De aliados a rivales

Arabia Saudí-Emiratos, el divorcio que marcará el futuro de Oriente Próximo

Hasta hace unos meses, el tándem formado por ambos países era la principal alianza de la región contra otras potencias como Turquía o Irán. Hoy, el deterioro de las relaciones entre las dos petromonarquías se extiende desde Libia hasta Yemen, pasando por el Cuerno de África
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Arabia Saudí-Emiratos, el divorcio que marcará el futuro de Oriente Próximo
Mohamed bin Salman y Mohamed bin Zayed, príncipes herederos de Arabia Saudí y EAU, en una reunión en Abu Dabi en 2021. | BANDAR AL-JALOUD/Saudi Royal Palace - AFP

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Dos meses después del inicio de la campaña militar de Donald Trump y Benjamín Netanyahu en Irán, muchas de las predicciones sobre el conflicto no se han materializado. Entre ellas, la caída del régimen de los ayatolás y la insurrección popular, la revuelta kurda o la invasión estadounidense de la estratégica isla de Jarg para acabar con el bloqueo del estrecho de Ormuz. La otra predicción no cumplida tiene que ver con la participación de los países árabes en la ofensiva israelí-estadounidense contra Teherán: a pesar de los continuos ataques persas contra infraestructura militar y civil, los regímenes del Golfo no han respondido militarmente, en un aparente rechazo a los planes bélicos de Trump y Netanyahu.

Ahora, y mientras se mantiene un alto al fuego todavía lleno de interrogantes, las divergencias están volviendo a aflorar en el Golfo. Emiratos Árabes Unidos, el principal promotor de la normalización de las relaciones con Israel, ha sido el país más bombardeado por Irán, con más de 2.000 drones lanzados contra su territorio frente a los novecientos contra saudíes y los cien que han golpeado Qatar. Los diplomáticos emiratíes han criticado abiertamente la laxitud de sus vecinos contra Teherán, y según el Wall Street Journal el país estaría presionando a Estados Unidos para que reabra por la fuerza el estrecho de Ormuz.

Las conclusiones que Abu Dabi ha sacado del conflicto son contrarias al enfoque continuista representado por el resto de países del Golfo, especialmente por Arabia Saudí. Como crítica al rol mediador de Pakistán entre Washington y Teherán, Emiratos ha decidido revocar sus préstamos a Islamabad. Inmediatamente después, los saudíes han intervenido para rescatar financieramente al país. Por otro lado, Emiratos ha redoblado su apuesta por los Acuerdos de Abraham como el principal paraguas militar y político para la región, añadiendo personal y material militar israelí, incluida la famosa Cúpula de Hierro, a su sistema de defensa. Su última decisión, y probablemente la de mayor calado, ha sido la de abandonar la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), el cartel petrolero encabezado por Arabía Saudí y Rusia que ha dominado el mercado de crudo en las últimas seis décadas.

El mapa de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)

El choque entre ambos países, sin embargo, van mucho más allá de la guerra en Irán y conectan con la que se ha constituido como la nueva gran rivalidad en el Golfo. Riad rechaza el expansionismo desenfrenado de Netanyahu, pero también observa con preocupación las maniobras militares de Emiratos de la última década y la creciente complicidad entre ambos países. Como los turcos, los saudíes se preguntan si podrían ser el próximo enemigo a batir después de Irán. Hoy, el divorcio entre los príncipes Bin Salmán y Bin Zayed abarca desde Libia hasta Yemen, pasando por el Cuerno de África e Irán. La rivalidad entre Arabia Saudí y Emiratos está servida.

Las causas del divorcio

Hasta hace unos meses, el tándem formado por Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí era la principal alianza en Oriente Próximo contra otros países como Turquía y Catar, pero sobre todo Irán. El matrimonio tiene sus raíces en las protestas de 2011, cuando la ciudadanía árabe imaginó un modelo alternativo a las autocracias que les gobernaban desde el siglo XX. El miedo a un contagio, agravado por el auge del islam político, empujó a ambos regímenes a imponer un bloqueo a Catar en 2017, que sí respaldó las protestas, y a intervenir militarmente en Yemen a partir de 2015. 

Así, y mientras que Abu Dabi se dedicaba a dar caza a los integrantes del partido islamista Al-Islah, la filial de los Hermanos Musulmanes en Yemen y partidaria de la revolución de 2011, Arabia Saudí aprovechó para disputar la hegemonía regional a Irán, que el régimen de los ayatolás ejercía a través de los hutíes asentados en Saná. Además, emiratíes y saudíes también eran aliados en otros frentes. Por ejemplo, apoyando la reintegración de la Siria de Bashar al Asad en la Liga Árabe.

