Estados Unidos ya busca retirarse de Irán. La guerra iniciada junto con Israel el pasado 28 de febrero se ha extendido por Oriente Próximo, afectando a los Estados del Golfo, Líbano y a la economía global, pero aún lejos del cambio de régimen que busca Washington. La Administración Trump se ha adentrado en un conflicto marcado por errores de cálculo, especialmente sobre la dimensión de la respuesta iraní y la capacidad de resistencia del régimen, y sin una estrategia de salida clara. La operación se lanzó aprovechando una supuesta ventana de oportunidad, pero sin anticipar un alargamiento del conflicto.
Por mucho que el presidente estadounidense proclame una victoria, la operación está lejos de serlo para Washington. Para Israel puede ser un éxito militar al ir eliminando a la cúpula del régimen, degradando sus capacidades y alterando el equilibrio regional a su favor. Mientras tanto, Estados Unidos se queda solo, con divisiones internas reactivadas y frente a un régimen iraní que no sólo ha resistido, sino que emerge más cohesionado y radicalizado, alejando cualquier posibilidad de un acuerdo nuclear entre los dos países.
En cinco claves:
- Estados Unidos calculó mal el alcance de los ataques aéreos como para derrocar al régimen iraní
- La guerra también aleja toda posibilidad de un acuerdo nuclear
- Al mismo tiempo, Donald Trump cruzó sus líneas rojas al meter al país en otro conflicto
- De paso, defraudó a las monarquías del Golfo, que desconfían de la desprotección estadounidense
- Washington no tendrá fácil retirarse, ya que las respuestas de Irán en la región le obligarán a seguir
Un desajuste entre la operación y las expectativas
La intervención estadounidense en Irán estaba condenada al fracaso desde el principio por un desajuste completo entre las expectativas y la propia operación. Desde que comenzaron las protestas populares a comienzos de año, el presidente Donald Trump fue elevando sus objetivos: primero sugirió que la intervención sería en defensa del pueblo iraní, luego apuntó a neutralizar una supuesta amenaza nuclear inminente y, finalmente, dejó implícito que el éxito pasaba por un cambio de régimen.
Sin embargo, esta meta maximalista es compleja en un régimen iraní tan cohesionado. Incluso habiendo descabezado al régimen con la muerte del líder supremo Alí Jamenei y gran parte de la cúpula política y militar, la estructura del sistema iraní permanece intacta. El nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, además de ser hijo del anterior pertenece al ala dura vinculada a la Guardia Revolucionaria. Aunque carece de la autoridad religiosa de su padre, es un símbolo de la continuidad del régimen frente a la agresión. Es un perfil que aleja cualquier opción de apertura y consolida una línea más dura frente a Washington.
La meta de derrocar al régimen también es incompatible con el tipo de intervención: una campaña de ataques aéreos. Como demostraron las guerras de Vietnam, Irak o Afganistán, el poder aéreo por sí solo no genera cambios de régimen; su función es abrir una ventana de oportunidad que requiere de tropas sobre el terreno o de un actor interno capaz de capitalizar el vacío de poder. Sin embargo, Washington no está dispuesto a ese despliegue, y en Irán no existe una oposición organizada ni una revuelta social capaz de superar el sistema represor y aprovechar la ofensiva estadounidense. Esta carencia, que sí era previsible, condena a Trump a una intervención estancada que ha desbordado las previsiones de la Casa Blanca.
Para que el ataque aéreo hubiera desencadenado la caída del régimen iraní, el contexto interno tendría que haber sido distinto, más parecido al venezolano. El secuestro de Nicolás Maduro logró que el oficialismo civil se plegara a Washington y forzara al ala represora a aceptar un aperturismo pactado con la entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez. Esa figura pragmática no existe en Irán, donde el antiamericanismo forma parte del ADN de la República Islámica. En ese sistema, la Guardia Revolucionaria no es sólo el ejército protector del régimen, sino que también tiene influencia política y controla sectores económicos.
