Los escenarios para el futuro de Irán: del colapso a una dictadura militar

El asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei, ha abierto un vacío de poder en la República Islámica. Con la supervivencia en juego, el régimen podría seguir modelos como los de Pakistán o Rusia, o sendas de caos y conflicto como las de Irak y Siria
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Los escenarios para el futuro de Irán: del colapso a una dictadura militar
El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, en un discurso ante la cúpula del régimen en 2025. | KHAMENEI.IR - AFP

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La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán ha descabezado al régimen de los ayatolás y ha puesto en jaque la continuidad de un sistema que parecía inquebrantable. El asesinato del líder supremo, Alí Jamenei, y de la cúpula política iraní ha dejado un vacío de poder sin una figura clara que recoja el testigo —ni desde el ala dura, ni por el sector reformista o pragmático—. Aunque el de Irán parezca un régimen personalista, hay todo un aparato estatal cohesionado donde conviven muchas facciones, preparadas para sobrevivir a la muerte del líder supremo.

Ante esta incertidumbre, se abren varios escenarios donde la República Islámica puede reinventarse para sobrevivir, aunque su desarrollo dependerá de hasta dónde escale la guerra. Mientras que Donald Trump preferiría un Gobierno que mantuviera el control, pero dócil a sus intereses, la postura del Gobierno israelí la describió el analista de inteligencia israelí Danny Citrinowicz para el Financial Times: “Si se produce un golpe de Estado en Irán, genial. Si hay protestas, genial. Si estalla una guerra civil, genial. A Israel le da igual el futuro o la estabilidad de Irán”.

La República Islámica sobrevivirá, pero ¿cómo?

Diezmada, aislada y presionada militarmente, la teocracia iraní atraviesa un momento crítico. Sin embargo, es complicado que una campaña de bombardeos sin despliegue terrestre acabe con el régimen. Los restos del aparato estatal están bien armados y atrincherados. La República Islámica ha sobrevivido de crisis en crisis y tiene mecanismos para garantizar cierta continuidad. Por un lado, ha afianzado un brazo militar e instituciones afines a la Revolución; por otro, ha aplacado cualquier atisbo de crítica o disidencia social.

La oposición no tiene fuerza suficiente ni cohesión interna como para representar un desafío real ni para hacerse con el poder. Si bien Donald Trump y Benjamín Netanyahu han instado a los iraníes a rebelarse una vez termine la ofensiva, el régimen aplastó las protestas masivas de enero, y no se repetirán a corto plazo. Aunque ha habido manifestaciones celebrando el asesinato de Jamenei, la turbulencia social reciente está en espera con temor tanto a los bombardeos estadounidenses e israelíes como a la represión estatal.

En esa línea, tres cuartas partes de las transiciones políticas de regímenes autoritarios desembocan en nuevas formas de autoritarismo, de acuerdo con Karim Sadjadpour, analista estadounidense especializado en Irán. Así, es más probable que un residual régimen revolucionario sobreviva, replegándose y cerrando filas, a que se produzca un cambio radical o una transición pacífica y democrática en el país. Esta bunkerización seguiría un patrón parecido a la estrategia del partido y milicia Hezbolá en Líbano.

El repliegue del régimen

Hezbolá estuvo dirigido entre 1992 y 2024 por Hasán Nasralá, casi el mismo periodo que Jamenei estuvo al frente de Irán. Nasralá fue una figura fuerte y carismática que operaba como líder político, guía religioso, organizador y estratega militar. Igual que el líder supremo iraní, fue asesinado a manos de Israel tras un bombardeo contra el búnker en el que se escondía. Su muerte fue tanto una victoria para el Estado hebrero como el mayor golpe histórico contra Hezbolá, que perdió a sus altos mandos veteranos, miles de combatientes, recursos militares y capacidades de financiación durante la guerra con Israel en 2024. La milicia libanesa, descabezada y más aislada y vulnerable que nunca, parecía estar a las puertas de su final. Igual que el régimen iraní ahora.

Sin embargo, nada de eso supuso la desaparición de Hezbolá. La milicia libanesa designó como sucesor de Nasralá a Naim Qassem, una figura menos controvertida e influyente, con un perfil más bajo, para aguantar la tormenta y recomponerse en un segundo plano. Así, la organización lleva desde diciembre de 2024 replegándose, reorganizándose y buscando nuevas vías para garantizar su supervivencia. Si bien no cuenta con el tirón de hace dos años, sigue siendo capaz de enfrentarse a Israel ante los ataques a Irán. 