Sin embargo, Riad pronto se fatigó de este intervencionismo. La destrucción en 2019 de una instalación de ARAMCO, la poderosa empresa petrolera estatal de Arabia Saudí, por parte de los hutíes e Irán, entre otros incidentes, fue un aviso que llevó a Bin Salmán a buscar un enfoque más conciliador. Por otro lado, la guerra de Ucrania supuso el levantamiento del estatus de paria que pesaba sobre el príncipe heredero saudí tras el brutal asesinato del periodista crítico Yamal Jasogyi en 2018, con Joe Biden y Emmanuel Macron al frente de la normalización de las relaciones. Una región en paz permitiría llenar el mundo de petróleo y gas árabe en sustitución del ruso. 

En esos meses de 2022, el mandatario saudí también enterró el hacha de guerra reuniéndose por primera vez en años con el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan. Ese mismo año también firmó una tregua en Yemen y otra con el propio Irán en 2023 gracias a la mediación china. Para el reino ahora la prioridad era su Visión Saudí 2030, un plan para abrazar al turismo internacional y el modelo influencer de Dubái que permitiría dejar atrás la dependencia del petróleo y la lógica rentista para un país con casi cuarenta millones de habitantes. 

Emiratos, sin embargo, no estaba dispuesta a parar. Para la pequeña petromonarquía, el intervencionismo no tenía sólo un contexto ideológico y securitario, sino que perseguía consolidar un imperio más allá de sus reducidos 80.000 kilómetros cuadrados. El oro sudanés, la estratégica isla yemení de Socotra o la posibilidad de construir una base marítima en las costas de Somalia eran las nuevas prioridades de Emiratos. Para conseguirlas, estaba dispuesta a fomentar milicias y señores de la guerra en Libia y Yemen y dar alas al separatismo yemení del sur o al de Somalilandia, además de financiar las operaciones de los mercenarios rusos del grupo Wagner en el continente africano. Arabia Saudí, que se esposó con Emiratos para estabilizar la región tras la Primavera Árabe de 2011, veía ahora cómo su vecino estaba provocando guerras civiles y desmembrando uno a uno a otros Estados de la Liga Árabe

Trump no contribuyó a mejorar las cosas. Desde 2016, el magnate ha vendido la política estadounidense al mejor postor, fomentando dinámicas de competición. Mientras que los emiratíes han invertido millones de dólares en su negocio de criptomonedas, los saudíes riegan con dinero la empresa de su yerno, Jared Kushner, esperando así granjearse el favor del dirigente republicano. Pero el principal escollo tiene que ver con Israel. Emiratos ha abrazado el paradigma de los Acuerdos de Abraham impulsado por el presidente estadounidense, y quiere vertebrar un hub tecnológico-industrial desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo que desemboque en la Riviera de Gaza tan ansiada por Trump y Netanyahu. Arabia Saudí, en cambio, ve con recelo cómo las normas internacionales no aplican para los hebreos. Después de Palestina, Irán, y, previsiblemente, Turquía, teme ser la siguiente. 

Los frentes abiertos 

El punto de no retorno llegó a finales de 2025 en Yemen, cuando los separatistas sureños respaldados por Emiratos trataron de derrocar al Gobierno prosaudí que aspira a reunificar el país. De acuerdo con el New York Times la maniobra emiratí fue una reacción a las presiones que estaba llevando a cabo Arabia Saudí para que Trump impusiera sanciones a Emiratos y a sus socios en Sudán. En cualquier caso, Arabia Saudí respondió con bombardeos sobre Yemen, provocando en días la desintegración del Consejo Transitorio del Sur tras casi una década de existencia. Desde entonces, el líder separatista Aidarous al-Zubaidi se refugia en Emiratos. 

Inmediatamente, los saudíes han pasado a Sudán, intentando hacer colapsar al proxy emiratí en el país, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), que desde Darfur disputan el control del país al Gobierno central. En esta ocasión, Riad está presionando para una solución diplomática, contando con el respaldo de Egipto  —que también afea a Emiratos el papel desestabilizador en su frontera— y aprovechándose de la condena internacional a las RSF por indicios de genocidio contra la población no árabe. Arabía Saudí también está presionando a Jalifa Haftar, el otro proxy emiratí en el Magreb, para que cierre la base aérea de Jufra, en el sur de Libia, desde la que Emiratos lleva años armando a las RSF.

