Cuando el líder soviético Iósif Stalin preguntó en los años cuarenta “¿cuántas divisiones tiene el papa?”, estaba dando a entender que el poder solo podía medirse en soldados y armamento. Sin embargo, la historia ha demostrado que la influencia del Vaticano sigue reglas muy distintas. Aunque se trata del Estado más pequeño del mundo, con apenas 0,5 km2, y su Ejército apenas cuenta con 135 miembros de la Guardia Suiza, la Santa Sede mantiene una notable capacidad para influir en la política internacional. Su fuerza no reside en el territorio, la economía o el poder militar, sino en la autoridad moral y la influencia espiritual que ejerce sobre los 1.400 millones de fieles católicos que hay en el mundo. Gracias a ello, el Vaticano ha logrado mantener una red diplomática global y convertirse en un interlocutor relevante para Gobiernos y líderes de todo el mundo.
El objetivo principal del Vaticano ha sido siempre extender el catolicismo y mantener el poder de la Iglesia católica, y para ello ha utilizado las herramientas diplomáticas e internacionales que considera más útiles en cada momento. Aunque se suele hablar de “diplomacia vaticana”, en realidad quien la ejerce no es la Ciudad del Vaticano, sino la Santa Sede, que es el sujeto de derecho internacional y la que representa a la Iglesia en el exterior.
La Santa Sede, un actor internacional singular
En términos formales, es la Santa Sede la que acredita a los embajadores extranjeros y a sus propios nuncios, firma tratados internacionales y participa como Estado observador permanente en la Organización de las Naciones Unidas desde 1964. A la cabeza de esta estructura se sitúa el papa, que concentra el poder legislativo, ejecutivo y judicial. Su aparato diplomático funciona mediante nunciaturas apostólicas que funcionan como embajadas. El Congreso de Viena de 1815 fijó el rango diplomático de los nuncios, equiparándolos en la práctica a los embajadores. La cantidad de nuncios ha experimentado una notable expansión, llegando a los 184 países en la actualidad. Las excepciones son países de tradición musulmana como Afganistán o Somalia, así como regímenes de partido único como China o Corea del Norte, con los que la Santa Sede aún no ha logrado establecer relaciones diplomáticas plenas.
Sin embargo, la principal fortaleza vaticana no reside en sus nunciaturas sino en las parroquias y organizaciones locales repartidas por todo el mundo. Están en zonas de guerra de Burkina Faso, en favelas en Brasil o en zonas rurales de Nepal. La organización territorial de la Iglesia, estructurada en parroquias locales, diócesis y provincias eclesiásticas, con el Vaticano a la cabeza, permite una comunicación vertical eficaz hacia la Santa Sede. Esta presencia le permite seguir de cerca algunos de los principales focos de inestabilidad del mundo, desde los conflictos que afectan a la región africana de los Grandes Lagos hasta la guerra civil en Myanmar. Gracias a esta información sobre el terreno, la Santa Sede puede detectar cambios y tensiones que tendrán relevancia internacional.
Durante los últimos doscientos años, la acción internacional de la Santa Sede se ha apoyado en gran medida en la doctrina social de la Iglesia. Con el papa León XIV, de formación agustiniana, este corpus teórico se ha reformado con ideas de obras como La ciudad de Dios, de san Agustín, reforzando una visión internacional centrada en el bien común. En esta línea, y como recoge su encíclica Magnifica humanitas, el Vaticano defiende un orden internacional basado en la cooperación entre Estados, el respeto a los derechos humanos y el multilateralismo. Frente a lo que denomina como “imperios depredadores” y la “diplomacia de la fuerza”, la Santa Sede apuesta por el diálogo y la mediación como principales herramientas para gestionar las tensiones geopolíticas actuales.
