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Israel y Estados Unidos son como algunos matrimonios viejos. Se lanzan pullas en público y se tiran los trastos a la cabeza en privado, pero seguirán juntos hasta el final. Hace décadas que Estados Unidos cuida de Israel diplomática, financiera, militar y tecnológicamente, por motivos tanto ideológicos como pragmáticos. El asedio israelí sobre Gaza es sólo el último episodio: Washington puede presionar a su mejor aliado para que deje entrar ayuda humanitaria, sufrir decepciones como el propio ataque de Hamás o darle celos con otros países, pero nunca abandonará a Israel.
Es cierto que los estadounidenses son más críticos con las políticas israelíes que hace unos años. En particular los más jóvenes. Sin embargo, su Gobierno seguirá del lado de Israel por interés geoestratégico desde la Guerra Fría, por conveniencia, por proximidad cultural y porque tanto la presión interna como el contexto regional no le permiten otra cosa. Tienen vínculos económicos, militares y sociales difíciles de romper. Incluso ahora que Washington intenta alejarse de Oriente Próximo para centrar sus esfuerzos en China, necesita a Israel más que antes.
Una alianza desde la Guerra Fría
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