Como Hitler en Alemania, Vladímir Putin llegó al poder en una Rusia inestable y postrada. Si el Tratado de Versalles y los fracasos de la República de Weimar habían engendrado el nazismo, la crisis postsoviética fue el caldo de cultivo para el ascenso del presidente ruso. Entre 1919 y 1933, Alemania sufrió dos grandes crisis económicas, intentos de golpes de Estado, revoluciones fallidas y la humillación constante de los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Tras la debacle económica de 1929, gran parte de los alemanes vieron la solución a estos problemas en el liderazgo del führer.
Rusia vivió una crisis comparable en los años noventa. En cuestión de meses, la Unión Soviética, antaño una gran superpotencia, había desaparecido, dividida en quince países independientes. El PIB ruso se contrajo un 40% y hubo un intento de golpe de Estado en 1993, mientras la corrupción y el crimen organizado se adueñaban del país y la región de Chechenia declaraba su independencia. Putin, para quien la caída soviética había sido una “tragedia”, fue entonces elegido para liderar el destino del país con el objetivo de restablecer el orden interno y recuperar el estatus ruso en el mundo.
La “terapia de choque” para la nueva Rusia
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