Trump ha actuado sin un plan claro para derrocar al régimen iraní, confiando decisiones críticas a un círculo reducido de asesores que no lo contradicen y sin experiencia en conflictos. Además, al eludir el Congreso y marginar a los aliados de Europa y Asia, la Casa Blanca se ha quedado sola en una intervención que ni siquiera ha logrado justificar internamente, con una comunicación plagada de contradicciones y bandazos.
La situación actual es fruto de un grave error de cálculo: Trump ha priorizado aprovechar la debilidad del régimen iraní para hacer una demostración de fuerza, apoyando a Israel, y ha destruido capacidades clave de la República Islámica. El a priori éxito militar no se traducirá sin embargo en una victoria política. Si Irán ha sufrido, en palabras de Estados Unidos, el “mayor golpe” y aun así su régimen resiste, ese segundo mensaje es más potente que cualquier declaración que intente atribuir la victoria a Washington.
Trump ha cruzado sus líneas rojas
La intervención estadounidense también ha vuelto a evidenciar el incumplimiento de las principales promesas electorales de Trump: mejorar la economía y evitar inmiscuir a Estados Unidos en conflictos en el extranjero. El movimiento MAGA (Make America Great Again) del presidente estadounidense tiene como lema America first, que defiende que Estados Unidos debe centrarse en sus problemas internos y evitar guerras lejanas que drenan recursos y debilitan la economía nacional. De hecho, tanto la oposición a los conflictos en el extranjero como la preocupación por la economía son sentimientos generalizados.
Trump esperaba un éxito rápido que disipara las dudas, pero su prolongación ya tiene impactos económicos. El precio de la gasolina en Estados Unidos superó el 16 de marzo los 3,7 dólares por galón, su nivel más alto en veintiún meses, después de que el estrecho de Ormuz, vía por la que transita el 20% del petróleo mundial, se cerrara al paso internacional. Aunque lejos de los casi seis dólares por galón que se alcanzaron en algunos estados durante la presidencia de Joe Biden, el problema para Trump es doble. Por un lado, perjudica el bolsillo de una ciudadanía estadounidense especialmente atenta al coste de la vida. Por otro, incumple la promesa electoral de entrar en conflictos y la de reducir los costes energéticos.
La intervención estadounidense también ha acentuado las divisiones en el movimiento MAGA. Cada vez más voces critican la agenda exterior de Trump en Oriente Próximo. Entre ellas el comentarista ultraconservador Tucker Carlson, un apoyo mediático del presidente, que incluso ha afirmado en televisión que esta es “la guerra de Israel, no la de Estados Unidos”. Esta crítica ya había empezado a tomar forma durante los bombardeos a las instalaciones nucleares iraníes en apoyo a Israel en junio del año pasado. Figuras del ala más nacionalista del movimiento como Steve Bannon, exasesor de Trump, empezaron a cuestionar una alianza con Israel que consideran incompatible con ese principio de America first.
Estas divisiones llegan en un momento político delicado. Con las elecciones de medio mandato en noviembre, los republicanos buscan mantener el control del Congreso, algo históricamente difícil para el partido del presidente. A ello se suma el descontento en la propia Administración Trump. El pasado martes, el director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, dimitió señalando la presión israelí para entrar en la guerra y cuestionando los beneficios para Estados Unidos. En la misma carta, apunta que Irán no representaba una amenaza para la seguridad nacional. Kent es el primer alto cargo estadounidense que dimite por este conflicto, poniendo de manifiesto aún más que fue un ataque poco meditado.
Estados Unidos ha defraudado a sus socios regionales
Trump tampoco midió las consecuencias regionales del ataque. Ha descuidado a sus aliados y subestimado la respuesta de Irán, llegando a afirmar que “nadie había previsto” que atacara a sus vecinos del golfo Pérsico. Sin embargo, el propio régimen iraní avisó de que habría repercusiones regionales y las fuentes oficiales han confirmado que el presidente estaba al tanto de un posible contraataque.
La escalada ha generado un dilema estratégico en los países del Golfo, con los que Trump había cultivado relaciones personales y asegurado inversiones multimillonarias. Estos aliados no esperaban verse envueltos en un conflicto que pone en riesgo su economía, basada en un statu quo de seguridad que sostiene sus negocios internacionales. Además, la escalada les pilló por sorpresa: no fueron notificados hasta que Irán los atacó, pese a ser los principales impulsores de las negociaciones entre Teherán y Estados Unidos.
