Israel no quiere cambiar el régimen de Irán. Sólo generar caos regional

El Estado israelí lleva décadas debilitando a sus enemigos sin eliminarlos. En el fondo hay una idea enraizada de que vive bajo amenaza constante y que justifica nuevos ataques para imponerse a largo plazo. La actual guerra en Irán es un nuevo ejemplo: su fin será sólo una calma temporal
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Israel no quiere cambiar el régimen de Irán. Sólo generar caos regional
El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, en un discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de 2024. | CHARLY TRIBALLEAU - AFP

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El régimen iraní difícilmente va a caer y Benjamín Netanyahu lo sabe. El objetivo de Israel y del primer ministro con la guerra no es una transición democrática o un vecindario pacífico: es el fracaso del Estado iraní, su colapso interno. Por eso atacan no sólo a la cúpula política de la República Islámica, sino también puntos clave del tejido social iraní, como escuelas, hospitales o centros deportivos. Es un modus operandi que Israel ha ido perfeccionando y que, más allá de la alianza con Estados Unidos o de un plan de acción contra Irán, es el reflejo de una estrategia que permea la política exterior israelí en Oriente Próximo.

Desde que empezó la ofensiva en la Franja de Gaza en octubre de 2023, Israel ha encadenado ciclos de conflicto por toda la región. Mientras libraba su guerra contra Hamás, abrió otro frente contra el partido y milicia Hezbolá en Líbano, atacó a Irán, bombardeó Yemen y amplió su ocupación de los Altos del Golán en Siria al ritmo de ataques aéreos tras la caída de Bashar al Asad. Todos estos golpes, en principio para “solucionar” un problema de seguridad, han creado puntos calientes sin desactivar la raíz de la amenaza.

Esto último también es intencional. Y es que más que una victoria total, Israel busca una serie de logros militares para diezmar y desestabilizar, garantizando periodos de calma en la frontera para volver a atacar. La guerra contra Irán junto a Estados Unidos es el ejemplo a gran escala de esta estrategia: mantenerse como policía y bastión de Occidente en un Oriente Próximo marcado por el caos y el fracaso estatal.

Israel necesita un enemigo

El discurso que repiten desde Netanyahu hasta ministros más conservadores como el de Defensa, Israel Katz, o el de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, se construye sobre la misma idea: Israel está rodeado de un vecindario hostil y bárbaro que amenaza para su existencia. Por tanto, el Estado hebreo tiene derecho a defenderse, incluso de manera preventiva. Esa ha sido la retórica para justificar la guerra en Irán, apelando tanto al peligro que supone el régimen como a su programa nuclear, y para la ofensiva en Gaza.

Pero esta idea no empezó con Irán ni con los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023. Tiene sus raíces en el sionismo de las décadas previas a la proclamación del Estado de Israel en 1948 y lleva dando forma a su política exterior desde entonces. Tanto el primer jefe de Gobierno de Israel, David Ben Gurión, como sus coetáneos más conservadores, como el pensador Zeev Jabotinksy, ya concibieron la doctrina de seguridad israelí sobre esa idea de amenaza existencial constante. De hecho, Netanyahu abraza la corriente radical de Jabotinsky, que abogaba por la necesidad de un “muro de hierro” contra los árabes. Es decir, hacer de Israel una potencia militar que no ceda ante ninguna presión, abandonando cualquier acuerdo voluntario.

Desde esa perspectiva, los dirigentes israelíes han sido conscientes de que la fuerza militar no traería una paz perpetua con sus vecinos, ni mucho menos un acuerdo con los palestinos. Pero sí podía crear la disuasión suficiente como para alargar el tiempo entre las oleadas de violencia hasta que fuese imposible cuestionar la permanencia de Israel. Hoy en día, Hamás, Hezbolá o Irán siguen oponiéndose a la existencia israelí, pero ya es una realidad asentada y, por tanto, la desaparición del proyecto sionista es irrealizable.

