De un cargo burocrático intermedio en el San Petersburgo inmediatamente posterior a la caída de la URSS a organizar una invasión militar a gran escala y con tintes imperiales contra la vecina Ucrania. Los últimos treinta años en la cronología de Vladímir Putin, que pronto cumplirá veintitrés al frente del país euroasiático, se podrían considerar un síntesis acelerada de la construcción de poder que ha vivido Rusia desde el desvanecimiento soviético.
En sus comienzos, como parte de ese grupo de personas bien conectadas y con pocos escrúpulos que se benefició, económica y políticamente, del desmantelamiento programado que sufrió el país bajo la batuta de Borís Yeltsin. Tras el saqueo oligárquico de los años noventa, como el encargado de restablecer el Estado sobre una base nacionalista, nostálgica, conservadora e igualmente plutocrática, y que ha derivado en el régimen autoritario que hoy traspasa todas las líneas rojas en Ucrania.
Putin, que ingresó en el KGB en 1975 tras graduarse en Derecho, vivió el ocaso del régimen soviético a medio camino entre Dresde —en la Alemania Oriental— y su San Petersburgo natal, donde después del colapso de la URSS medró institucionalmente hasta acceder al círculo cercano de Anatoli Sobchak, primer alcalde de San Petersburgo tras la caída de la URSS y mentor tanto de Putin como de Dmitri Medvédev.
Si bien Sobchak había sido una de las figuras políticas más importantes tras el desmoronamiento soviético —participó en la redacción de la nueva Constitución—, el verdadero punto de inflexión para Putin llegó en 1996, cuando fue nombrado vicedirector del departamento de Gestión de Bienes de la Administración de Yeltsin. A partir de ese momento, el exagente del KGB ascendió rápidamente en el organigrama de poder de Moscú.
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Primero, con varias jefaturas y cargos en la Administración federal. Después, como director del Servicio Federal de Seguridad —el antiguo KGB— y como se...