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Una lengua para quince repúblicas: la construcción de la identidad soviética

Una lengua para quince repúblicas: la construcción de la identidad soviética
Monumento "Obrero y koljosiana" en Moscú. Fuente: needpix.

La construcción de una identidad común fue, quizás, el aspecto más revolucionario del proyecto soviético. Sus artífices se enfrentaron a la necesidad de aunar bajo la misma bandera a cientos de pueblos de lenguas y culturas diferentes. Pero con el paso del tiempo el ideal de amistad entre pueblos fue perdiendo fuerza frente a la política de rusificación. La ideología se acabó convirtiendo en el sustrato de la nueva identidad soviética, promovida tanto por la propaganda como por la represión. Así, aunque la Unión Soviética cayó en 1991, el homo sovieticus sigue vivo en el mundo de hoy.

La Unión Soviética realizó su séptimo y último censo poblacional en enero de 1989, que registró como ciudadanos soviéticos a 287 millones de personas, en aquel entonces suponían un 5,5% de la población mundial. Dos años más tarde, la URSS dejó de existir

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En sus siete décadas de vida, la URSS no solo había conformado un Estado superlativo, sino también una identidad y una consciencia común para su población. Lejos de ser un proceso fortuito, la creación del ciudadano soviético fue fruto de un esfuerzo intelectual, político y cultural, e involucró a la religión, la lengua, el deporte, la propaganda y el adoctrinamiento. Incluso la Segunda Guerra Mundial fue convertida en un medio de formación ideológica. La sustitución de la cultura previa precisó de nuevos héroes, dispuestos a todo por el triunfo del comunismo, y villanos, una categoría lo suficientemente amplia para que cualquier sospecha de disidencia se convirtiera en motivo de persecución. Así, el Gobierno soviético construyó un nuevo sistema de valores y un imaginario colectivo a través de ingeniería social.

Del internacionalismo proletario a la autarquía comunista

Las primeras reformas educativas de la joven Unión Soviética se enfrentaban a dos retos: la necesidad de aunar a un pueblo plurinacional y plurilingüe, y las altas tasas de analfabetismo, que era más acusado en zonas rurales y afectaba a más del 60% de la población. La política de likbez, un acrónimo que significa ‘liquidación del analfabetismo’, se lanzó en 1919 para abordar ambos objetivos. La likbez contemplaba la construcción de colegios temporales en los que niños y adultos aprendían ruso o su lengua materna. Para 1927, los centros educativos ya registraron casi cuatro millones de estudiantes matriculados más que en 1914, y la tasa de analfabetismo había bajado al 44%. Aun así, afectaba más a las mujeres que a los hombres, por lo que hubo campañas específicamente dirigidas a la alfabetización de la población femenina.

Poster soviético de 1923: “¡Mujer, aprende a escribir! – Ah, mamá, si supieras leer me podrías ayudar”. Fuente: Biblioteca Estatal de Rusia

En el plano lingüístico, en 1897 el Imperio ruso contaba con más de cien lenguas nacionales, que fueron heredadas por la URSS. El idioma ruso solo era materno para el 44% de la población, mientras que el 26% hablaba lenguas no eslavas —no emparentadas con el ruso—, lo cual dificultaba todavía más la comunicación. No obstante, al principio la diversidad étnica y lingüística no era vista como un obstáculo. El proyecto de identidad compartida no era incompatible con la multiculturalidad porque se basaba en otra variable: la conciencia de clase. En 1917, la igualdad, la soberanía y la confianza mutua fueron citadas en la Declaración de los derechos para los Pueblos de Rusia como pilares de las relaciones entre los pueblos. La declaración fue firmada por el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, Vladímir Lenin, y el comisario del Pueblo de Asuntos de Nacionalidad, Iósif Stalin.

Lenin era contrario a la imposición de un idioma estatal común para todos los territorios. Para él, el ruso era una lengua minoritaria que no podía ser impuesta a la mayoría plurilingüe, pues la propia idea del proletariado internacional era incompatible con la distinción de un grupo lingüístico entre otros. Sin embargo, su sucesor, Stalin, no compartía esta opinión. Tres años después de la muerte del primer dirigente de la Unión Soviética, la estrofa de un poema se convirtió en un lema político: “Aprendería ruso por la simple razón de que era la lengua de Lenin”. Bajo el Gobierno de Stalin, el nombre de Lenin se utilizó para conseguir un objetivo contrario a las creencias que él había expresado en vida: ya no era visto como un líder, sino como un símbolo ideológico.  