Con todo, esta idea de amenaza constante sigue beneficiando a Israel a nivel identitario, militar e incluso tecnológico, ya que las guerras son el laboratorio de esta industria. De esta manera, la pax israeliana no tiene tanto de paz sino de enemigo y guerra constante. Más que ir encaminada a estabilizar Oriente Próximo, busca presentar a Israel como el Estado estable en una región inestable o en ruinas. De ahí, por ejemplo, su postura con Siria. Contra el régimen de Al Asad, la retórica y política del Gobierno israelí fue belicista. Y aunque el nuevo Gobierno sirio le tendió la mano, Israel optó por seguir ampliando su ocupación en los Altos del Golán, bombardeando Damasco, y armando a etnias como los drusos. Su objetivo, en el fondo, es favorecer conflictos étnicos y dinamitar las posibilidades de unidad nacional.

Al mismo tiempo, la idea de amenaza y la política belicista es la mayor baza de Netanyahu para seguir en el poder. Mientras el shock del 7 de octubre y la guerra que le siguió desataron protestas contra el primer ministro, quien está a la espera de un juicio por corrupción, el conflicto en Irán, percibido como un enemigo existencial, ha aumentado el apoyo a su figura. Según una encuesta reciente, el 93% de los judíos israelíes apoyan la operación contra Irán y el 74% confía en que Netanyahu gestionará bien la guerra.

Netanyahu ha aprovechado la amenaza exterior para consolidar su autoridad, entrelazando su causa con la seguridad de Israel. De hecho, ha pedido acabar con el juicio en su contra. De ese modo, con el primer ministro basando su permanencia en victorias militares, Israel seguirá abriendo frentes para salir triunfante. Versiones a distintas escalas de su propia guerra de los Seis Días de 1967 contra los vecinos árabes, una guerra de la que Israel salió victorioso y que desencadenó, en palabras del intelectual israelí Yeshayahu Leibowitz, un sentimiento de “orgullo nacional y euforia” que favoreció posturas más extremistas.

“Cortar el césped”

Lejos de ser una premisa abstracta, esta visión se ha traducido en acciones militares recurrentes y en discursos políticos que las justifican. El propio Netanyahu, tras referirse a sus vecinos como una “amenaza existencial”, subrayó el pasado febrero la postura del país: “Tomamos medidas preventivas contra el mal. Y actuaremos una y otra vez para neutralizar los riesgos en la región, según sea necesario”. Ahí está el truco: Israel no busca erradicar, sino poner en pausa el peligro hasta la siguiente oleada de violencia. 

Es la estrategia de “cortar el césped”. Bautizada en 2013 por el experto en doctrina estratégica israelí Efraim Inbar y el antiguo jefe de Doctrina de Seguridad Nacional israelí Eitan Shamir, consiste en dañar recurrentemente cualquier amenaza al statu quo israelí, sin eliminarla. Debilitar al enemigo cada cierto tiempo, para que la amenaza persista y así volver atacar de manera preventiva o en respuesta a otro ataque. 

Si bien Israel ha librado guerras contra los países árabes que no casan del todo con este enfoque, como las de 1948 o 1967, buena parte de sus conflictos desde los años ochenta han tenido de fondo este objetivo estratégico. En particular, es la doctrina que se ha aplicado en Palestina para evitar la estabilidad y unidad de un interlocutor fuerte. Las acciones han ido desde apoyar a Hamás en sus inicios y aprobar nuevos asentamientos ilegales o permitir ataques de colonos para contrarrestar a la Organización para la Liberación de Palestina, hasta las operaciones armadas contra Hamás. Es decir, enfrentamientos tanto con la organización islamista como con la OLP. Incluso la aceptación de la solución de dos Estados por parte de esta última es irreconciliable con el punto de vista de Netanyahu: no habrá un Estado palestino.

