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El sector inmobiliario es un arma de doble filo para China. Representa un 26% del PIB, pero sus compañías más grandes —Evergrande, Sunac y Country Garden— se dirigen a la quiebra. Esta última sufrió caídas de ventas del 44% anual los primeros seis meses de 2022 y cayó en bolsa un 70% en 2023. Dos tercios de los promotores que pidieron préstamos internacionales ya han hecho impago de su deuda. Entretanto, según recoge el Peterson Institute for International Economics, un 70% del patrimonio de los hogares urbanos chinos son bienes inmuebles, y la población sigue disminuyendo.
Es un círculo vicioso. Los promotores vendían viviendas sin completar para invertir el dinero en otros proyectos. Cuando en 2020 se restringió el crédito al que podían acceder las inmobiliarias mediante “tres líneas rojas” (límites entre deuda y efectivo, activos y patrimonio neto, más la obligación de revelar detalles sobre su deuda), su modelo de financiación se vino abajo. Esto ha ahondado la desconfianza de los consumidores y su preferencia hacia compañías apoyadas por el Estado, con menos expectativas de quiebra. Es el cóctel perfecto para una crisis en el gigante asiático.
¿Cómo ha llegado China hasta aquí?
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