No obstante, la lengua rusa no estaba predestinada a convertirse en la base de la enseñanza y del Estado, y tampoco fue la primera opción. Tras la Revolución de Octubre, se barajó usar el esperanto para la comunicación entre los pueblos de la URSS. En un principio, los promotores del “idioma cosmopolita” aceptaron los postulados marxistas como suyos, y hubo avances en su aprendizaje, aunque a un nivel experimental. Sin embargo, las conexiones internacionales y la capacidad comunicativa del esperanto resultaron ser más un obstáculo que una ventaja, y los esperantistas fueron acusados de espionaje a partir de 1936. Por esa época, el régimen ya había comenzado a cerrarse sobre sí mismo: Stalin dio comienzo a la época de las purgas y, con ella, una nueva etapa en la construcción de la identidad soviética. 

Para ampliar: “¿Qué fue del esperanto?”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2016

La lengua rusa se convirtió en una asignatura obligatoria en todas las repúblicas soviéticas en marzo de 1938. El objetivo era conseguir un bilingüismo perfecto en las comunidades que no la hablaban de forma nativa. Para entonces, las aspiraciones de construir un proletariado internacional ya se estaban abandonando en favor de un régimen cada vez más autárquico y menos diverso lingüística y culturalmente. En Asia Central, por ejemplo, el alfabeto árabe fue sustituido por el latino en 1925 y posteriormente por el cirílico en 1938, afectando a cinco idiomas: kazajo, turkmeno, tayiko, uzbeko y kirguiso. 

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El alfabeto cirílico predomina en el espacio postsoviético.

Pero la reforma lingüística más importante tuvo que ver con el ruso, que se adoptó como lengua franca. Este proceso recibió el nombre de rusificación y que se vio favorecido por la Segunda Guerra Mundial, pues el ruso se hizo imprescindible para garantizar la comunicación entre los militares. Pero esta no fue la única reforma en materia lingüística. La rusificación tuvo un éxito rotundo, como demuestra el último censo de la URSS: en 1989, el 82% de los ciudadanos soviéticos declaró que la lengua rusa era su lengua materna o secundaria.

La rusificación frente a los “discapacitados del quinto grupo”

Si la identidad se define como el sentimiento de pertenencia a un grupo diferenciado de los demás, el concepto de identidad nacional significa la concepción de uno mismo como parte de una nación. Pero ¿qué significado tiene la identidad nacional en un Estado plurinacional, como lo era la Unión Soviética? Los pueblos que pasaron de vivir en el Imperio ruso a la URSS no perdieron sus gentilicios propios, a menudo determinados por la lengua materna. Por el contrario, la palabra “soviético” no solo tenía un alcance mayor que las identidades nacionales, sino que funcionaba a otro nivel. Hay que entender la diferencia entre los términos “ciudadanía” y “nacionalidad” en la Unión Soviética. La primera tenía un carácter legal: la ciudadanía soviética figuraba en los documentos personales y dependía de criterios objetivos. La segunda se basaba en la pertenencia étnica y, en ocasiones, en la preferencia individual. Hoy en día, la ley de la mayor parte de exrepúblicas soviéticas define la elección de la nacionalidad como un proceso voluntario y sin consecuencias jurídicas. Pero no era así en la Unión Soviética. 

Para ampliar: “Rusia, el último gran Estado plurinacional europeo”, Abel Gil en El Orden Mundial, 2016

A la edad de dieciséis años, los ciudadanos soviéticos eran obligados a determinar su nacionalidad, que normalmente coincidía con la de sus progenitores y no estaba sujeta a cambios en un futuro. Este dato figuraba en la quinta línea de los documentos de identificación personal. Aunque la amistad entre los pueblos soviéticos estaba enunciada en la ley, no todas las nacionalidades gozaban del mismo estatus en la práctica. Los judíos, los alemanes del Volga, los chechenos, los pueblos bálticos o los tártaros de Crimea eran algunos de los grupos más afectados. Por ejemplo, los judíos tenían restringido el acceso a la universidad. La discriminación era conocida públicamente, hasta tal punto que se hablaba de “discapacitados del quinto grupo”, en referencia a la línea del documento de identificación en la que se enunciaba la nacionalidad y que discapacitaba a ciertos grupos para determinados servicios. De esta forma, dentro de la identidad soviética presuntamente igualitaria, las nacionalidades jugaban un papel importante a la hora de determinar la posición social. La persecución también afectaba a ciertas clases, entre ellos los kulaks, o terratenientes, y a los representantes de la llamada intelligentsia, intelectuales cuya obra cuestionaba los postulados de la URSS.

