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Mujeres quemando velos y cortándose el pelo en público, cánticos contra el Gobierno, destrucción de coches de la Policía de la Moral… Hacía muchos años que Irán no vivía un desafío tan grave a la República Islámica como las protestas de estos días. En las últimas dos décadas ha habido otros movimientos multitudinarios, como el de 2009 a raíz de las sospechas de fraude electoral, el de finales de 2017 a causa de la crisis económica, o el de 2019, que acabó con decenas de muertos y cortes de internet. Sin embargo, esta movilización es distinta, pues pone en cuestión el pilar religioso del régimen y llega en un momento especialmente delicado.
La mala situación económica, agravada por las sanciones occidentales y la mala gestión de la pandemia, ha minado la legitimidad del régimen. Por si fuera poco, la cúpula iraní se enfrenta a una potencial crisis de liderazgo en caso de fallecimiento del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, de 83 años y sobre el que circulan rumores de mala salud. Por ahora parece poco probable que las protestas consigan un cambio de sistema, pero demuestran que la República Islámica ha perdido popularidad y no tiene garantizado su futuro.
Estas protestas son diferentes
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