  LA NUEVA RIVALIDAD ENTRE EMIRATOS Y ARABIA SAUDÍ EN EL MAR ROJO

  La nueva rivalidad entre Emiratos y Arabia Saudí en el mar Rojo

El tercer punto caliente es Somalia. Tanto Israel como Emiratos se han aprovechado de la debilidad de unos de los países más pobres de África y han apoyado la causa independentista de Somalilandia a cambio de la posibilidad de tener bases marítimas en Berbera. Tales maniobras ya llevan años disputadas por Turquía, que por el contrario posee una base en Mogadiscio, capital de Somalia. Ahora, Arabia Saudí también se ha sumado a la defensa del país del Cuerno de África tras la firma de un acuerdo de cooperación militar. Al mismo tiempo, Israel está cortejando a Etiopía, que aspira a tener una salida al mar, bien a través de una Somalilandia independiente o declarando la guerra a Eritrea, mientras que Emiratos también ha explorado la posibilidad de avanzar la autonomía de Yubalandia, en el sur de Somalia. 

Irán definirá el futuro de la región 

La respuesta de Irán a la agresión estadounidense-israelí se ha centrado en golpear a los países del Golfo. Teherán espera que esto presione a Washington para poner fin a la guerra. Aunque la maniobra es arriesgada, se basa en el cálculo de que en el vecindario muchos se sienten más cómodos con la supervivencia de la República Islámica que con el caos y, por tanto, no se sumarán a unos ataques que en última instancia van en contra de sus propios intereses. 

Si Netanyahu se sale con la suya, a los ayatolás les sucederá una guerra civil perpetua y agravada por el componente étnico. Es la clase de escenario que justifica que Israel siga creciendo bajo el pretexto de garantizar su seguridad —la financiación hebrea a Hamás en la antesala de los atentados de octubre de 2023 es el más claro ejemplo—, en un momento en el que los sionistas más radicales ya sueñan con un Gran Israel que incorpore suelo saudí. La otra salida que favorecería a Israel, casi imposible en este momento, sería la instauración de un líder fuerte pero cercano a sus intereses. Reza Pahlavi está ansioso por jugar ese rol, prometiendo unos nuevos Acuerdos de Ciro que alíen a Israel, Emiratos y la refundada Persia. 

En este sentido, Netanyahu ha hablado de una alianza de seguridad, conocida como el Hexágono, que incorpore a Grecia y Chipre contra Turquía y a India contra Pakistán. Por su parte, Etiopía sería el representante de los intereses israelíes en el Cuerno de África; y Emiratos e incluso Marruecos, los aliados árabes de Tel Aviv. La propuesta, que bebe de la conocida «doctrina de la periferia» israelí, identifica a dos enemigos de Tel Aviv: el eje chií, que habría estado encabezado por Irán, y también un emergente “eje sunní radical”. El énfasis en la religión otorga a la propuesta un matiz civilizacional que resuena con el ultranacionalismo hindú de Modi e indirectamente conecta con la narrativa trumpista de un genocidio contra los cristianos en África. Aunque resulte paradójico, Emiratos es considerado uno de los principales promotores de la islamofobia y de la extrema derecha a nivel internacional. 

Siguiendo esta lógica de alianzas, Arabia Saudí ha ratificado un acuerdo de seguridad nuclear con Pakistán al que Turquía también quiere unirse. Teniendo en cuenta que este último país ya está cubierto por el paraguas OTAN, y que la tecnología pakistaní posee un alcance geográfico limitado, el pacto serviría más bien para cristalizar las nuevas líneas divisorias de la región. En las últimas semanas, Erdoğan también ha incrementado su presencia militar en Somalia con el despliegue de varios aviones militares. 

En este futuro polarizado y de máxima tensión, para impedir perder la carrera regional, las opciones de Riad pasan por presionar para mantener el alto al fuego en Irán y, además, por resistir las presiones de Donald Trump para normalizar las relaciones con Israel y abandonar la causa palestina. En lo que respecta al expansionismo territorial de Emiratos, el cambio de estrategia saudí estaría más relacionado con romper con su política intervencionista al tiempo que apoya la integridad territorial de Yemen, Siria y Líbano en Asia y de Libia, Sudán y Somalia en África.