La rusificación, aunque más patente en el ámbito lingüístico, también afectaba al plano étnico. Tras la Segunda Guerra Mundial, varios pueblos fueron acusados de colaboracionismo con Alemania y deportados a Siberia o a los desiertos de Asia Central. Este fue el destino de los tártaros de Crimea o de los alemanes del Volga. Las condiciones de vida en los campos de trabajo o gulags constituyeron, para muchos, una pena de muerte. La limpieza étnica continuó en forma de hambrunas provocadas, como el Holodomor o ‘asesinato por inanición’, que tuvo lugar en Ucrania en los años treinta. 

Más de cien pueblos eran parte de la Unión Soviética.

En cambio, se fomentó el asentamiento de rusos étnicos en la periferia de la URSS. Una de las estrategias, impulsada en 1933, consistía en la distribución obligatoria de estudiantes universitarios por ciudades de la Unión Soviética, que tenían que pasar tres años en el lugar asignado. De esta forma, la amistad de los pueblos pasaba inevitablemente por la mezcla, y las diferencias entre las nacionalidades se iban desvaneciendo con el paso del tiempo. En el caso de familias mixtas, los jóvenes tenían la posibilidad de elegir la nacionalidad de cualquiera de sus progenitores. En estos casos, la rusa prevalecía muchas veces sobre la nacionalidad minoritaria si se trataba de alguna de las nacionalidades “del quinto grupo”.

Para ampliar: “Los tártaros: un nombre para varios pueblos”, Katia Ovchinnikova en El Orden Mundial, 2019

La ideología como medio y como fin

Para que exista la identidad, es necesaria la autoidentificación. Es por ello por lo que la construcción del pueblo soviético era un proceso eminentemente persuasivo. No bastaba con imponer, sino que era necesario convencer a más de doscientos millones de personas de que pertenecían a un núcleo común; uniformar sus sistemas de valores y erigir al Partido en la autoridad suprema a nivel político, social y moral. Inevitablemente, la ideología se convirtió en la piedra angular del sistema.

Los ciudadanos soviéticos vivían la ideología en cada una de sus etapas vitales y desde los primeros años de la infancia. A partir de los siete años, los niños entraban a formar parte de los Pequeños Octubristas, un grupo que recibió su nombre en honor a la Revolución de 1917. A los nueve años, los octubristas se convertían en pioneros, el segundo nivel del mecanismo de construcción ideológica. Ambas agrupaciones infantojuveniles tenían insignias y rituales propios, a menudo militarizados

Acto de ascenso de octubristas a pioneros, 1981. Fuente: Alexander Liskin

La construcción del imaginario colectivo también se sirvió de la ficción con un doble objetivo: dignificar a la Unión Soviética y modelar las pautas de comportamiento deseadas. Así, Vladímir Lenin se convirtió póstumamente en una figura de referencia para niños y niñas soviéticos. Pero ya no se trataba de un hombre con gorro y perilla, sino de un niño valiente, disciplinado y honesto. Los cuentos sobre el pequeño Lenin, al igual que el resto de la literatura juvenil promovida desde el Partido, enseñaban a los más pequeños los valores y las prioridades del ciudadano soviético. No se trataba de mensajes subliminales, sino de máximas claras y adaptadas a la vida cotidiana sobre, por ejemplo, “qué está bien y qué está mal”.

La literatura no era el único mecanismo de trasmisión de valores. El culto a las personalidades era una forma de encomiar las conductas que favorecían al régimen. Uno de los primeros referentes soviéticos era Pavlik Morozov, un adolescente que había denunciado a su padre ante las autoridades. Las denuncias ciudadanas eran una de las formas más efectivas del control individual durante los años del Gran Terror estalinista de los años treinta, y la historia de Pavlik enseñaba a los más pequeños que la familia no siempre estaba por encima de todo. El patriotismo era otro valor altamente promovido en la enseñanza y literatura infantil. De esta forma, los niños mártires de la Segunda Guerra Mundial —que la URSS llamó Gran Guerra Patriótica— eran citados como ejemplo a seguir por su lucha contra el nazismo. En tiempos de paz, los modelos a seguir eran los Héroes del Trabajo Socialista, premiados por su singular aportación a la industria o a la agricultura, por ejemplo al haber mejorado el proceso de recogida de hojas de té.   

