solo fue adoptado en los países católicos, de forma que incluso en el continente europeo convivió con el juliano —el que seguía la Iglesia ortodoxa— durante más de tres siglos, al igual que con otros sistemas de medición del tiempo en el resto del mundo. Con el paso de los siglos y debido al poderío europeo, el gregoriano acabó por ser el sistema de medición del tiempo utilizado prácticamente en todo el mundo. Con él, también se impuso la costumbre de contar los años con una referencia cristiana: a partir del año en el que, se cree, nació Jesucristo.

La transición hacia el calendario gregoriano fue gradual: en Japón fue adoptado en 1873, dos años más tarde llegó a Egipto y, en 1917, a Turquía. A día de hoy todavía hay excepciones: Afganistán, Irán, Nepal y Etiopía nunca aceptaron el calendario gregoriano y continúan viviendo bajo calendarios autóctonos. En otros casos, el gregoriano se impuso al sistema anterior en lo civil, pero ambos coexisten en el ámbito religioso o cultural. Es el caso de Rusia, que mantiene el calendario juliano para los festivos religiosos; también de Israel, donde el calendario hebreo rige en lo relacionado con la fe.  

A pesar del uso casi universal del calendario gregoriano, la medición del tiempo no es y no podría ser uniforme. Desde 1883, los husos horarios dividen la Tierra en veinticuatro zonas de 15º de longitud, con el meridiano de Greenwich como meridiano cero. Aunque la práctica difiere de la teoría: los países no han elegido sus husos siguiendo únicamente criterios geográficos. El caso de España es paradigmático: desde 1940 no se encuentra en el huso horario que le correspondería, sino en el mismo que Alemania, un vestigio de la cercanía entre las dictaduras de Franco y Hitler. Otro ejemplo de la politización de los husos horarios es China: a pesar de que su territorio cubre cinco husos, el gigante asiático usa uno solo. Esta medida, implementada por Mao Zedong en 1949, estaba destinada a consolidar la unidad nacional

Para ampliar: “¿Por qué en todo China solo hay un huso horario?” El Orden Mundial, 2019

Mapa mundial de los husos horarios en el que se aprecia, entre otras rarezas, la anómala disposición de España o el huso horario único en China. Fuente: Wikipedia

También la elección del meridiano cero ha sido objeto de disputas. La última enfrentó en el siglo XIX al Reino Unido y Francia: aunque la Conferencia Internacional del Meridiano de 1884 optó por establecer el meridiano en Greenwich, un distrito de Londres, Francia siguió usando durante un cuarto de siglo el meridiano de París que su Gobierno había propuesto. España también llevó a la Conferencia una propuesta de larga tradición: la isla canaria de El Hierro llevaba siendo el meridiano de referencia desde 1634.

Una vez instaurados, los husos horarios tampoco son inamovibles. Así, durante la presidencia de Dmitri Medvédev, Rusia redujo en 2011 el número de husos horarios de once a nueve, con el objetivo de “facilitar la gobernabilidad”. En 2014, con Putin de vuelta en el poder, volvieron a ser once, y también se restauró el cambio de hora suprimido durante el gobierno de Medvédev. Otros países han optado en los últimos años por suprimir el cambio de hora, como Brasil en 2019; la Unión Europea se comprometió a abolirlo en 2021, aunque la medida todavía no se ha puesto en marcha.

Para ampliar: “¿En qué países se aplica el cambio de hora y por qué?” El Orden Mundial, 2020

El calendario se ha acabado, larga vida al calendario

A comienzos de diciembre de 2012, la entonces primera ministra de Australia Julia Gillard anunciaba en un vídeo: “Sí, los mayas tenían razón y el mundo se acaba”. No era más que un chiste, pero la idea del fin del mundo tuvo un impacto más allá del humor. Según un estudio llevado a cabo en veinticuatro países en marzo de 2012, el 10% de los encuestados creían que la supuesta profecía maya era cierta. Como muestra la historia, el 22 de diciembre de 2012 el mundo siguió en pie, pero el recuerdo de aquel apocalipsis que nunca ocurrió sigue firme en la memoria colectiva. Y todo, por un calendario.

