Ya sea por Taiwán o las disputas en el mar de la China Meridional, las reclamaciones territoriales de la República Popular China no son coincidencia. Aunque construidas a lo largo del siglo XX, están arraigadas en el mapa de la dinastía Qing, que gobernó China desde 1644 hasta 1912 y llevó al país a su mayor esplendor durante el siglo XVIII. En su apogeo, el este imperio llegó a convertirse en el cuarto más grande de la historia, englobando los territorios que el Estado actual reclama hoy en día, y más allá.
El auge de la dinastía Qing
La dinastía Qing fue fundada en 1636 en la región de Manchuria. Aprovechando la debilidad interna y el descontento popular contra la gobernante dinastía Ming, los manchúes tomaron Pekín en 1644, aunque no consolidaron su control sobre China hasta 1683, tras someter a los últimos leales a los Ming.
El imperio entró entonces en su Edad Próspera, que se extendió de 1683 a 1839. Combinando el poderío militar manchú y mongol con la sofisticación administrativa de la burocracia Ming, el nuevo imperio logró crecimiento económico y expansión territorial. La estabilidad política impulsó el crecimiento demográfico, que amplió la base fiscal y alimentó un ciclo virtuoso de prosperidad. Mediante una mezcla de coacción y asimilación, los Qing también lograron gobernar una población vasta y étnicamente diversa.
En su apogeo, la dinastía Qing consolidó la visión de China como el centro del mundo: el “Reino Medio”. Hasta 1790, bajo el emperador Qianlong, el imperio alcanzó su mayor extensión territorial. A través de una serie de campañas militares, se extendió integrando territorios como Taiwán, el Tíbet, Xinjiang y Turkestán, mientras que otros, como las actuales Nepal, Vietnam y Corea, permanecieron como Estados tributarios que reconocían la supremacía china. Las fronteras se estabilizaron bajo el mandato de su hijo, el emperador Jiaqing, hasta 1820, antes de que comenzara el declive del imperio.
El Siglo de la Humillación
El comienzo del declive de la dinastía Qing puede rastrearse hasta las guerras del Opio, que comenzaron en 1839. Las potencias coloniales occidentales, atraídas por la riqueza de China, buscaron imponer su sistema de intercambio comercial y diplomático, que chocaba con el tradicional sistema tributario chino, bajo el cual se esperaba que los extranjeros se sometieran a la autoridad del emperador.
El conflicto se desencadenó cuando China intentó frenar el comercio ilegal de opio que el Reino Unido llevaba a cabo en su territorio. Tras perder la primera guerra del Opio contra el ejército británico, China se vio obligada a firmar una serie de tratados desiguales, cediendo Hong Kong y dejando a los ciudadanos extranjeros exentos de la ley china en suelo chino, en una gran cesión de soberanía. Al mismo tiempo, el imperio se desgarraba desde dentro. La Rebelión Taiping (1850-1864) y la de los bóxers (1900), entre otros levantamientos, pusieron de manifiesto la creciente debilidad e impopularidad de la dinastía Qing.
Ya en 1894, Japón atacó China y se apoderó de Taiwán y Corea, una derrota que resultó devastadora para el prestigio chino. Ya no eran sólo las potencias occidentales las que humillaban al Reino del Centro. A partir de ese momento, la dinastía Qing entró en un declive irreversible, agravado por la corrupción y una creciente inestabilidad interna. Todos estos eventos conforman lo que en China se denomina hoy como el Siglo de la Humillación, un período de trauma nacional que culminó con la Revolución Xinhai de 1911, un levantamiento militar que derrocó al último emperador y puso fin al gobierno imperial. A raíz de ello, se creó la República de China en 1912, pero el nuevo gobierno nunca logró estabilizar el país, sacudido por señores de la guerra, la invasión japonesa de 1937 y la guerra civil entre nacionalistas y comunistas.
Un legado de grandeza y conflictos en China
En 1949, Mao Zedong proclamó la República Popular China tras derrotar a los nacionalistas, que se refugiaron en Taiwán. Desde su llegada al poder, el Partido Comunista chino ha convertido en una misión fundamental restaurar el prestigio nacional de China y reparar los agravios infligidos por las potencias extranjeras durante el Siglo de la Humillación. Aunque formalmente ha recuperado muchos territorios, algunos de ellos como el Tíbet, la región de Xinjiang o Hong Kong siguen siendo fuente de tensión, sometidos a una fuerte presión política contra sus movimientos independentistas.
Taiwán es un caso aparte: un territorio que la China continental aún no ha recuperado formalmente. La isla fue conquistada bajo la dinastía Qing, pero pasó a manos de Japón en 1895, convirtiéndose en su colonia hasta la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial. La situación se complicó más con la guerra civil china (1945-1949), durante la cual el Gobierno nacionalista del Kuomintang se refugió en Taiwán, estableciendo allí un gobierno rival al Partido Comunista. Ambos gobiernos reclamaban representar a la China legítima. Desde entonces, Taiwán permanece fuera del control de Pekín, en una ambigüedad política que implicaría la existencia de dos Chinas y, por lo tanto, sigue siendo una herida abierta del Siglo de la Humillación, según la narrativa del Partido Comunista, que reivindica la existencia de una sola China.
La reunificación total se ha convertido en un elemento central de la identidad nacional china y de la narrativa del Partido Comunista. Desde sus primeros años en el poder, cuando necesitaba consolidar su legitimidad y apoyo popular, el partido se presentó como la única fuerza capaz de devolver a China la gloria del apogeo durante la dinastía Qing, resistir la intervención extranjera y cerrar definitivamente el Siglo de la Humillación. Décadas después, esa narrativa explica tanto la presión sobre las regiones independentistas, como el deseo de tomar el control de Taiwán, cuya reintegración representaría la victoria definitiva y simbólica del proyecto del Partido Comunista para restaurar la grandeza de China.