En 1930 Catar contaba con apenas diez mil habitantes que se dedicaban principalmente a las perlas, la ganadería y el comercio a pequeña escala. Un siglo después, esta península de apenas 11.521 kilómetros cuadrados ―similar a la extensión de Kosovo― habitada por pescadores y camelleros se ha convertido en el primer exportador de gas licuado del mundo y en una potencia económica, geopolítica y empresarial.
La dinastía Al Thani, que llegó al poder hace 150 años, ha transformado la economía del país gracias a las ingentes reservas de hidrocarburos con las que cuenta el país ―entre ellas, la tercera bolsa de gas natural más grande del mundo―. También, todo sea dicho, a la instauración de un régimen dictatorial y retrógrado y a una mano de obra extranjera con unas condiciones laborales deplorables que supone casi el 90% de la población ―la mayoría proveniente de África y Asia meridional―. Es su aportación precisamente la que permite que los alrededor de 330.000 cataríes que residen en la península tengan uno de los PIB per cápita más altos del mundo.
Ahora, el Mundial de fútbol ha puesto el foco mediático en su territorio, pero la mayoría de análisis suelen centrarse en elementos comunes ―jeques opulentos, mujeres obligadas a ocultarse de pies a cabeza o rascacielos faraónicos― que dan buena cuenta del estado de los derechos humanos en la monarquía árabe pero no permiten profundizar en la red de influencias que ha conseguido tejer Doha ni en su geopolítica interna.
Curiosamente, la geografía es la principal baza y al mismo tiempo la principal amenaza de Catar. El país cuenta con una superficie diminuta y árida, un clima asfixiante y una escasez de recursos hídricos, lo que le obliga a importar cerca del 90% de la comida que consume, a acudir a la tecnología para cultivar de manera artificial una pequeña cantidad de productos agrícolas y a desalinizar más de la mitad de su suministro de agua, el cuádruple que hace dos décadas. Por si fuera poco, está solo unido a la península arábiga a través de Arabia Saudí, un vecino con el que compite por dominar la región y con el que mantiene unas relaciones tensas e inestables.
Riad de hecho acusó a Catar de financiar a grupos terroristas en Oriente Próximo y lideró en 2017 un bloqueo al pequeño país por tierra, mar y aire al que se sumaron diversas naciones musulmanas, entre ellas Baréin, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Libia, Maldivas y Yemen. En realidad, Doha había comenzado a seguir su propio camino diplomático, tratando de erigirse como un actor clave a nivel regional y negociando con actores tan dispares como Estados Unidos, Irán, Hamás, Israel o Turquía. Y Arabia Saudí, líder indiscutible hasta ese momento de Arabia, quiso cortar de raíz el afán de protagonismo catarí.
Pero cuatro años después, en los que Doha fue capaz no solo de sobreponerse contra todo pronóstico al bloqueo sino también de afianzar su crecimiento, las aguas volvieron a su cauce y los Estados árabes del golfo Pérsico volvieron a cooperar con Catar. En noviembre de 2021, después de reabrir su frontera con la península y como muestra de sus buenas intenciones, Arabia Saudí le cedió incluso una porción de territorio de la municipalidad de Jor al Adaid, cuya devolución ya había sido pactada pero fue interrumpida por la guerra del Golfo.
Dos fueron las conclusiones que el régimen de los Al Thani sacó del bloqueo: que estaba obligada a entenderse con Arabia Saudí, la cual llegó a plantear la construcción de un canal para convertir a Catar en una isla, y que debía insistir en su campaña internacional y reforzar sus lazos con otros países para que Riad no pudiera volver a aprovecharse de su aislamiento geográfico en un futuro. Con tal fin convenció por ejemplo a Baréin de retomar el proyecto del puente de la Amistad, una construcción de cuarenta kilómetros de longitud pactada en 2008.
Una potencia regional a todo gas
«Nunca antes un país tan pequeño y tan joven había conseguido tamaña relevancia a escala mundial», afirman Ignacio Álvarez-Ossorio e Ignacio Gutiérrez de Terán en Qatar. La perla del Golfo (Península, 2022). Y es que si la geografía terrestre es el mayor obstáculo de Catar, su ubicación privilegiada en el golfo Pérsico le ha granjeado unos beneficios y una capacidad de influencia al alcance de muy pocos. Se trata, no en vano, de una zona con un valor estratégico enorme, tanto por su potencial energético como por su importancia en el comercio global ―por el estrecho de Hormuz pasa el 30% del petróleo que se comercia por mar―.
Desde que se descubrió petróleo en sus costas en 1940, Catar ha experimentado un crecimiento vertiginoso de la mano del alza de los precios de los hidrocarburos. La abundancia económica acabó disparando la ambición de los Al Thani, que tras la invasión iraquí de Kuwait en 1991 se alejaron de los intereses de Arabia Saudí y comenzaron a seguir su propia política exterior basada en la diplomacia y el poder blando.
Poco después la monarquía autocrática catarí firmó un acuerdo de cooperación en defensa con Estados Unidos y construyó una base militar que acabó convirtiéndose en la mayor instalación del ejército norteamericano en el extranjero. En 1996 Catar también fundó el canal de televisión Al Jazeera para visibilizar su posición en el convulso panorama de Oriente Próximo, un medio que ha acabado por convertirse en el referente mediático del mundo árabe, y en 2011 abrió la vía diplomática del deporte al hacerse con el Paris Saint-Germain, uno de los equipos de fútbol más poderosos en la actualidad.
Asimismo, el país ha tratado de situarse como un mediador imprescindible en la región, participando en negociaciones en Palestina, Yemen, Sudán o Libia, al mismo tiempo que se erigía como un inversor clave en Nueva York, Londres y París. La crisis energética le ha llevado ahora a reforzar sus lazos con Europa, necesitado del gas licuado para sustituir el suministro ruso, mientras continúa utilizando el deporte y la celebración de grandes eventos internacionales para proyectar su imagen de potencia en todos los rincones del mundo.
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