Cuando el mundo no acabó, la RTVE actualizó la portada de su página con el vídeo “¡Ah! Pues al final no ha pasado nada”. Fuente: RTVE

Pero los calendarios no solo se convierten en el foco de atención en vísperas de apocalipsis. La llegada del Gobierno jacobino en 1793, en el contexto de la Revolución francesa, significó una ruptura total con los valores tradicionales, incluido el calendario gregoriano. Frente a sus raíces cristianas, el Gobierno de Robespierre instauró un sistema inspirado en el espíritu de la Ilustración y la proximidad a la naturaleza. Mediante un decreto, los nombres de los meses, los días del año e incluso la duración de la hora fueron reformados para eliminar las referencias al cristianismo. El decreto de fue publicado el 24 de noviembre, o el 4 de frimario, en términos del calendario revolucionario. 

El tiempo fue reordenado por completo: en el sistema jacobino los meses se componían de treinta días, los días de diez horas, cada hora de 2 horas y 24 minutos y cada minuto, de un minuto y medio. Los jacobinos también cambiaron el año cero: el comienzo de la era revolucionaria fue fijado en el 22 de septiembre de 1792. Además, cada uno de los 360 días recibió un nombre propio, como rosa, manzana o vaca. Los nombres de los meses, inventados por el poeta Fabre d’Églantine, también estaban relacionados con los fenómenos naturales. Así, nivôse anunciaba nieve en invierno, floréal era el mes de las flores y fructidor, de la fruta. Como los 360 días anuales no eran suficientes para adaptar el calendario republicano al año solar, D’Églantine creó días complementarios, también llamados sans-culottides, en honor a la baja revolucionaria francesa. Cinco durante los años regulares y seis en los años bisiestos, los sans-culottides eran fiestas nacionales pensados para honrar los valores de la República: la virtud, el talento, el trabajo, la opinión, las recompensas y la revolución.  

En el sistema revolucionario francés, el día estaba dividido en diez horas. Fuente: Cormullion

Así, durante unos años, los acontecimientos en la Francia republicana se contarán con otro calendario, y por eso el golpe de Estado que Napoleón Bonaparte dio el 9 de noviembre de 1799 no se conoce así, sino como golpe del 18 de brumaire del año VII. En un intento de reconciliarse con la Iglesia y de superar los excesos de la era jacobina, Napoleón restituyó el calendario gregoriano: en 1806, el 11 de nivôse volvió a ser el 1 de enero. 

Un siglo más tarde, la experiencia francesa inspiró a otro proyecto revolucionario: la Unión Soviética, que también pretendió cambiar la gestión del tiempo. Sus dirigentes tenían una doble motivación para el cambio: no solo pretendían borrar del calendario cualquier vestigio de la religión, sino que también querían impulsar la productividad laboral para garantizar el cumplimiento de los planes quinquenales. Por eso se creó, en 1929, el concepto de trabajo ininterrumpido, lo que se tradujo en un calendario laboral de cinco días a la semana, sin un día de descanso común para todos los sectores. Cada uno de los cinco días se identificaba con un color, lo que permitía saber qué días libres les correspondían a diferentes áreas de trabajo.

La eliminación formal del fin de semana servía a dos objetivos. Por un lado, se introducía un sistema de producción ininterrumpido en el que la economía nunca llegaba a estar parada; también se borraba el domingo, el día cristiano del descanso y la misa. Además, los trabajadores que descansaban en días diferentes tenían menos posibilidades de organizar una protesta popular. Los bolcheviques también quisieron tener su propio año cero, que marcaba el día de la Revolución de Octubre: el 7 de noviembre de 1917. Con todo, esta fecha es un ejemplo más del papel de los calendarios. En realidad, la Revolución de Octubre tuvo lugar en noviembre según el calendario gregoriano, pero se llama así por estar todavía vigente entonces en Rusia el calendario juliano. Finalmente, la semana de trabajo ininterrumpido no tuvo éxito y fue suprimida en 1940. Con ello, el calendario gregoriano, que nunca se había ido del todo,  regresaba a la Unión Soviética. 