Desde el inicio de la operación, los aeropuertos de Dubái o Abu Dabi, hubs internacionales, han tenido que cerrar temporalmente, e Irán ha bombardeado instalaciones energéticas, tecnológicas e incluso centros de datos de Amazon en Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Trump también había pactado la construcción de dos “Torres Trump” en Arabia Saudí, otra en Dubái y un mega resort con campo de golf en Catar. Todas estas inversiones estratégicas, comerciales y personales corren riesgo de desmoronarse. Irán ya ha avisado que las compañías tecnológicas estadounidenses en la región son objetivos si continúa la agresión.
Así, las monarquías del Golfo perciben que Estados Unidos no tuvo en cuenta su seguridad y priorizó los intereses de Israel frente a los suyos. Al mismo tiempo, la escalada ha puesto en evidencia los límites de la capacidad estadounidense para proteger a sus socios. Con Trump hablando cada vez más de finalizar el conflicto, los Estados del Golfo empiezan a asumir que, en el futuro cercano, tendrán que encargarse de su seguridad frente a un Irán radicalizado y un Israel decidido a continuar su campaña en el Líbano. En este contexto, algunos países podrían replantear sus alianzas o acercarse a Teherán: Omán, por ejemplo, ya ha felicitado al nuevo líder supremo iraní, abriendo la puerta a una posible reconfiguración regional.
Adiós al acuerdo nuclear
Otro argumento esgrimido desde Washington para volver a atacar era neutralizar la amenaza nuclear iraní. En los días previos al ataque, el enviado especial estadounidense, Steve Witkoff, sugería que Irán estaba a “semanas” de obtener la bomba nuclear, a pesar de que la propia Administración había defendido que los bombardeos del pasado junio —centrados en la infraestructura nuclear— habían sido un éxito. Más allá del discurso político, no existe confirmación concluyente de que Irán hubiera retomado el enriquecimiento a niveles críticos ni de que su programa nuclear supusiera una amenaza inminente para Estados Unidos.
De hecho, antes de la guerra de este año, las negociaciones avanzaban en términos favorables para Washington. Según las informaciones sobre la propuesta presentada por Irán el 26 de febrero, Teherán estaba dispuesto a reducir a cero el almacenamiento de uranio enriquecido, pausar durante varios años el enriquecimiento y, posteriormente, retomarlo con fines civiles para abastecer sus reactores. Además, aceptaba una supervisión amplia por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y se plantearía reducir el uranio enriquecido al 60% a niveles más bajos, lejos del 90% necesario para uso militar.
La propuesta iraní no cumplía las exigencias maximalistas de la Casa Blanca —enriquecimiento cero, desmantelamiento de instalaciones y retirada del material nuclear del país—, pero sí reflejaba flexibilidad. Además, era una oferta inicial en un proceso negociador que iba a continuar. Como señaló en Al Jazeera Trita Parsi, exasesor de la Administración Obama y uno de los analistas más influyentes en Washington sobre Irán, la propuesta planteada ya suponía una mejora respecto al acuerdo de 2015, que limitaba el almacenamiento a trescientos kilos de uranio enriquecido. Trump tenía así la oportunidad de lograr un acuerdo más ambicioso que el que él mismo había rechazado por insuficiente, y apuntarse una victoria.
De hecho, el abandono del acuerdo nuclear en 2018, durante su primer mandato, tuvo como consecuencia la expansión del programa nuclear iraní, que se acercó progresivamente a la capacidad de producir material militar. Aunque en este segundo mandato tenía la oportunidad de lograr un nuevo acuerdo nuclear, Washington endureció su postura durante las negociaciones, adoptando la línea israelí del enriquecimiento cero en lugar del objetivo tradicional estadounidense de evitar la militarización del programa. Esa exigencia hacía cualquier acuerdo inviable. Para Irán, el enriquecimiento civil es una línea roja vinculada a su soberanía energética, más aún bajo un régimen de sanciones que no mostraba indicios de relajarse.
