La salida de Donald Trump de la Casa Blanca no iba a poner fin a la disputa entre China y Estados Unidos. Menos previsible, sin embargo, era que la Administración de Joe Biden pudiera movilizar tan rápido y con tanta determinación a sus aliados para formar un frente contra Pekín. En los últimos meses, Estados Unidos ha reforzado las relaciones con el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, más conocido como Quad, que en 2020 había dado pasos para afianzarse como alianza, y ha convencido a sus socios europeos de que es el momento para aumentar la presión sobre China. Occidente quiere jugar la carta de los derechos humanos, pero lo que le preocupa en realidad es la estabilidad de las rutas comerciales que atraviesan el Pacífico.
El Quad se refuerza con la llegada de Biden
Desde que el Quad resucitase en 2017, Japón, Estados Unidos, India y Australia han dado pasos importantes para afianzar la alianza, sobre todo desde octubre de 2020, cuando celebró la segunda cumbre entre los responsables de Exteriores de los cuatro países. Reunidos en Tokio, donde el Gobierno del recién nombrado primer ministro japonés, Yoshihide Suga, aprovechó para reforzar la posición de su país como líder regional, los cuatro reafirmaron su compromiso con la defensa de la estabilidad en el Indo-Pacífico.
El tema principal de la discusión fue la necesidad de contener a China, cada vez más firme en sus aspiraciones territoriales. Así lo reconoció Estados Unidos, que aseguró que una motivación determinante fue la sucesión de encontronazos que sus tres socios habían tenido con Pekín en los dos últimos años. Pero no todos los miembros de la alianza todavía se atreven a confrontar a China en público. India, por ejemplo, evitó referirse al país en el comunicado que emitió tras la reunión por temor a un repunte de las tensiones con Pekín en su frontera.
Fruto de esa cumbre, eso sí, fue que India invitó en noviembre a Australia a participar en los juegos Malabar, unas maniobras navales que organiza cada año en la bahía de Bengala y en los que Estados Unidos y Japón ya eran habituales. El gesto tiene peso histórico: desde su independencia, la política exterior de India ha venido marcada por el principio de no alineamiento, que durante la Guerra Fría le llevó a no tomar partido por Estados Unidos o la Unión Soviética, y que ahora debería aplicar también con China. Sin embargo, al organizar unos ejercicios de guerra con los cuatro miembros del Quad, Nueva Delhi mandó el mensaje inequívoco de que no dudaría en echar mano de la alianza si percibe a China como una amenaza. Aun así, India sigue tratando de no provocar a su vecino, y no es seguro que los ejercicios Malabar acaben siendo una actividad institucional del Quad.
Noviembre marcó también la victoria de Joe Biden en las elecciones de Estados Unidos. Para acallar los rumores de que su Administración sería menos dura con China, tras su investidura en enero no tardó en llamar a los líderes de Japón, Australia e India para reafirmarles su compromiso con el grupo. De hecho, su secretario de Estado, Antony Blinken, organizó en febrero una reunión informal virtual con sus homólogos de esos países, y Biden hizo lo propio en marzo, también a distancia, en la que fue la primera cumbre de los cuatro líderes del Quad.
Aparte de las reuniones, Estados Unidos prepara un mayor despliegue de fuerzas en el Pacífico. El Ejército le ha presentado al Congreso un plan para instalar sistemas de misiles de precisión en la “primera cadena de islas”, una línea imaginaria entre territorios como Taiwán, la isla japonesa de Okinawa y Filipinas que China considera su primera línea de contención frente a la injerencia extranjera en el Pacífico. La propuesta también contempla el despliegue de misiles antiaéreos en la “segunda cadena de islas”, que cubre todo Japón, Guam y parte de Indonesia. Estados Unidos teme que en los próximos seis años China trate de darle la vuelta al equilibrio de fuerzas en esas aguas, y considera necesario instalar ese sistema de disuasión para evitarlo.
De aprobarse el plan, China responderá. Ya hay un precedente de 2017: Estados Unidos se disponía a desplegar el sistema THAAD en Corea del Sur para interceptar misiles balísticos de Corea del Norte. Pekín alegó que los radares del sistema podían servir a Washington para espiarle, así que amenazó con romper relaciones y lanzó una guerra comercial contra Corea del Sur que hizo tambalear a algunas de sus empresas principales. La presión fue tal que los surcoreanos cedieron y, además de retirar el sistema antimisiles, se comprometieron a no formar parte de ninguna alianza militar con Japón y Estados Unidos, lo que explica en parte por qué Seúl de momento no se ha integrado en el Quad.
