“Después de Irán, Turquía”: el nuevo enemigo a abatir de Israel

Más allá de Gaza, el Estado hebreo quiere seguir conquistando nuevos territorios en Líbano y Siria. El apoyo inquebrantable de Trump en Irán da rienda suelta a estas ambiciones. Pero esta política expansionista representa una amenaza directa para los turcos, abocando a un choque entre ambos países
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“Después de Irán, Turquía”: el nuevo enemigo a abatir de Israel
El líder palestino Mahmud Abás (i) y el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan (d) en Ankara en marzo de 2024. | ADEM ALTAN - AFP

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“Una nueva amenaza turca está emergiendo. Debemos actuar simultáneamente contra Teherán y Ankara”. Éstas fueron las palabras del ex primer ministro israelí y posible candidato electoral Naftali Benett el pasado mes de febrero, ampliando las propias declaraciones de Benjamín Netanyahu. El primer ministro había alertado de un “emergente eje suní radical” que ha desplazado al “eje chií” como el nuevo enemigo existencial del Estado israelí. “Después de Irán, Turquía …”, volvió a amenazar Benett en otra conferencia. 

La expansión de la guerra en Oriente Próximo se ha convertido en una apuesta personal de Netanyahu, que lleva años evadiendo su juicio por corrupción. Pero la beligerancia israelí va mucho más allá de su actual jefe de Gobierno: tanto él como el principal líder de la oposición defienden públicamente un Gran Israel que abarcará desde el Éufrates hasta el Nilo. Además de la ocupación de Gaza y Cisjordania, Tel Aviv ha lanzado una nueva invasión del sur de Líbano replicando el modelo de la Franja, con cientos de miles de desplazamientos forzosos y la destrucción masiva de infraestructuras. La ofensiva se suma a los cientos de kilómetros cuadrados arrebatados a Siria en los últimos dos años. Por si fuera poco, este marzo Israel ha retomado los bombardeos contra las fuerzas de Damasco. 

Afectada durante años por la crisis de refugiados, el auge de Dáesh y con voces internacionales que piden armar nuevamente a los kurdos, Turquía no se mantendrá inmóvil ante los intentos de desatar una nueva crisis en el Levante, especialmente si esto afecta a Siria. Más allá del país vecino, hay otros muchos escenarios en los que los objetivos turcos e israelíes también son totalmente contrapuestos, como los recursos energéticos y el control de puntos estratégicos en el Mediterráneo oriental y el Cuerno de África. En este contexto, la agresión contra Irán de este 2026 ha constatado que Israel está ciegamente respaldada por Washington y que no le constriñe ninguna norma internacional. Como los árabes en el Golfo, los turcos temen que, una vez eliminado el Eje de la Resistencia, Netanyahu esté dispuesto a hacer valer sus intereses contra Ankara por la fuerza.  

Siria, el principal foco de tensión 

El futuro de Siria es el principal punto de confrontación entre Israel y Turquía. El inicio de la guerra civil en 2011 demostró a Ankara que la situación en el país vecino es esencial para su propia seguridad. La debilidad de Bashar al Asad facilitó la emergencia del Dáesh, responsable de varios atentados dentro de sus fronteras, y permitió que el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) acumulara miles de combatientes y de armas con los que amenazar la integridad territorial turca. La llegada masiva de cientos de miles de refugiados tensionó las relaciones con la Unión Europa, e igualmente dio munición política a la oposición con la que amenazar la continuidad de Recep Tayyip Erdoğan en el poder. Más allá del conflicto, otras cuestiones en Siria también son esenciales para Turquía, como la gestión del agua del río Éufrates.

En lo que respecta a los hebreos, éstos parecían cómodos con la supervivencia de un debilitado Asad. Si la conquista de los Altos del Golán en 1967 consagró la superioridad militar israelí en el Levante, el inicio de la guerra en 2011 legitimó que Israel bombardeara los intereses de Hezbolá y de Irán en Damasco durante años con total impunidad. Con el inicio de la escalada regional tras los atentados del Hamás en octubre de 2023, el régimen sirio se desmarcó del Eje de la Resistencia, dejando claro que no tenía ninguna intención de desafiar a Netanyahu. Israel veía favorablemente la rehabilitación internacional del régimen impulsada por Emiratos Árabes Unidos, con la esperanza de que esto introdujera al país en la órbita de los Acuerdos de Abraham. 