Mediación, viajes y poder moral
Más allá del esfuerzo del Vaticano en las últimas décadas por reforzar su carácter mediador y su autoridad moral, el objetivo que mueve a la diplomacia vaticana es asegurar la continuidad y supervivencia de la Iglesia católica. Tras la Primera Guerra Mundial, el auge de los totalitarismos llevó a la Santa Sede a una posición delicada. Ante la amenaza del comunismo soviético, percibido como una fuerza hostil a la religión, optó por asegurar su prevalencia mediante acuerdos con regímenes autoritarios. De esta etapa surgieron acuerdos como los Pactos de Letrán, con la Italia fascista de Mussolini, o el Reichskonkordat con la Alemania nazi en 1933. Aunque buscaban garantizar la protección de las escuelas católicas y fieles, estos acuerdos reforzaron la legitimidad internacional de esos regímenes.
El elevado coste moral de esta estrategia impulsó una revisión profunda del papel internacional de la Iglesia. Este cambio se consolidó con el Concilio Vaticano II en los años sesenta, que pasó a priorizar la mediación y la cooperación internacional en lugar de estrategias más pragmáticas, buscando adaptarse al mundo moderno. Pablo VI fue el primer pontífice en proyectar esta nueva etapa a nivel global y se convirtió, en 1964, en el primer papa en dirigirse a la ONU con el lema “nunca más a la guerra”.
Un año antes, la Santa Sede ya había actuado como mediador indirecto en la crisis de los misiles de Cuba. Más de medio siglo después, Cuba volvió al centro de la acción vaticana con la mediación del papa Francisco entre la isla y Estados Unidos, contribuyendo al intercambio de prisioneros y a la posterior reapertura de las relaciones diplomáticas.
En la actualidad, los esfuerzos diplomáticos del Vaticano han girado hacia Oriente Próximo. Ante la masacre israelí en Gaza, el papa Francisco adoptó una postura muy crítica, manteniendo contacto diario con una parroquia católica en la Franja como gesto de apoyo a la población civil palestina. Su sucesor, León XIV, ha mantenido esta línea, defendiendo la solución de los dos Estados y denunciando la violencia de colonos en Cisjordania. Además, y a pesar de ser el primer papa estadounidense, León XIV ha tomado distancia de la Casa Blanca, criticando su agenda xenófoba y las deportaciones masivas. La tensión se evidenció cuando rechazó una invitación oficial del vicepresidente J. D. Vance para el 250º aniversario de la independencia, optando en su lugar por viajar a la isla mediterránea de Lampedusa para visibilizar la crisis migratoria.
De hecho, los viajes papales constituyen otro de sus principales instrumentos de influencia. Más allá de su dimensión religiosa, estas visitas atraen la atención internacional hacia determinados países y problemas. Investigaciones recientes señalan que pueden tener efectos incluso antes de celebrarse ya que la llegada del pontífice aumenta la exposición mediática y eleva el coste reputacional para los Gobiernos. Por eso, algunos Estados han mejorado la protección de los derechos humanos en los meses previos a la visita. Juan Pablo II convirtió esta herramienta en una de las señas de identidad de su pontificado, visitando 128 países.
En las últimas décadas, el Vaticano también ha prestado cada vez más atención a regiones alejadas de los grandes centros de poder. Francisco orientó muchos de sus viajes hacia países afectados por conflictos, pobreza o fracturas sociales, como Colombia, Sudán del Sur o República Centroafricana. También impulsó el diálogo entre religiones, con iniciativas como la Declaración sobre la Fraternidad Humana firmada en Abu Dabi en 2019 o su histórico encuentro con el líder chií Alí al Sistani en Irak dos años más tarde.
León XIV ha heredado esta estrategia y la ha adaptado a algunos de los grandes desafíos actuales, como las migraciones o el extremismo violento. Sus visitas a Turquía, Líbano y varios países africanos han buscado apoyar procesos de estabilidad y convivencia. Su próximo viaje a España en 2026 incluirá una parada en Canarias, por su condición de frontera sur europea ante la emergencia migratoria.






