Decir que el Imperio romano cayó en 1453 con la toma de Constantinopla puede parecerle extraño a muchos. ¿Qué vínculo podía haber entre Roma y la ciudad que hoy conocemos como Estambul, más de mil años después de la caída del Imperio en Occidente? La respuesta está en lo que solemos llamar, con cierta distancia historiográfica, el Imperio bizantino. Pero lo cierto es que ese imperio era, en esencia, el Imperio romano. Su parte oriental, más antigua y más rica culturalmente, fue profundamente helenizada, y desde el siglo IV, cristianizada.
Sus habitantes no se llamaban a sí mismos bizantinos. Se consideraban romanos, y así se les reconocía. Tenían emperadores, ejércitos, leyes romanas y una capital, Constantinopla, fundada en nombre del emperador Constantino como la nueva Roma. Lo verdaderamente llamativo es que este imperio duró casi mil años más que su contraparte occidental. Cayó en 1453, cuando los otomanos quebraron sus poderosas murallas y pusieron fin a la última encarnación viva de la Roma imperial.
Este imperio muchas veces olvidado en los relatos tradicionales de la historia europea tiene su origen en la división del Imperio romano llevada a cabo por el emperador Teodosio I en el año 395. Antes de morir, Teodosio repartió el control del territorio entre sus dos hijos: Honorio recibió la parte occidental, con capital en Milán y luego en Rávena; mientras que Arcadio heredó la parte oriental, con su capital en Constantinopla. Roma dejó de ser el centro del imperio por una cuestión militar y geográfica: sus murallas ya no eran infranqueables, el río Tíber era navegable para los enemigos y se encontraba lejos del frente del norte, donde se libraban las batallas contra los bárbaros.
A su vez, la división respondía tanto a la lógica dinástica como a una necesidad práctica: el Imperio era demasiado extenso y complejo como para ser gobernado por una sola persona. Amenazado por invasiones en sus fronteras y crisis internas constantes, Teodosio creyó que repartir el poder entre sus herederos facilitaría la defensa y la administración del territorio. Aunque en teoría seguían siendo dos mitades de un mismo Imperio, en la práctica comenzaron a desarrollarse de forma independiente, con instituciones, lenguas y visiones del mundo cada vez más diferenciadas.
El tiempo marcaría el destino de estas dos mitades que terminarían dándose la espalda. El Imperio romano de Occidente estaba muy debilitado por conflictos internos, crisis económicas y presionado por las invasiones bárbaras, colapsando en el año 476, cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el jefe germano Odoacro.
Pero en Oriente, el Imperio resistió. Gracias a su riqueza, su urbanización y una administración más eficaz, el Imperio oriental fue capaz de sobrevivir al caos que se apoderó de Europa mil años más que su hermano occidental. Desde su capital, Constantinopla, sus gobernantes siguieron considerándose legítimos emperadores romanos. Con el paso de los años, el griego fue sustituyendo al latín como la lengua imperante en la cultura, y el cristianismo pasó de representar un culto minoritario a ser la columna vertebral de la identidad bizantina.
El término “bizantino” nunca fue utilizado por los propios habitantes del Imperio sino que se lo debemos a la historiografía moderna, quien lo adoptó por una razón geográfica e histórica: Constantinopla fue construida sobre la antigua ciudad griega de Bizancio, fundada en el siglo VII a.C. Llamarlo «Imperio bizantino» ha permitido a la academia distinguir esta etapa helenizada y cristiana del mundo romano respecto a su pasado clásico, aunque en el fondo nunca dejó de ser, o al menos en sus inicios, una prolongación del Imperio romano. Que la ciudad de nombre al imperio nos da una idea de la importancia económica, simbólica y militar de la antigua Bizancio.
Constantinopla, la joya estratégica del Bósforo
Pocas ciudades pueden presumir de haber sido codiciadas durante casi dos mil años. La actual Estambul, antes Constantinopla y antes Bizancio, fue la joya de tres imperios. Un deseo que se explica por su extraordinaria posición geográfica. Situada entre Europa y Asia, se extiende como una metrópolis bicontinental atravesada por el Bósforo, el canal que conecta el Mediterráneo y el mar de Mármara con el mar Negro, facilitando el comercio y la defensa. En esta estrecha garganta marítima se jugó el control del comercio, de la fe y del poder durante buena parte del milenio.
Tal era la fascinación que la ciudad despertaba tanto en Oriente como en Occidente que Napoleón llegó a decir que si la Tierra fuera un solo Estado, Estambul sería su capital. Pero más allá de la ciudad, Constantinopla era el corazón de un vasto poder imperial que, durante siglos, controló territorios en tres continentes.
La geopolítica de los estrechos de Turquía, el puente entre Asia y Europa
Ya sin su contrapeso occidental, la extensión del Imperio bizantino fue fluctuando a lo largo de los siglos, alcanzando su máxima expansión entre el año 527 y el 565, gracias al programa bélico de Justiniano I. Bajo su reinado, el imperio logró reincorporar las provincias perdidas en el Mediterráneo occidental, incluyendo la península itálica y el norte de África, llegando hasta la mitad sur de la península ibérica, completando prácticamente todo el arco mediterráneo a excepción del levante peninsular y el golfo de León, controlado por los reyes visigodos y los francos. Justiniano refundó la antigua Cartago como Carthago Spartaria –la actual Cartagena– y la hizo capital de la provincia de Spania. La península era, como ha sido siempre, un territorio clave en la geopolítica por su situación geográfica porque su dominio permite controlar y asegurar las rutas marítimas que unían el estrecho de Gibraltar con el mar Tirreno.