El escenario actual en la República Islámica sigue ese mismo camino. Aunque por ahora se desconocen las nuevas caras visibles del régimen, el asesinato de los líderes por parte de Estados Unidos e Israel sugiere que los que quedan al mando apostarán por replegarse. En ese sentido cobra especial relevancia el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, compuesto por trece miembros que incluyen al presidente Masoud Pezeshkian, el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, el jefe del Poder Judicial, Gholamhossein Mohseni Ejei, y liderado por el secretario Alí Lariyaní. 

A su vez, Pezeshkian y Mohseni Ejei son dos de los tres miembros del Consejo Interino de Liderazgo que asume las labores del líder supremo hasta que la Asamblea de Expertos designe al sucesor. Esta decisión, además, está condicionada porque puede convertirlo en objetivo militar de Estados Unidos e Israel. El tercer miembro del Consejo Interino es el clérigo Alireza Arafi, que garantiza la continuidad religiosa y es uno de los candidatos a suceder a Jamenei.

De esta bunkerización inicial parten los escenarios más a largo plazo: una vez la maquinaria del régimen se haya reagrupado y blindado contra el exterior, se abrirá el debate interno entre las alas más conservadoras y los sectores más pragmáticos sobre hacia dónde conducir el país. En ese sentido, hay cuatro grandes vías: un mayor refuerzo, una apertura pragmática, una ruptura interna o una transición democrática. 

Un Irán blindado al estilo Pakistán

Uno de los escenarios más viables es una composición estatal similar a la de Pakistán. Si la Guardia Revolucionaria, brazo militar del Estado, consolida el control del país, el régimen continuaría aunque ya no tanto teniendo la religión como pilar fundamental sino un nacionalismo mediado por los militares. La Guardia Revolucionaria es más que un cuerpo paralelo al Ejército: tiene influencia política y controla sectores como la construcción, los puertos, el petróleo, los medios de comunicación o el programa nuclear. 

En ese sentido, Karim Sadjadpour compara el alcance de la Guardia Revolucionaria con la idea de que Pakistán “no es un país con un ejército, sino un ejército con un país”. Así, aunque se celebrasen elecciones, este cuerpo podría colocar en el poder a alguien de sus filas o impulsar a un candidato afín, transformando la República Islámica de una teocracia a un Estado atrincherado y dominado por los pasdarán.

Otra posibilidad menos viable sería que el blindaje inicial se convirtiera en la estrategia definitiva. Es decir, un repliegue llevado al máximo manteniendo la línea ideológica con un mayor control autoritario: en un contexto de emergencia o transición, el nuevo Gobierno podría suprimir las pocas vías democráticas con más brutalidad. El modelo referente de este escenario sería Corea del Norte, donde el totalitarismo permite la continuidad del sistema.

Ahora bien, Irán es diez veces más grande y tiene casi cuatro veces más población que Corea del Norte, y tiene menos capacidad de acción. Aunque también lleve décadas sometido a sanciones internacionales y esté aislado hasta cierto punto, un aislamiento internacional como el norcoreano es inviable en el caso iraní. Entre otras cosas, porque es incapaz de impedir que Israel flanquee sus defensas, entre en su espacio aéreo y se infiltre en el país. Así que además de ser una opción más radical, la vía norcoreana también es bastante más improbable. 

Una ventana abierta, como en Rusia o China

Junto con el desenlace al estilo Pakistán, otro futuro con más probabilidades es que Irán siga la senda de Rusia tras la disolución de la Unión Soviética. Tienen aspectos comunes, como una población exhausta y desencantada con un régimen perpetuado a base de represión. Y como ocurrió con Vladímir Putin en 1999, del colapso del sistema iraní pueden surgir nuevos perfiles con mensajes renovadores. Incluso podrían no ser conocidos en estos momentos, sino quizás figuras intermedias que surjan de la Guardia Revolucionaria.

Irán tiene un gran potencial económico, industrial, cultural y demográfico. Conscientes de ello, un perfil al estilo de Putin en sus primeros años, abierto a llevarse bien con Occidente y a abrir su mercado, podría ser una promesa tanto para la población iraní que ansía un cambio de régimen como para la sociedad internacional. Aunque luego termine generando su propio régimen autoritario, nutrido del anterior.

