Sudán, el gran conflicto olvidado
La guerra de Sudán, que comenzó en abril de 2023, se ha convertido en el conflicto más mortífero del continente africano y en la mayor crisis humanitaria del siglo XXI. Con más de 150.000 muertes, limpieza étnica sistemática y millones de desplazados, esta guerra enfrenta a dos generales en una batalla por el poder que tiene consecuencias devastadoras para la población civil. Sin embargo, a pesar de su magnitud, la guerra de Sudán permanece en gran medida ausente de los titulares internacionales, convirtiéndose en uno de los conflictos más olvidados de nuestro tiempo.
En el centro de este enfrentamiento se encuentran Abdelfatah al Burhan, líder de las Fuerzas Armadas Sudanesas, y Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como «Hemeti», comandante de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Ambos fueron antiguos aliados que derrocaron al dictador Omar al-Bashir en 2019, pero sus ambiciones personales y visiones contrapuestas sobre el futuro del país los han llevado a un enfrentamiento que amenaza con partir Sudán en dos. Detrás de esta lucha personalista se esconde una compleja red de intereses regionales e internacionales, todos ellos centrados en el control del recurso más preciado del país: el oro.
De la dictadura a la guerra civil: cómo Sudán llegó al abismo
Para entender la guerra de Sudán actual es imprescindible remontarse a 1989, cuando Omar al Bashir tomó el poder mediante un golpe de estado que inició tres décadas de dictadura. Al Bashir diseñó un sistema de contrapesos entre diferentes facciones militares para evitar ser derrocado, una estrategia que le permitió mantenerse en el poder durante años. Sin embargo, su régimen se caracterizó por la brutalidad: bajo su mandato se perpetró el genocidio de Darfur en 2003, cuando creó las milicias «yanyauid» para sofocar rebeliones en el oeste del país, causando decenas de miles de muertes.
Estas milicias, compuestas principalmente por árabes baggara, fueron posteriormente legitimadas en 2013 como las Fuerzas de Apoyo Rápido bajo el liderazgo de Hemeti. La independencia de Sudán del Sur en 2011, que privó al país de sus principales reservas petrolíferas, marcó el inicio del declive económico que culminaría en las protestas de 2019. Ese año, al-Burhan y Hemeti, viendo la insostenibilidad del régimen, decidieron traicionar a su mentor y derrocarlo, prometiendo una transición democrática que nunca llegó.
El punto de ruptura entre ambos generales llegó en 2023, cuando Al Burhan exigió que las RSF de Hemeti se integrasen en el ejército regular. Para Hemeti, esto significaba perder el control sobre las lucrativas rutas comerciales de oro que financiaban su poder. El 15 de abril de 2023 comenzaron los enfrentamientos que continúan hasta hoy, convirtiendo la guerra de Sudán en una batalla sin cuartel por el control del Estado y sus recursos.
Una guerra proxy con consecuencias humanitarias catastróficas
La guerra de Sudán no es solo un conflicto interno: se ha convertido en un escenario donde potencias regionales e internacionales dirimen sus rivalidades. Los Emiratos Árabes Unidos han emergido como el principal patrocinador de las RSF, suministrando armamento avanzado a cambio de oro sudanés que alimenta la próspera industria del lujo en Dubái. Esta relación ha sido fundamental para que Hemeti mantenga sus posiciones en el oeste del país, controlando el Darfur y sus valiosas minas.
En el bando opuesto, las Fuerzas Armadas de al-Burhan cuentan con el apoyo de Egipto, Turquía e incluso Rusia, todos ellos interesados en la salida al Mar Rojo que controla el gobierno en Puerto Sudán. Turquía ha proporcionado drones que han permitido a las SAF recuperar terreno, mientras negocia la reconstrucción del histórico puerto de Suakin. Rusia, por su parte, busca establecer una base naval en el Mar Rojo, cambiando su apoyo inicial a las RSF por una alianza con al-Burhan tras la muerte de Yevgeny Prigozhin.
Las consecuencias humanitarias de esta guerra proxy son apocalípticas. Según la ONU, entre 150.000 y 250.000 personas han perdido la vida, aunque la cifra real podría ser considerablemente mayor. Casi un tercio de la población ha sido desplazada de sus hogares, convirtiéndose en la mayor crisis de refugiados del mundo. La situación alimentaria es desesperada: 375.000 personas están al borde de la inanición y 25 millones enfrentan inseguridad alimentaria aguda. Las RSF han empleado tácticas de tierra quemada, incluyendo violaciones masivas, ejecuciones sumarias y destrucción sistemática de aldeas, especialmente contra minorías étnicas no árabes en Darfur.
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