La formación ideológica continuaba en la edad adulta. La etapa siguiente a la de los pioneros era el Komsomol, o Unión Comunista de la Juventud. Aunque la membresía en Komsomol no era obligatoria, sí era necesaria para acceder a la Universidad o al mercado de trabajo. El moldeamiento de la identidad continuaba en el campo de los lemas, deportes, radio y literatura. “Estudiante, haz el máximo esfuerzo”, “Papá, no bebas”, “Camaradas, haced deporte”, “Termina el proyecto antes de la fecha límite” eran algunas de las consignas enunciadas en las pancartas. Los medios de comunicación, la literatura y, más tarde, el cine, contribuían a la construcción del estilo de vida soviético en la vida adulta. 

Pero los esfuerzos individuales tenían que servir a un fin colectivo: la construcción de un pueblo perfecto. En el imaginario soviético, esta perfección solo podía ser alcanzada a través de la uniformidad. La estandarización llegaba a todos los niveles: la educación, el entretenimiento, la ropa, las celebraciones, los programas de radio, los libros e incluso la comida eran iguales a lo largo de la Unión Soviética. El Estado contaba con un mismo sistema de estándares de calidad que especificaba la composición de alimentos, ropa o vehículos para toda la URSS.

A pesar de la autarquía y la cerrazón del régimen soviético, la ideología no negaba la existencia del mundo exterior. Pero la opacidad del telón de acero permitía distorsionar la imagen de los países europeos y, sobre todo, de Estados Unidos, países asociados con el imperialismo y el capitalismo, y fuentes de desempleo y explotación. Con el paso del tiempo, los esfuerzos propagandísticos empezaron a ser insuficientes para hacer frente a la realidad. La muerte de Stalin en 1953 y la posterior política de desestalinización de Nikita Kruschev significaron, entre otras cosas, entre otras cosas, una apertura al turismo: empezaron a llegar viajeros extranjeros a la URSS y progresivamente se fueron levantando los límites legales para que los soviéticos viajaran al extranjero. Junto con las fronteras, la ideología y el telón de acero se volvían cada vez más permeables. En 1985, las reformas de glásnost y perestroika de Mijaíl Gorbachov impulsaron aún más los cambios irreversibles en el imaginario colectivo.  

Para ampliar: El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo, Masha Gessen, 2018

La nostalgia del homo sovieticus

La Unión Soviética dejó de existir en diciembre de 1991. ¿Qué fue entonces de la identidad soviética tan meticulosamente construida? Veinte años antes de la caída de la URSS, el entonces secretario general, Leonid Brézhnev, proclamó que el pueblo soviético era una comunidad histórica nueva. Poco después, el sociólogo Yuri Levada formuló un concepto para describir la identidad de los ciudadanos de la URSS: el homo sovieticus. A pesar de lo que podría pensarse, el significado de homo sovieticus no era definido por la ideología, sino por la conformidad con el régimen y la falta de individualismo

Índice de nostalgia por la URSS entre 2000 y 2017, por tramos de edad. En negro, el promedio. Fuente: Levada Center

Casi treinta años después de la desaparición de la Unión Soviética, la figura de Stalin causa admiración, respeto o simpatía al 40% de los rusos. En 2017, el 58% lamentaba la caída de la URSS, y de entre ellos, una cuarta parte respondía que con la desaparición de la Unión Soviética perdieron la sensación de sentirse como en casa en su propio país. La nostalgia afecta más a quienes vivieron su juventud en los tiempos de la URSS. La Unión Soviética nació hace un siglo y dejó de existir hace tres décadas. Pero el homo sovieticus que se quedó huérfano de Estado en 1991 sobrevivió a sus creadores y pervive en el espacio postsoviético.

Para ampliar: “De moverse dentro de la URSS a migrar en el espacio postsoviético”, Katia Ovchinnikova en El Orden Mundial, 2019

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