Durante los últimos dos siglos y medio, las relaciones entre España y la Santa Sede han sido tan estrechas como complejas. Cualquier medida laicista generaba en el siglo XIX y el XX —y ha generado aún en el XXI— un terremoto social en un país en que el número y el poder de los católicos ha provocado una pujanza proporcional del anticlericalismo. Y una relación de odio y enfrentamiento es, también, una relación estrecha. Pero la relación Iglesia/Estado también ha sido compleja, y nunca se ha podido reducir a una pugna sin matices entre la reacción eclesial y la modernidad liberal. Ni la comunión entre Madrid y el Vaticano ha sido total en los momentos nacionalcatólicos en que lo parecía, ni la Iglesia rompió nunca todos los puentes en las etapas secularizadoras.
Siglo XIX: el liberalismo es pecado… Ma non troppo
Para los católicos del siglo XIX, el liberalismo era pecado, debía serlo. Así se tituló un exitosísimo opúsculo de 1884 escrito por Félix Sardà y Salvany: El liberalismo es pecado. Se apoyaba en el Syllabus, la encíclica antiliberal de 1864 del papa Pío IX. El fundamentalismo católico gozaba de buena salud en una España, la de la Restauración, que había nacido derrotando a los demócratas y republicanos del Sexenio Revolucionario, pero también a los requetés de la tercera guerra carlista. Los absolutistas no volverían a empuñar las armas en defensa del ideal “Dios, Patria y Rey” hasta 1936, pero no habían perdido una fuerza ahora social, política y parlamentaria. Y luego estaban los integristas, escisión del propio carlismo, que se desentendía de la disputa dinástica para movilizarse solo en pos de la religiosa.
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