El mismo día que el alto el fuego entre Israel y Hezbolá entró en vigor en Líbano, el 27 de noviembre, las fuerzas rebeldes de Siria lanzaron una operación contra el régimen de Bashar al Asad que en apenas tres días logró conquistar Alepo, la segunda ciudad del mapa del país. Una semana más tarde, la revolución se ha extendido por toda Siria, los insurgentes han entrado en Damasco —la capital— y Asad ha sido derrocado, cambiando en menos de dos semanas la geopolítica de todo Oriente Próximo y abriendo un periodo de incertidumbre en el que los islamistas están llamados a jugar un rol protagonista.
El fulgurante avance, liderado por la milicia islamista Hayat Tahrir al Sham (HTS, ‘Organización para la Liberación del Levante’) y apoyado por Turquía, ha puesto fin a 53 años de dictadura y a una guerra civil que ya se extendía durante trece años y cuyo equilibrio de poder se ha visto afectado por las guerras de Ucrania y Gaza.
Rusia y el Eje de la Resistencia encabezado por Irán sostuvieron a Asad durante la guerra civil y el frente se había mantenido intacto prácticamente desde 2020, pero los rebeldes han aprovechado estos años para rearmarse y entrenar a sus tropas con la ayuda de Ankara. El objetivo de Turquía es impedir que los kurdos articulen un corredor terrestre en el norte de Siria y debilitar su movimiento independentista transfronterizo, al mismo tiempo que libera territorio al sur de su frontera para deportar a miles de refugiados sirios.
En concreto, los proxies turcos operan en Siria desde 2019 bajo el paraguas del Frente para la Liberación Nacional (FLN), donde se integran facciones como Ahrar al Sham, entre cuyos objetivos está el de “establecer un Estado islámico regido por la sharia” en Siria. Junto con el HTS —surgido de Al Qaeda y considerado un grupo terrorista por las Naciones Unidas, Estados Unidos y la propia Turquía—, el Frente conforma la alianza Al Fatá al Mubin (‘La Gran Conquista’) que ha acabado con el Gobierno de Siria.
Lejos de ser una coincidencia, los rebeldes han aprovechado los conflictos de Ucrania y Gaza para internarse en las zonas controladas por el oficialismo sirio y hacerse con el control de Alepo, Hama y Homs, poniendo en jaque al régimen de Asad y despejando el camino hacia Damasco, que finalmente ha sucumbido sin oponer resistencia este 8 de diciembre.
Rusia está teniendo que destinar muchos más recursos de los que pensaba a la invasión de Ucrania y no ha podido salvar una vez más a su aliado en Siria, mientras que Israel ha desgastado enormemente a los integrantes del Eje de la Resistencia en los últimos meses, especialmente a un Hezbolá que en el pasado se volcó en la guerra siria.
Además, Siria ha sido el único miembro del Eje que no se ha involucrado en la guerra de Gaza, ni siquiera cuando Israel atacó el consulado iraní en Damasco. La situación en el noroeste de Siria llevaba semanas calentándose y Asad no podía permitirse confrontar militarmente a Israel ni poner en riesgo los esfuerzos diplomáticos por normalizar su relación con Occidente. Así, el régimen sirio era consciente de que no podía esperar gran cosa de sus aliados regionales en su contraofensiva de la misma forma que Damasco no respondió a la señal de auxilio lanzada por Hamás desde Gaza.
El mapa del Eje de la Resistencia: Hamás, Hezbolá y otros aliados de Irán
Junto con la debilidad de Rusia e Irán, la posible retirada de las tropas estadounidenses de Siria tras la victoria de Trump, ya insinuada por el magnate y algunos de sus futuros secretarios, también ha estado detrás del movimiento de los rebeldes. La potencia norteamericana apoya a las tropas kurdas, que también se oponen al Gobierno sirio y firmaron una tregua con las fuerzas opositoras.
Con Asad refugiado en Moscú, la oposición liderada por HTS trata ahora de asentar su control en Damasco y mantener a raya el resto del país. Su líder, Abu Mohammed al Golani, ha encargado al hasta ahora primer ministro, Mohammad Ghazi al Yalali, la supervisión de las instituciones estatales y garantizar el funcionamiento de los servicios sociales mientras se decide el futuro de Siria. La oposición en el exterior reclama elecciones en 18 meses, pero aún está por ver qué pasos seguirán ahora los islamistas, que han conseguido legitimarse de cara a los sirios tras acabar con Bashar al Asad y gobernar en los últimos años la provincia de Idlib con cierto pragmatismo y tolerancia hacia otras religiones y minorías.