China reclama lo que cree suyo
China no va a dar su brazo a torcer. La soberanía territorial es un pilar básico de su Gobierno y recuperar los territorios que perdió durante la época colonial es prioritario en su política exterior. Para Pekín, los últimos movimientos de Estados Unidos en el Indo-Pacífico prueban que utiliza a sus aliados para fortalecer su propia posición y evitar que China le tome la delantera. Así lo ha expresado a través de un vocero del régimen, el diario Global Times, donde ha insistido en que a China en el Indo-Pacífico solo le interesa promover los proyectos de su Nueva Ruta de la Seda. Y, mientras invita al entendimiento entre naciones, no deja de avisar a Estados Unidos de que un error de cálculo podría causar un enfrentamiento entre las dos potencias nucleares.
Con Taiwán, China se ha andado con menos rodeos. Al poco de que Biden jurase el cargo en Estados Unidos y quedara claro que el nuevo presidente mantendría el apoyo militar y político a la isla, el portavoz del Ministerio de Defensa Nacional de China aseguró que la insistencia de Taiwán en su independencia llevaría a ambos a la guerra. China, que desde 1949 reclama la soberanía de la isla, con frecuencia presiona al Gobierno taiwanés con aviones de combate que sobrevuelan su espacio aéreo, una táctica de intimidación orientada a que Taiwán no pueda distinguir una provocación rutinaria de un ataque verdadero.
Pero la presión territorial de China va más allá. Un ejemplo es su disputa con Japón por las islas Senkaku, un archipiélago que los chinos controlaron hasta la conquista japonesa a finales del siglo XIX y que tiene importantes reservas de gas y petróleo que beneficiarían las economías de los dos países. Para dejar claro que pretende recuperarlo incluso por la fuerza, China aprobó a principios de 2021 una ley que permite a sus guardacostas abrir fuego contra barcos e infraestructuras extranjeras que se encuentren dentro de lo que el país reclama como su territorio.
Como en el caso de Taiwán, los guardacostas chinos amedrentan a los marinos japoneses violando sus aguas territoriales. Saben que de enfrentarse tienen todas las de vencer: los guardacostas japoneses no pueden usar la fuerza. No extraña, por tanto, que varias voces en Japón sean favorables no solo al despliegue de los misiles estadounidenses, sino también a patrullar el archipiélago de manera conjunta.
Europa entra en el juego
De todas formas, Japón contará pronto con otros aliados para patrullar esas aguas: el Reino Unido, Francia y Alemania han anunciado planes para reforzar su presencia en el Indo-Pacífico en apoyo a las democracias de la zona. El Reino Unido enviará durante la primavera de 2021 el portaaviones HMS Queen Elizabeth a las aguas niponas para acompañar a las Fuerzas de Autodefensa japonesas después de que los dos países firmaran, junto con Estados Unidos, un acuerdo trilateral de cooperación naval en 2019.
Desde que China recortara las libertades políticas en Hong Kong en julio de 2020, el Reino Unido ha sido más proclive a confrontar al país asiático. Londres acusó a Pekín de violar el acuerdo de traspaso de la excolonia británica, pues el Gobierno chino se comprometió a respetar la autonomía de Hong Kong hasta 2047. Además, los británicos están estudiando incorporar a Japón a los Five Eyes, su alianza en materia de inteligencia con Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y que cada vez parece más centrada en contener a Pekín.
Francia y Alemania, las dos grandes potencias de la Europa continental, tampoco quieren quedarse al margen. Los dos publicaron, en 2019 y 2020 respectivamente, estrategias nacionales que reconocen la importancia de la región para sus intereses. Francia tiene allí territorios de ultramar y cualquier amenaza a la estabilidad en la zona supone un riesgo directo para su seguridad nacional. Pero Alemania, que no los tiene, defiende su presencia para preservar la libertad de navegación en las rutas comerciales que atraviesan el mar del sur de China y el océano Índico, de las que depende gran parte del comercio mundial y por tanto su economía. En ese contexto, París lideró en abril un ejercicio naval en la bahía de Bengala con los cuatro miembros del Quad, y Berlín valora aceptar la petición de Japón de realizar maniobras conjuntas en sus aguas este verano.
Los europeos también excusan su unidad frente a la creciente influencia de China en la defensa de los derechos humanos. Ya a mediados de 2020 Francia levantaba la voz contra los abusos de Pekín contra la población uigur en Xinjiang. Pero, a raíz de que el Gobierno de Donald Trump tildase esos actos de genocidio a principios de 2021, Europa se ha sentido más envalentonada para presionar a China, hasta el punto de que la Unión Europea le ha impuesto sanciones por violar los derechos de la minoría musulmana. A todas luces, Estados Unidos parece haber dado con la tecla para animar a sus socios occidentales a ser más intransigentes con Pekín.
Por ello es muy probable que en los próximos años Washington siga adelante con su intención de formar un frente contra China muy cerca de sus fronteras, más ahora que Biden ha dejado claro que pretende contenerla con una colaboración estrecha con sus aliados. A sus socios asiáticos les une la preocupación por su seguridad territorial, mientras consigue el apoyo de cada vez más potencias europeas con el pretexto de la defensa de unos derechos civiles que obvian en otras zonas del mundo, según sus intereses económicos.