La evolución del conflicto árabe-israelí

La cúpula militar israelí es consciente de que una ideología no puede erradicarse en el campo de batalla. El entonces portavoz de las Fuerzas de Defensa, Daniel Hagari, lo dejó claro respecto a Hamás tras un año de guerra en Gaza: “Hamás es una idea, Hamás es un partido. Está arraigado en el corazón de la gente. Quien piense que podemos acabar con ellos se equivoca”. Así, el planteamiento con estos actores no estatales es usar la fuerza para reducir sus capacidades tanto militares como políticas, sin intención de resolver el conflicto. Al forzarles a retroceder o a mantener un perfil bajo para rearmarse, Israel consigue periodos de tranquilidad y les recuerda su superioridad militar y la solidez de sus alianzas internacionales.

Originalmente, Israel esperaba que Hamás o Hezbolá se volvieran menos hostiles, pero sus propias acciones han hecho imposible tanto un verdadero diálogo político como un gobierno eficaz y una unidad territorial en Palestina y Líbano. Independientemente de la magnitud del ataque, las fuerzas israelíes no esperan disminuir el sentimiento de lucha ni un liderazgo moderado en estas organizaciones que sea capaz de gobernar el territorio. El resultado es una espiral de violencia que, pasado un tiempo, vuelve a estallar.

Entre violencia a gran escala y guerra perpetua 

La estrategia de cortar el césped venía aplicándose desde hace décadas tanto en Palestina como en Líbano. Pero a partir del 7 de octubre ha adquirido un carácter más violento, entrelazándose con la llamada doctrina Dahiya. Esta doctrina, acuñada por el general israelí Gadi Eisenkot, hace referencia al bombardeo en verano de 2006 contra este barrio de Beirut, donde Hezbolá tiene su cuartel general. En palabras de Eisenkot: “Lo que ocurrió en el barrio de Dahiya ocurrirá en cada pueblo desde el que se dispare contra Israel. Atacaremos con una fuerza desproporcionada sobre ese pueblo. Desde nuestro punto de vista, no se trata de pueblos civiles, sino de bases militares. No es una recomendación: es un plan y ha sido aprobado”.

Esta maximización de los ataques ha sido la tónica diaria en Gaza, con bombardeos contra hospitales, universidades y escuelas tildados de ser bases militares. Israel ya la había aplicado durante las operaciones militares de 2008 y 2014, en las que mató a más de 1.400 civiles palestinos en cada una. Y también lo está haciendo en Irán, con ataques no sólo contra objetivos militares y políticos, sino también contra escuelas, hospitales o centros deportivos. Además, es una visión socialmente aceptada: un 57% los judíos israelíes apoyan que la operación contra la República Islámica se extienda hasta erradicar tanto el objetivo militar —el programa nuclear y misilístico iraní— como el político —el régimen de los ayatolás—.

Para ello es clave la alianza con Estados Unidos, aunque los objetivos no sean del todo los mismos. Donald Trump no quiere una operación larga ni a gran escala en Irán, no quiere un caos que le haga involucrarse aún más. Para el presidente estadounidense, el escenario ideal sería un Gobierno títere que mantuviera el control interno, como el de Delcy Rodríguez en Venezuela tras el secuestro de Nicolás Maduro. Por mucho que Netanhayu hable de victoria y destrucción definitiva de la República Islámica, si Estados Unidos se retira Israel no tiene capacidad militar para mantener en solitario la ofensiva. 

Sin embargo, el fin del conflicto actual no supondrá una derrota para Israel ni el fin de sus hostilidades. El asesinato del ayatolá Jamenei ya le ha reportado una gran victoria y, por encima de una rendición total, Netanyahu priorizará mantener su estrecha relación con Trump. Al mismo tiempo, lejos de una paz real, la futura distensión será una calma temporal hasta nuevos ataques, como ha sido la guerra actual después de la de los Doce Días en junio de 2025. Así, la guerra perpetua de Israel seguirá apuntando a sus enemigos: ahora Irán y el reabierto frente en Líbano, una Turquía cada vez más amenazada, o, una vez más, Palestina.

Jara Monter

Monzón, 2000. Graduada en Periodismo y Humanidades y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos, ambos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad, Oriente Próximo y la vinculación entre política, cultura y dinámicas sociales.