Maoísmo: la ideología china que revolucionó el mundo
Un hombre que soñó con convertir a China en la primera potencia del mundo, un autócrata que acabó con la vida de millones de personas, el padre de la República Popular China. Según quién cuente la historia, Mao Zedong es una cosa o la otra, o todas a la vez, y su pensamiento, el maoísmo, marcó la historia moderna como pocas ideologías lo han hecho. A punto de cumplirse 50 años de la muerte de Mao, entender cómo el maoísmo cambió el mundo es también entender buena parte de la Guerra Fría, de las luchas anticoloniales del Tercer Mundo y de la China que conocemos hoy.
El maoísmo nació de la fusión entre el marxismo, el leninismo y el estalinismo, adaptada a una realidad muy distinta a la europea: en lugar de apoyarse en el proletariado urbano, Mao construyó su revolución sobre el campesinado y la idea de una guerra popular prolongada desde las zonas rurales. A esa base añadió conceptos propios como la revolución permanente o la línea de masas, pensados para evitar que cualquier élite, incluido el propio Partido, frenara el impulso revolucionario. Esa desconfianza hacia el aburguesamiento explica desde las purgas internas hasta episodios como la Revolución Cultural.
Una ideología exportada antes incluso de llegar al poder
Mucho antes de que Mao proclamara la República Popular en 1949, su figura y sus ideas ya circulaban por el mundo gracias a libros como Estrella Roja sobre China de Edgar Snow, una de las herramientas de propaganda más eficaces del siglo XX. Ese relato de un revolucionario idealista que luchaba desde el campo convirtió al maoísmo en un modelo exportable para movimientos anticoloniales de todo el planeta, desde la Emergencia Malaya hasta el apoyo indirecto a la guerra de Corea, siempre supeditado a los intereses estratégicos de Pekín.
El verdadero motor internacional del maoísmo, sin embargo, fue la ruptura con la Unión Soviética a partir de 1957. Mao acusó a Jrushchov de traicionar el espíritu revolucionario con la desestalinización, y esa disputa por liderar el comunismo mundial aceleró procesos internos como el Gran Salto Adelante y alimentó el apoyo chino a movimientos como los naxalitas en la India, Sendero Luminoso en Perú o los propios Jemeres Rojos en Camboya. Incluso el histórico acercamiento entre Mao y Nixon en los años setenta solo se entiende como una jugada de realpolitik frente al enemigo soviético.
De Mao a Xi Jinping: los líderes de China desde la Revolución Comunista
El maoísmo hoy: de la Revolución Cultural a Xi Jinping
En Occidente, el maoísmo dejó una huella más cultural que organizativa: sin su influencia no se entienden del todo el Mayo del 68 francés, las Panteras Negras en Estados Unidos o grupos armados como las Brigadas Rojas italianas. Fue, como se explica en el episodio, un significante vacío que distintos movimientos llenaron con sus propias aspiraciones revolucionarias, desde el antiimperialismo hasta los primeros estudios poscoloniales. En el sur global su legado fue más desigual: triunfó en casos como Zimbabue, se mantiene activo en los naxalitas indios y fracasó estrepitosamente en experimentos como el de los Jemeres Rojos.
Dentro de la propia China, la muerte de Mao en 1976 abrió un proceso de desmaoización que se consolidó tras Tiananmen, pero su figura nunca desapareció del todo. Con Xi Jinping, el maoísmo ha vuelto a activarse como símbolo: el culto a la personalidad, el peso creciente del ejército o la proyección de China como alternativa al modelo occidental beben directamente de la estrategia que Mao diseñó frente a la URSS. Cómo el maoísmo cambió el mundo, y cómo sigue haciéndolo hoy a través de guerrillas, propaganda y diplomacia china, es precisamente lo que se analiza con detalle en este episodio de No es el fin del mundo.
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