El 16 de octubre de 2022 fue un día marcado en rojo en el calendario político chino: ese día se celebró el vigésimo Congreso del Partido Comunista chino (PCCh), el evento más importante del aparato dictatorial del país, del cual resulta elegido el líder supremo del gigante asiático durante los cinco años siguientes. En aquella ocasión, Xi Jinping fue reelegido para su tercer mandato consecutivo, una cifra con la que superará a sus dos antecesores más inmediatos y que le acercará a la duración del régimen de Mao Zedong (1949-1976), fundador del PCCh y de la República Popular China, o del periodo reformista de Den Xiaoping (1978-1993).
Precisamente, fue Deng Xiaoping el que introdujo los límites temporales para los altos cargos chinos con el objetivo de evitar que se repitiera la acumulación de poder que caracterizó al periodo de Mao Zedong, que causó estragos en la sociedad china con su Gran Salto Adelante (1958-1962) o Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1976). Pero Xi acabó con esa norma en 2018 tras una reforma de la Constitución y despejó el camino hacia un mandato indefinido, «una medida clave para modernizar el sistema de China y la capacidad de gobernanza», a su modo de ver.
Con un fuerte apoyo entre sus subordinados, Xi Jinping no tuvo ningún obstáculo para convertirse de nuevo en el jefe del partido ―secretario general del PCCh―, de la milicia ―presidente de la Comisión Militar Central― y del país ―presidente de la República Popular de China―. La conjunción de los tres cargos lo mantiene en la actualidad como líder supremo de China, un título informal con el que se suele hacer referencia al cabecilla político del país que ganó prominencia durante la era de Deng Xiaoping, que pudo gobernar a pesar de no poseer ningún cargo significativo a nivel nacional.
Deng intentó establecer una gobernanza más colegiada ―los excesos de Mao se achacaron a la concentración de poder― e hizo que los tres cargos más importantes del país recayeran sobre tres personas distintas, de forma que el líder supremo se convirtió en un «primero entre iguales» que tenía que consensuar sus decisiones con el Comité Permanente del Politburó del partido.
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A pesar de sus esfuerzos, los tres puestos volvieron a recaer sobre la misma persona a partir de 1993, una situación que se ha mantenido hasta el ascenso del propio Xi, aunque en realidad los líderes que han sucedido a Deng obtienen su poder real del cargo de secretario general del Partido Comunista de China. La presidencia, de hecho, cumple en parte una función ceremonial de acuerdo con la constitución del país. En este sentido, se considera que Xi Jinping se erigió en líder supremo en 2012 al convertirse en el líder del partido y no en 2013 cuando sucedió a Hu Jintao como presidente.
Pero a diferencia de sus predecesores, el actual presidente ―título con el que se le reconoce en la escena internacional― está trabajando para revertir los mecanismos de control al poder que estableció Deng Xiaoping y, aparte de acabar con el límite temporal a su mandato, ha creado dos nuevos cuerpos: la Comisión de Seguridad Nacional y el Grupo Líder Central para las Reformas Comprensivas, encargados de marcar la dirección de las políticas dirigidas a garantizar la seguridad nacional y la correcta implementación de las reformas económicas, respectivamente. En la práctica, ambos organismos, encabezados por el secretario general, son un instrumento para concentrar todavía más el poder en el actual líder.
Xi llegó al poder prometiendo ahondar en el aperturismo y la proyección internacional de China, pero su segundo mandato ha estado marcado por su deriva autoritaria, nacionalista y cada vez más hermética en un contexto político dominado ya de por sí por un partido único que permea todos los estratos de la sociedad. Una situación que amenaza la capacidad diplomática y de negoción con Occidente, que había sido más habitual en las últimas fechas.
La desaceleración económica provocada por la política de «cero covid», la crisis inmobiliaria y demográfica, la confrontación con Estados Unidos o la guerra en Ucrania son solo algunos de los retos que tendrá que afrontar el país ―y su líder― en plena celebración del Congreso del Partido Comunista chino.








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