30 de diciembre de 1922

30 de diciembre de 1922: el Congreso de los Sóviets aprueba la creación de la Unión Soviética en Moscú

Después de que la Revolución rusa depusiera al zar en 1917, llegaron años de agitación social y política en el país, hasta que el Gobierno bolchevique logró imponerse en la guerra civil y conformar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Nacía una potencia que cambiaría el orden internacional del siglo XX.
30 de diciembre de 1922: el Congreso de los Sóviets aprueba la creación de la Unión Soviética en Moscú
Primera bandera oficial de la Unión Soviética, que utilizó de diciembre de 1922 a noviembre de 1923. Fuente: Wikimedia Commons

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En medio de la Primera Guerra Mundial estalló la Revolución rusa de 1917. Después de que el zar Nicolás II fuese obligado a dimitir en febrero, se formó un Gobierno provisional dirigido por el príncipe Gueorgui Lvov y luego por el socialista moderado Aleksándr Kérenski, que enfrentó un descontento cada vez mayor. Las discrepancias internas que impidieron materializar las reformas, continuar la guerra y el golpe de Estado de Kornílov, facilitaron a los sóviets la conquista del poder durante la Revolución de Octubre.

La siguiente tarea del Gobierno bolchevique de Vladímir Lenin era negociar el armisticio con Alemania: en virtud del Tratado de Brest-Litovsk se puso fin a la actuación rusa en la Primera Guerra Mundial. Como consecuencia, Rusia perdía gran parte de sus territorios en Europa oriental, pero obtenía la ansiada paz. De este modo, los bolcheviques pudieron centrar sus recursos en el nuevo conflicto que amenazaba con liquidar la revolución roja. De la guerra civil que sacudió Rusia emergió un nuevo Estado, constituido como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el 30 de diciembre de 1922.

Rojos contra blancos

La guerra civil rusa se extendió desde 1918 hasta 1923. El Gobierno bolchevique con el recién creado Ejército Rojo se enfrentó al contrarrevolucionario Ejército Blanco, integrado por zaristas, conservadores y sectores socialistas contrarios al bolchevismo. Pese a tener el favor de las potencias extranjeras, esto no se tradujo en apoyo claro para el Movimiento Blanco. Además, apenas contó con respaldo popular, lo que acabó por sentenciarlo en el campo de batalla hasta que el grueso del Ejército Blanco fue derrotado a finales de 1920.

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El balance que dejaron la revolución y la guerra civil, sumado al terror blanco y rojo, al hambre y las enfermedades, fue de diez millones de muertos entre 1917 y 1922, incluido el zar y su familia. La victoria en la guerra sirvió para que el nuevo Estado socialista se consolidara, pero el país estaba al borde de la quiebra social y económica. Para afianzar su posición, los bolcheviques reprimieron a quienes se oponían a los ideales revolucionarios.

La Constitución previa y el Tratado de Creación: bases del Estado soviético

En julio de 1918 se aprobó la Constitución soviética, que establecía la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. El documento sentaba las bases políticas y jurídicas de lo que después sería la URSS. Decretaba la dictadura del proletariado como vía para alcanzar el comunismo y el fin de las clases sociales. En paralelo, la revolución bolchevique se había extendido hacia otros confines del antiguo Imperio ruso, sobre todo por el papel del Ejército Rojo. Así, entre 1918 y 1922 se crearon las Repúblicas Socialistas de Bielorrusia, Ucrania y Transcaucasia.

En 1922, las cuatro repúblicas decidieron crear una estructura federal que las englobara: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que el I Congreso de los Sóviets estableció el 30 de diciembre al firmar y aprobar el Tratado de Creación. Esa conformación de la URSS se debió, por un lado, a la necesidad de las repúblicas fundadoras de recuperarse y defenderse. Por otro, al “internacionalismo proletario”, que aspiraba a expandir el sistema socialista. Las ampliaciones no tardaron en llegar y la URSS terminaría compuesta por quince repúblicas: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Estonia, Georgia, Kazajstán, Kirguistán, Letonia, Lituania, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán.

La Unión Soviética en la escena internacional

Tras la muerte de Lenin en 1924, el poder recayó en Iósif Stalin, secretario general del Partido Comunista. Stalin era partidario de la tesis del “socialismo en un solo país”, para fortalecer a la Unión Soviética y solo así poder expandir el pensamiento comunista por el mundo. Bajo su mando, la URSS se convirtió en una superpotencia económica y militar.

En 1939, Stalin firmó un pacto de no agresión con la Alemania de Hitler que también determinaba las áreas de influencia en Europa. Esta relación, abocada al fracaso, se rompería con la invasión nazi a la Unión Soviética. En consecuencia, la URSS se uniría a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial para derrotar a Hitler. Poco después, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentarían durante la segunda mitad del siglo XX como superpotencias en la Guerra Fría. En política exterior, Moscú utilizó la retórica revolucionaria para defender la emancipación de las colonias contra los países europeos y así difundir el socialismo. 

En los años ochenta, sin embargo, la URSS se reveló como un gigante con pies de barro. Pese a las reformas políticas y económicas que impulsó el secretario general del Partido Comunista, Mijaíl Gorbachov, las crisis internas desequilibraron a la superpotencia. El accidente nuclear en Chernóbil, la fallida invasión en Afganistán, la caída del Muro de Berlín y la creciente oposición interna llevaron a la disolución de la URSS en 1991.

Julen Kenk

Madrid, 1999. Graduado en Historia por la Universidad Complutense. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática. Apasionado de las conexiones entre el deporte, la política y la historia.

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