Dos siglos de relaciones

España y el Vaticano: una historia de pecados liberales, fracaso laico y curas rojos en el franquismo

De la Restauración a las intentonas secularizadoras, pasando por los concordatos y la vuelta de la democracia en 1978 tras la dictadura nacionalcatólica, las relaciones entre Madrid y la Santa Sede han fluctuado con el momento político que atravesaba el país
Política y eleccionesEuropa
España y el Vaticano: una historia de pecados liberales, fracaso laico y curas rojos en el franquismo
El dictador Francisco Franco junto a Leopoldo Eijo Garay, obispo de Madrid-Alcalá. 1941

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

Durante los últimos dos siglos y medio, las relaciones entre España y la Santa Sede han sido tan estrechas como complejas. Cualquier medida laicista generaba en el siglo XIX y el XX —y ha generado aún en el XXI— un terremoto social en un país en que el número y el poder de los católicos ha provocado una pujanza proporcional del anticlericalismo. Y una relación de odio y enfrentamiento es, también, una relación estrecha. Pero la relación Iglesia/Estado también ha sido compleja, y nunca se ha podido reducir a una pugna sin matices entre la reacción eclesial y la modernidad liberal. Ni la comunión entre Madrid y el Vaticano ha sido total en los momentos nacionalcatólicos en que lo parecía, ni la Iglesia rompió nunca todos los puentes en las etapas secularizadoras.
Siglo XIX: el liberalismo es pecado… Ma non troppo
Para los católicos del siglo XIX, el liberalismo era pecado, debía serlo. Así se tituló un exitosísimo opúsculo de 1884 escrito por Félix Sardà y Salvany: El liberalismo es pecado. Se apoyaba en el Syllabus, la encíclica antiliberal de 1864 del papa Pío IX. El fundamentalismo católico gozaba de buena salud en una España, la de la Restauración, que había nacido derrotando a los demócratas y republicanos del Sexenio Revolucionario, pero también a los requetés de la tercera guerra carlista. Los absolutistas no volverían a empuñar las armas en defensa del ideal “Dios, Patria y Rey” hasta 1936, pero no habían perdido una fuerza ahora social, política y parlamentaria. Y luego estaban los integristas, escisión del propio carlismo, que se desentendía de la disputa dinástica para movilizarse solo en pos de la religiosa.
El liberalismo era pecado y lo era en concreto la Restauración, régimen conservador, pero cuya Constitución de 1876 rehusó imponer la unidad católica. La libertad de cultos que promulgaba era tímida, pero eso no la salvaba a ojos de quienes consideraban apocalíptica toda claudicación: “Ni en los horribles días de la irrupción agarena [musulmana] […] se...

Si quieres seguir leyendo este artículo, suscríbete a EOM. Lo que pasa en el mundo te afecta; comprenderlo es más necesario que nunca.

Suscríbete por solo 6€ al mes

Pablo Batalla Cueto

Gijón, 1987. Licenciado en Historia, corrector de estilo, traductor y ensayista. Autor de cinco ensayos, el último de ellos Yo podría haber sido Fidel Castro (2024). Colabora con medios como Público, La Marea, Jot Down o Nortes y coordina la revista cultural digital El Cuaderno.