El régimen iraní difícilmente va a caer y Benjamín Netanyahu lo sabe. El objetivo de Israel y del primer ministro con la guerra no es una transición democrática o un vecindario pacífico: es el fracaso del Estado iraní, su colapso interno. Por eso atacan no sólo a la cúpula política de la República Islámica, sino también puntos clave del tejido social iraní, como escuelas, hospitales o centros deportivos. Es un modus operandi que Israel ha ido perfeccionando y que, más allá de la alianza con Estados Unidos o de un plan de acción contra Irán, es el reflejo de una estrategia que permea la política exterior israelí en Oriente Próximo.
Desde que empezó la ofensiva en la Franja de Gaza en octubre de 2023, Israel ha encadenado ciclos de conflicto por toda la región. Mientras libraba su guerra contra Hamás, abrió otro frente contra el partido y milicia Hezbolá en Líbano, atacó a Irán, bombardeó Yemen y amplió su ocupación de los Altos del Golán en Siria al ritmo de ataques aéreos tras la caída de Bashar al Asad. Todos estos golpes, en principio para “solucionar” un problema de seguridad, han creado puntos calientes sin desactivar la raíz de la amenaza.
Esto último también es intencional. Y es que más que una victoria total, Israel busca una serie de logros militares para diezmar y desestabilizar, garantizando periodos de calma en la frontera para volver a atacar. La guerra contra Irán junto a Estados Unidos es el ejemplo a gran escala de esta estrategia: mantenerse como policía y bastión de Occidente en un Oriente Próximo marcado por el caos y el fracaso estatal.
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