Trump pudo haber logrado una victoria diplomática más ambiciosa que la de Barack Obama y firmar un nuevo acuerdo nuclear que vender en casa. Sin embargo, al elevar sus exigencias y dinamitar el marco negociador, ha pasado de tener un potencial acuerdo más ventajoso a no tener ninguno. Con los canales de diálogo cerrados y bajo presión militar, el régimen iraní tiene ahora más incentivos para avanzar hacia la bomba como garantía última de seguridad. Es, además, una enseñanza para otros países: la negociación nuclear no impide un ataque con la misma eficacia que poseer el armamento. En ese sentido, el fracaso de la vía diplomática con Irán genera un mundo más inseguro, con más Estados tentados a la proliferación.
Retirarse de Irán no será fácil ni dependerá de Trump
La guerra en Irán no le dejará ningún éxito político a Trump. Una retirada acompañada de un golpe de efecto en otro frente, como Cuba, podría limitar daños de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre. Sin embargo, Estados Unidos no controla el ritmo del conflicto. De hecho, los errores que han marcado su intervención también complicarán su salida. La escalada ha tensionado el entorno regional y ha atrapado a Washington en una dinámica de respuesta constante: si Trump decide retirarse pero Irán continúa atacando bases o aliados, no puede permitirse no responder. Teherán juega ahora con ventaja. Su estrategia de guerra asimétrica le permite perder en el plano militar pero ganar en el político: basta con resistir, generar inseguridad y lograr impactos puntuales. Es la lógica de “ganar perdiendo” ya vista en Irak o Afganistán.
Por otra parte, la relación de Estados Unidos con Israel atraviesa todos los errores de esta intervención. La sensación de que la guerra en Irán es de Tel Aviv y no de Washington crece entre los estadounidenses. Trump incluso ha condenado un ataque israelí contra un yacimiento de gas iraní cercano a Catar, que ha provocado represalias contra la infraestructura energética catarí, una línea roja de Washington. Con Israel decidido a continuar, retirarse implica asumir el coste de haber entrado en una guerra ajena; quedarse, el de prolongar un conflicto sin apoyo claro ni objetivos alcanzables. Al mismo tiempo, el recurso a actores indirectos —como grupos kurdos en la frontera con Irak o fuerzas de Siria contra Hezbolá en Líbano— ha tensionado las relaciones con Turquía y el Golfo, ampliando el riesgo de desestabilización regional.
En este contexto, ni la ocupación, ni la invasión, ni la guerra a través de terceros ofrecen una salida viable. La única vía realista es una desescalada negociada en la que ambas partes puedan declarar una victoria parcial. Sin embargo, incluso ese escenario evidencia el problema de fondo. El único actor claramente beneficiado con la guerra es Israel, que no buscaba necesariamente un cambio de régimen, sino arrastrar a Estados Unidos a un conflicto para debilitar el régimen iraní y reforzar su propia posición regional.




Parece que van algunos barcos con miles de marines a la zona.
Es decir, aun puede empeorar mucho mas.
Un poco pronto para concluir que Trump ha perdido la guerra. No se hacen tortillas sin romper huevos. Quizás el actual no sea el mejor escenario esperado pero casi todo lo que está sucediendo era previsible. Como notas clave señalaría:
– Los países del golfo no están reaccionando como esperaba Irán
– La cúpula de poder es continuamente descabezada y la élite debe permanecer escondida para no ser eliminada.
– El aire es completamente dominado por IL-USA, que poco a poco van minando la fuerza iraní
– No hay prácticamente fuerzas de tierra, salvo la pequeña que va en camino, lo que indica que en ningún momento ha sido previsto un escenario terrestre a corto plazo.
– Efectivamente las potencillas europeas se han desmarcado o lo parece. Tampoco parece muy coherente lo que dicen con los hechos reales lo que puede ser más una postura algo revanchista con la política de USA en Ucrania.
– Por último ninguna potencia está dando la cara realmente con Irán. China y Rusia ni están ni las esperan. La han abandonado a su suerte…para que vayan tomando nota los ayatolás.