El masivo despliegue militar de Justiniano se vio acompañado por una profunda renovación jurídica cuyo eje fue el Corpus Iuris Civilis, el gran compendio del derecho romano. La cohesión de este proyecto, sin embargo, empezó a resquebrajarse casi de inmediato: la presión de los sasánidas, predecesores de los persas, en la frontera oriental, drenó hombres y recursos. Al norte de Constantinopla, eslavos y ávaros penetraron en los Balcanes y llegaron a hostigar las murallas de la capital; la gran epidemia de peste mermó la población y, con ella, gran parte de los recursos del Estado. A su vez, los lombardos penetraron en Italia, abriendo una brecha que redujo la presencia bizantina a un frágil corredor entre Rávena, Roma y Nápoles.
El lento declive
A lo largo de los siglos, el Imperio bizantino fue perdiendo paulatinamente sus territorios frente a enemigos cada vez más poderosos. En Occidente, las conquistas de Justiniano se desmoronaron con el tiempo: Italia fue arrebatada por los lombardos, el sur de Hispania se perdió, y los territorios balcánicos comenzaron a fragmentarse ante la presión de pueblos eslavos y búlgaros. Pero la amenaza más decisiva llegó desde el este: los turcos selyúcidas primero, y después los otomanos procedentes de Asia central, avanzaron sobre Anatolia, que representaba el corazón económico y militar del Imperio. Para el siglo XV, el antiguo imperio romano de Oriente se había reducido prácticamente a Constantinopla y algunos enclaves costeros aislados en lo que hoy es Grecia, difíciles de defender en un entorno cada vez más hostil.
Administrativamente, el imperio seguía usando la antigua organización romana, que dividía el territorio en cuatro grandes regiones: Oriente, Ilírico, Italia y África. Cada una de ellas se fragmentaba en distritos más pequeños llamados diócesis, y estas, en provincias aún más pequeñas, gobernadas por un cónsul, quien se encargaba de la justicia, de recaudar impuestos y de la administración local. Una organización que tuvo éxito porque también supo amoldarse a las necesidades militares, haciendo que algunas regiones fueran controladas directamente por el emperador si era necesario.
La lengua utilizada por los bizantinos desde que Constantino fundó Constantinopla como nueva capital del Imperio fue el griego, considerado un referente cultural por los romanos. Aunque el latín se mantuvo como lengua oficial durante los primeros siglos, especialmente en la administración y en la corte, con el tiempo quedó relegado frente al griego, que dominaba la vida cotidiana, la cultura y la liturgia en esta parte oriental del Imperio.
Aunque el Imperio bizantino se suele asociar con la cultura griega, su composición étnica y poblacional era mucho más diversa. Abarcaba territorios donde convivían griegos, armenios, sirios, egipcios, ilirios, tracios, árabes y más tarde eslavos, entre otros pueblos. Una diversidad que iría menguando a medida que lo hacía su territorio y especialmente frente al Islam en el siglo VII. La población se fue concentrando progresivamente en torno a las regiones de Grecia y la actual Turquía, y con ello fue tomando forma una identidad bizantina propia, marcada por el cristianismo ortodoxo y la centralidad de Constantinopla. Una muestra del peso religioso y simbólico de esta capital, cada vez más alejada de la órbita de Roma y de los Estados Pontificios, fue la construcción de Santa Sofía en el año 537: el templo más grandioso de la cristiandad durante casi un milenio, hasta la edificación de la basílica de San Pedro del Vaticano.
Con el paso de los siglos, la distancia política y religiosa entre Constantinopla y Roma se fue haciendo más evidente. Las diferencias doctrinales, el uso del griego frente al latín, el papel del emperador bizantino como cabeza de la Iglesia oriental y las tensiones por la autoridad papal desembocaron en el Cisma de Oriente en 1054, cuando las iglesias de Roma y Constantinopla se excomulgaron mutuamente. A partir de entonces, el cristianismo quedó dividido entre católicos y ortodoxos, marcando el primer gran movimiento disidente de la historia de esta fe antes de la Reforma Protestante.
Aislada del mundo católico, la capital bizantina terminó siendo traicionada por aquellos que en teoría debían ser sus aliados católicos: en 1204, durante la Cuarta Cruzada, fue saqueada por los propios cruzados que, en lugar de dirigirse a Tierra Santa, tomaron la ciudad y la ocuparon durante más de medio siglo. Esa fractura llegó al punto de no retorno en 1453, cuando los principales reinos cristianos de Occidente se negaron a intervenir ante el avance otomano, abandonando a Constantinopla a su suerte. Tan sólo un pequeño ejército genovés acudió en defensa de la ciudad ante el asalto otomano, encabezado por el sultán Mehmed II, quien acabó abriendo brecha en la poderosa muralla después de dos meses de asedio.
Era 29 de mayo de 1453. Caía Constantinopla, caía el Imperio bizantino y con él, el último heredero del Imperio romano después de más de mil años de historia. Una fecha que los historiadores suelen señalar como el fin de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna. Con la caída de la ciudad y el cierre de su estratégica ruta comercial entre Europa y Asia, los reinos cristianos, especialmente los ibéricos, buscaron nuevas vías hacia Oriente. Aquella búsqueda daría paso al descubrimiento de América y a la expansión de los imperios coloniales europeos.
Excelente repaso del Imperio bizantino. Gracias 🙂