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Debajo del juego de grandes potencias hay países que saben moverse por el tablero y ganar influencia. Turquía, uno de ellos desde hace años, ahora destaca con la guerra en Ucrania. El pasado julio, los turcos consiguieron que Rusia y Ucrania firmaran un acuerdo para desbloquear el transporte de grano, creando un corredor de suministro en el mar Negro monitorizado por Naciones Unidas. El pacto alivia la crisis alimentaria mundial desencadenada por la guerra, ya que Ucrania y Rusia son los productores principales de este recurso fundamental, y Turquía aprovecha para posicionarse como mediador en el conflicto.
Esto es posible gracias al equilibrio que el Gobierno turco ha mantenido entre su alianza con la OTAN y sus intereses nacionales y regionales. Mientras le vende drones de guerra a Ucrania, ha evitado sancionar a Rusia, con la que mantiene importantes lazos comerciales y energéticos. De este modo se posiciona en una equidistancia favorable, desde la que además puede presionar a sus socios. El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, ha sabido leer el contexto actual, y gana poder dentro y fuera del país.
Occidente necesita a Turquía
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