Para ampliar: “El fin de la URSS y el ‘fin de la historia’”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2016

La alternativa frustrada: de trece meses anuales a la megalomanía temporal

A medida que avanza el tiempo, surgen nuevas propuestas para reformarlo. El siglo XX vio varios proyectos de calendarios alternativos al gregoriano. Uno de ellos, el calendario fijo internacional, fue utilizado por la empresa Kodak durante 61 años. Como su nombre indica, este calendario, creado en 1902 por Moses Cotsworth, era  un sistema fijo, regular y no sujeto a cambios. El año estaba dividido en trece meses de 28 días ordenados de tal modo que su estructura no variaba de un año a otro: todos los meses empezaban un domingo y terminaban el día 28, un sábado. Aparte de los 364 días resultantes, cada año contaba con un día extra, o dos en el caso de los años bisiestos. Estos días extra no formaban parte de ningún mes ni alteraban el orden de la semana, sino que eran contados aparte. Los nombres gregorianos de los meses se mantenían, y el treceavo, insertado entre junio y julio, recibió el nombre “sol”. Los promotores del calendario fijo internacional argumentaban que este sistema regularizaría la medición del tiempo y sería beneficioso para los negocios.

Para ampliar: “The defence of Calendar Reform to the Business World” George Eastman en Nation’s Business, 1926 

El calendario fijo internacional, compuesto por trece meses, fue criticado, entre otras razones, por no ser tan versátil como el gregoriano al no poder ser dividido en dos, tres, cuatro o seis períodos iguales. Frente a este sistema, Elisabeth Achelis propuso en 1930 un proyecto de calendario mundial. Volvía al año de doce meses, pero, al igual que en el calendario internacional, estos eran fijos. Cada cuarto del año empezaba un domingo y  por un mes de 31 días de largo, que a su vez era seguido por dos meses de 30 días. Al igual que el calendario fijo internacional, el calendario mundial preveía la existencia de uno o dos días extra, y, a diferencia del gregoriano, ambos sistemas eran invariables en función del año y, por lo tanto, válidos para cualquier periodo del tiempo. Achelis creó una asociación para promover su proyecto y llegó a presentarlo ante la Sociedad de Naciones y, más tarde, en las Naciones Unidas. No obstante, la propuesta de la “dama del calendario” nunca llegó a implantarse.

Las propuestas de reforma del calendario no pararon con el cambio de siglo. Una de las más recientes fue la de Evo Morales. En 2016 el primer presidente indígena de Bolivia se planteó recuperar el sistema de medición del tiempo aymara porque el calendario gregoriano era “demasiado desordenado”, debido a la duración desigual de los meses.  De llevarse a cabo, el año contaría con trece meses, compuestos por 28 días cada uno. No obstante, además de un gusto por el orden, el político boliviano también trataba de reconstruir la identidad de su pueblo. Sin embargo, este cambio no llegó, y Bolivia continúa midiendo sus días por el calendario gregoriano. 

En la otra punta del globo, Turkmenistán vivió seis años bajo un calendario muy personal, creado por el autócrata que lo gobernaba entonces, Saparmurat Niyazov. Aunque se mantuvo la estructura gregoriana, los nombres de los meses y de los días fueron cambiados en 2002 por palabras elegidas por Niyazov. Por ejemplo, el mes de abril se convirtió en gurbansoltan, el nombre de su madre. Septiembre, ruhnama, recibió el nombre del libro escrito por el presidente y el mes de enero pasó a llamarse türkmenbaşy (‘líder de Turkmenistán’). La obra sobrevivió a su creador por dos años, pero el calendario gregoriano fue finalmente restituido en 2008 para regresar a los estándares internacionales. 

Para ampliar: “Evo Morales y el poder en Bolivia”, David Hernández en El Orden Mundial, 2019

Fugit irreparabile tempus

Es probable que el Papa Gregorio XIII nunca soñara con el éxito que tendría su invento. Cinco siglos más tarde, casi toda la humanidad mide sus días con el calendario gregoriano, pero sigue soñando con aprender a controlar el tiempo. Empresas que prometen a sus socios revivirlos cuando la tecnología lo permita, intentos de construir una máquina de tiempo o la búsqueda del elixir de inmortalidad, frecuente entre dictadores, son una señal de que no todos aceptan ser dominados por el paradigma de la distinción entre el pasado, el presente y el futuro, la ilusión persistente de Einstein. Desde las épocas más remotas hasta hoy, el tiempo demuestra su poder sobre el ser humano, aunque el ser humano no deje de intentar ejercer su poder sobre el tiempo.

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