Mapa del gran Israel

A pesar de lo anterior, la caída de Asad acabó siendo un regalo inesperado por Netanyahu. La defensa de la minoría drusa y las maniobras securitarias “preventivas” se han convertido en el pretexto perfecto para avanzar en su proyecto de conquista territorial. El Gran Israel ha dejado de ser un secreto a voces para convertirse en la política oficial tanto del Likud, el partido de Netanyahu, como de la oposición israelí. En los últimos dos años, la conquista de 400 kilómetros cuadrados de suelo sirio, incluido el estratégico monte Hermón, ha ido acompañada de planes económicos para duplicar el número de colonos en los Altos del Golán

Frente a una Turquía que quiere estabilizar al gobierno central en Damasco, a Israel le conviene el escenario contrario. Los bombardeos sobre el palacio presidencial de 2025 son una amenaza nada sutil teniendo en cuenta que Israel ya ha eliminado tanto al líder supremo iraní como al primer ministro yemení sin apenas condena internacional, además del anterior líder de Hezbolá, Hasán Nasrala. Todavía más alarmante para Ankara son las voces en Israel que piden armar a los kurdos y convertirlos en un proxy regional, una estrategia que recuerda al apoyo brindado a los maronitas durante la guerra civil libanesa. La utilización de fuerzas kurdas contra Irán es algo que también se ha barajado tras el inicio de la ofensiva de este 2026. 

En lo que respecta a Turquía, el país está entrenando a las fuerzas armadas del nuevo Gobierno sirio, y tiene planes para hacerse con el control de una base aérea en el centro del país. La presencia de defensas antiaéreas de un país OTAN en la zona socavaría la superioridad israelí: Netanyahu tendría más dificultades para atacar, por ejemplo, Yemen o Irán sin el permiso de Erdoğan. Aunque Israel necesita el beneplácito de Jordania para este tipo de operaciones, la monarquía hachemita nunca ha desafiado los intereses israelíes. 

Por el momento, el nuevo presidente sirio ha intentado ponerse de perfil ante este contexto regional. Además de mantener la presencia militar rusa, Ahmed al Sharaa ha solicitado apoyo financiero a saudíes y emiratíes pese a su antigua cercanía con el despuesto régimen, y ha tendido lazos tanto con Estados Unidos como con Israel. La estrategia ha logrado dividir a la administración estadounidense, con Trump describiendo a Sharaa como «duro» y «atractivo» y Marco Rubio catalogando al nuevo Gobierno como islamistas radicales vinculados a la matanza de cristianos. Pero la apuesta diplomática puede acabar siendo útil solo en el corto plazo: el nuevo presidente libanés también tendió la mano a Washington y Tel Aviv, sin que ello haya evitado la última oleada de ataques contra el país. 

La competición por el Mediterráneo

Desde mediados de la década pasada, el Mediterráneo oriental ha sido un importante punto de descubrimiento de recursos gasísticos, también en las costas de la Franja de Gaza. Con numerosas disputas abiertas sobre la delimitación de las fronteras marítimas, el control sobre estos yacimientos se ha convertido en otro importante punto de tensión entre Turquía e Israel. 

Una de las principales controversias tiene que ver con las fronteras marítimas de la isla griega de Creta. En 2019, Turquía firmó un acuerdo territorial con el gobierno libio, al que ha respaldado militarmente, que golpeaba directamente a las reclamaciones de Atenas en estas aguas. Erdoğan entiende que este espacio geográfico es clave para los intereses militares, comerciales y energéticos de Turquía,  en línea con la conocida como doctrina de la ‘Patria Azul’. En contrapartida, Israel entrenó sin éxito a militares renegados libios para que, con ayuda de Emiratos, conquistaran Trípoli y depusieran al ejecutivo respaldado por Erdoğan. Este 2025, Israel ha firmado un plan de cooperación militar con los gobiernos griego y grecochipriota, reforzando la dinámica de bloques en el Mediterráneo oriental. 

Mapa de geopolítica Mediterráneo oriental

Una segunda competición turco-israelí en el Mediterráneo tiene que ver con el corredor India-Oriente Medio (IMEC, por sus siglas en inglés). En su intento de socavar la Nueva Ruta de la Seda china, Estados Unidos lleva años impulsando un recorrido alternativo que conecte India y los países del Golfo con Europa. En los planteamientos iniciales del proyecto, Israel había conseguido que el puerto de Haifa fuese el punto de entrada al Mediterráneo, dejando fuera de juego a Turquía. Los planes para la construcción de la ‘riviera de Gaza’ deben leerse en este contexto. Antes de la caída de Asad, la contrapropuesta de Erdoğan era la Ruta de Desarrollo entre Irak y Europa, que situaba a Turquía como el enclave de tránsito terrestre hacia el Viejo Continente. Con el nuevo Gobierno en Damasco, sin embargo, la opción preferida ahora es reconstruir el ferrocarril de Hejaz, que data de la época otomana y conectaría de nuevo a saudíes, jordanos y sirios con Turquía. 