De igual manera, en Irán podría producirse un aperturismo similar al chino. La estructura ideológica y política de China se ha mantenido a flote durante décadas tras la muerte de Mao Zedong gracias a los cambios económicos pragmáticos. El modelo chino lleva tiempo inspirando a los iraníes que son leales al sistema pero que reconocen que requiere cambios para aliviar el descontento social y la crisis económica. Esta vía mantendría las estructuras del régimen iraní y su aparato represivo, pero favorecería una mayor integración comercial con Occidente. En este escenario, la Guardia Revolucionaria seguiría siendo el actor principal, aunque priorizando el nacionalismo corporativista sobre la rigidez de la Revolución islámica.

De nuevo, este escenario requeriría tiempo en consolidarse. A corto plazo no hay ninguna figura que vaya a acercarse a Estados Unidos ante el riesgo de desestabilizar todavía más el sistema, ni siquiera Pezeshkian pese a sus propuestas de campaña. Además, Israel se opone a cualquier continuismo en la República Islámica, por lo que rechazaría un escenario que, aunque tecnocratizado, mantuviese las bases del régimen.

Dentro de este aperturismo, una tercera vía —y la favorita de Trump— es un desenlace como el de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. Es decir, un Gobierno que mantenga el control interno, pero plegado a los intereses estadounidenses y en este caso israelíes. Así, el liderazgo lo tendrían los sectores pragmáticos de forma tutelada por Washington u otro actor ajeno al régimen, como la monarquía Pahlaví.

No obstante, estas dos opciones de relevo gubernamental son poco viables. Primero, porque con los ataques las figuras reformistas clave de la República Islámica, como Pezeshkian o Lariyaní, han adoptado una postura más defensiva, con Lariyaní insistiendo en que la República Islámica no negociará con Washington. Y, segundo, porque la monarquía Pahlaví, aunque tiene el respaldo de Israel, no cuenta con el apoyo de la gran mayoría de iraníes ni con una red interna organizada que le permita colocarse en el poder.

Caos interno, como en Irak

Aunque Trump quiere evitar una invasión terrestre como la de Irak en 2003, otro desenlace posible se parece al caso iraquí: no tanto por el despliegue de tropas, sino por la ruptura y caos interno que sucedió a la guerra. Los ataques de Estados Unidos e Israel están erosionando la autoridad central de Irán, a la par que instan a las minorías étnicas a rebelarse contra el régimen. El caso más explícito son los kurdos iraníes exiliados en Irak, que han recibido armamento estadounidense y se preparan para invadir por el norte. Si no hay un liderazgo viable y las minorías del país, que representan el 40% de la población, presionan por sus demandas de autonomía, independencia o un cambio de sistema, el Estado podría fragmentarse de facto.

El mapa de las etnias de Irán

Esto no implicaría necesariamente el desmembramiento territorial de Irán ni la aparición de nuevos Estados formados por esas minorías étnicas. En cambio, propiciaría un escenario más parecido al de Siria tras el estallido de la guerra civil en 2011: sobre el papel hay un Gobierno que dirige el país, pero es incapaz de controlar todo el territorio. Además, una lucha armada kurda en el norte del país implicaría, antes que una fragmentación territorial, un conflicto armado abierto entre minorías étnicas y fuerzas del régimen.

Sin horizonte democrático

La última posibilidad es más una utopía que una opción realista: una transición democrática y pacífica en Irán. Por lo pronto, el bunkerizado y asediado régimen no abrirá la puerta a un cambio sustancial en el sistema, mucho menos un giro de 180º. Y aunque hubiese una ventana de oportunidad, la crisis económica potenciada por las sanciones y el bloqueo estadounidense —orientadas a colapsar la economía y radicalizar a la población— ha destrozado a la clase media iraní, que podría ser quien liderase una transición pacífica. Asimismo, la democratización tampoco es viable por la falta de fuerza y organización de la oposición.

La estructura de poder en Irán, aunque magullada, sigue cohesionada sobre los hombros de los iraníes afines al proyecto revolucionario. Ninguno de los escenarios contemplados son excluyentes o categóricos; el futuro de Irán puede decantarse por alguno o por una mezcla de todos o varios de ellos. Con todo, a largo plazo habrá cierto continuismo, ya sea con reformas hacia un nacionalismo militar o una Revolución islámica “de mercado” al estilo del modelo chino, y no una nueva y floreciente democracia.

Jara Monter

Monzón, 2000. Graduada en Periodismo y Humanidades y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos, ambos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad, Oriente Próximo y la vinculación entre política, cultura y dinámicas sociales.