Con respecto a Libia, tanto Erdogan como Netanyahu llevan meses cortejando al líder golpista y verdadero hombre fuerte del país, el general Jalifa Haftar, para que mantenga la vigencia del acuerdo marítimo de 2019 o lo rompa y normalice las relaciones con Israel, respectivamente. La viabilidad del IMEC lleva puesta en entredicho desde 2023, y el reciente cierre del estrecho de Ormuz lo vuelve prácticamente imposible. En última instancia, será Arabia Saudí la que decantará la ruta en una u otra dirección: su extensión geográfica abarca el mar Rojo y el golfo Pérsico, además de compartir parte del golfo de Aqaba con Israel, por lo que cualquier proyecto de conectividad regional necesita el beneplácito de Riad. 

La política de bloques regional

En 2011, la Primavera Árabe dividió la región en Gobiernos favorables a las revoluciones y a los partidos islamistas, como Turquía y Qatar, y aquéllos partidarios de la vuelta del autoritarismo, como Arabia Saudí y Emiratos. A esto se superponía la rivalidad entre Irán e Israel: Ankara y Doha apoyaron a los persas; Abu Dabi se posicionó con Tel Aviv; y Riad declaró la guerra al ayatolá, sin aliarse expresamente con Israel. Pese a esto, en los últimos años se han producido dos importantes cambios: por un lado, el colapso del Eje de la Resistencia; por otro, el divorcio entre los saudíes y Emiratos, que además ahora miran con recelo la creciente influencia regional de Netanyahu

Más allá de estos vaivenes, sin embargo, la lógica de bloques se mantiene. Si el expresidente sudanés Omar al Bashir había ofrecido la construcción de una base turca en el país, por ejemplo, la coalición golpista que llegó al poder en 2019 con el apoyo de Emiratos paralizó el proyecto y, de paso, entabló relaciones diplomáticas con Israel. En Somalia, los turcos tienen presencia militar en Mogadiscio y Catar ha firmado un acuerdo de cooperación militar con el país, mientras que el tándem Emiratos-Israel quiere hacer caer el Gobierno o, por lo menos, favorecer la secesión de Somalilandia, y que a su vez ésta les brinde una base en Berbera. 

El factor político-religioso también sigue siendo relevante. Aunque ya es habitual oír hablar de la época del ‘posislamismo’, el AKP de Erdoğan sigue presentándose como la síntesis de principios nacionalistas turcos e islámicos. Eso le obliga a estar al menos retóricamente enfrentado con Israel y especialmente cercano a la causa palestina. La medida más significativa fue la ruptura de las relaciones comerciales a principios de 2024, algo que se leyó como una respuesta a la presión popular constatada en el triunfo del partido islamista Yeniden Refah en las elecciones municipales de ese mismo año. 

A nivel internacional, Erdoğan ha sido uno de los principales críticos de Netanyahu en Naciones Unidas, ha definido como “línea roja” la protección de la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén, y ha llamado a la unidad de las «naciones musulmanas» en apoyo a Gaza. Igualmente, Turquía ha acogido delegaciones diplomáticas de Hamás en las varias rondas de negociaciones de los últimos tres años.

El escenario más peligroso para la seguridad internacional es que todos estos conflictos confluyan en uno. A los mencionados acuerdos entre Israel y Grecia y entre Qatar y Somalia —donde Turquía también ha aumentado considerablemente su presencia en las últimas semanas—, se añade el pacto de seguridad firmado entre Arabia Saudí y Pakistán y al que precisamente Erdoğan también quiere unirse. Con Irán destruido, Netanyahu ya habla de un nuevo «eje suní radical» como el principal enemigo a batir.

La ofensiva contra Irán y la réplica persa hacia los países del Golfo, esta última ejecutada ante la pasividad de Estados Unidos, están obligando a todos los aliados de Washington a replantearse su seguridad, especialmente tras el favoritismo desmedido demostrado hacia Israel. Con la OTAN al borde del colapso, Turquía se ve obligada a prepararse para una escalada con Israel por la hegemonía regional.