Shinzo Abe: nueve años de reformas en Japón - El Orden Mundial - EOM
Política y Sociedad Asia-Pacífico

Shinzo Abe: nueve años de reformas en Japón

Shinzo Abe: nueve años de reformas en Japón
Fuente: elaboración propia.

Los casi nueve años de mandato de Shinzo Abe (2006-2007 y 2012-2020) han sido clave para Japón. Aunque el ya ex primer ministro no consiguió arreglar la maltrecha economía, sí revirtió el aumento descontrolado de la deuda pública y abrió nuevos mercados a las empresas japonesas. También aumentó las capacidades militares del país y centralizó el control del Gobierno en defensa y política exterior. Ante todo, Abe sentó las bases de un Japón cada vez más asertivo y que aspira a recuperar el dinamismo económico del siglo pasado.

Shinzo Abe ha dejado un Japón muy diferente al que encontró cuando llegó al poder. Gobernó primero entre 2006 y 2007, siendo uno de los dieciséis primeros ministros que hubo entre 1989 y 2012. Pero su segundo mandato, desde ese año hasta septiembre de 2020, ha sido el más largo de un líder japonés desde la llegada de la democracia. Sus ocho años de gestión estuvieron marcados por la reforma económica, la mejora de las capacidades defensivas y la reestructuración de las relaciones diplomáticas del país.

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Esa gestión le valió una tasa de aprobación inusualmente estable durante todo su mandato, lo que le permitió ganar tres elecciones generales consecutivas. Sin embargo, una enfermedad crónica le obligó a dimitir a sus 65 años en agosto de 2020, en plena pandemia de coronavirus. Su sucesor, Yoshihide Suga, ha sido muy cercano a Abe durante toda su carrera: fue ministro en su primer Gobierno entre 2006 y 2007 y secretario jefe de su Gabinete desde 2012. Si, como se espera, Suga gana las elecciones de octubre de 2021, tendrá que manejar con habilidad el legado de Abe para evitar tirar por tierra los logros de la última década.

Abenomics, una reforma económica a medio gas


Cuando Abe volvió al poder en 2012, la economía de Japón estaba gravemente dañada. El país arrastraba el peso de las crisis financieras de 1997 y 2008, que obligaron a sus empresas a recortar gastos y trasladar operaciones al extranjero, y del terremoto y el tsunami que en 2011 asolaron el este del territorio, reduciendo la producción económica aún más. Todo ello se vio agravado por el rápido envejecimiento de la población y la caída de la tasa de natalidad, dos problemas crónicos del archipiélago que han aumentado el número de personas dependientes del Estado, causando un gigantesco aumento de la deuda pública.

Además, para 2012 la productividad laboral de Japón era cada vez menor, igual que sus exportaciones, y la moneda nacional, el yen, había perdido gran parte de su valor. Temerosa de una recesión, la población era reacia a gastar dinero, lo que redujo el consumo, así que el PIB se contrajo y la economía japonesa se estancó. La complicada situación del país quedó evidenciada cuando China le arrebató en 2010 el puesto de segunda economía más grande del planeta.

Ante tal panorama, en 2012 Abe presentó las Abenomics, un ambicioso paquete de reformas económicas. Inspirándose en una vieja fábula japonesa, su programa constaría de tres “flechas” que, sin bien eran frágiles por separado, triunfarían juntas: una política monetaria expansiva, una política fiscal flexible y un conjunto de reformas estructurales para acompañarlas.

La política monetaria expansiva ha consistido en la compra de deuda pública por parte del Banco de Japón. El objetivo era poner más dinero en manos de los bancos privados para que pudieran asumir mayores riesgos y ofrecer préstamos con un tipo de interés más bajo. Así, los individuos y empresas que lo necesitasen lo tendrían más fácil para conseguir dinero y aumentar su consumo, reactivando la economía. Abe se propuso alcanzar una tasa de inflación del 2%, que indicaría un crecimiento económico estable, y reducir el desempleo, que en 2012 estaba por encima del 4%.

Casi nueve años después, solo el segundo de los objetivos de Abe se ha cumplido: el paro quedó en el 2,34% en 2020. Sin embargo, y aunque el banco central ha adquirido alrededor de la mitad de la deuda pública del país, Japón todavía está lejos de estabilizar su inflación en el 2%. Este fracaso se debe en parte a la subida de impuestos que Abe impuso como parte de la segunda fecha de las Abenomics: la política fiscal flexible.

Esta segunda flecha pretende estimular el crecimiento económico a corto plazo invirtiendo dinero público en construir infraestructuras críticas, como carreteras o puentes. Paralelamente, el Gobierno necesitaba reducir el déficit fiscal —la diferencia entre los ingresos y gastos del Estado—, que en 2012 rondaba el 8% del PIB. Por eso, y para costear el cada vez mayor gasto en sanidad y pensiones, en 2014 Abe subió el impuesto al consumo que había aprobado la administración anterior, del 5% al 8%. Estaba previsto que el impuesto se elevara hasta el 10% de nuevo en 2015, pero el aumento se retrasó hasta 2019 porque los salarios aún no crecían al ritmo esperado, y un nuevo aumento impositivo podía contraer de nuevo el consumo.

El resultado de la política fiscal de Abe ha sido moderadamente positivo. El déficit fiscal se redujo más de la mitad, alcanzando un 2,8% del PIB en 2019. Eso situó a Japón cerca de la consolidación fiscal, es decir, de poder sufragar todo el gasto público con sus propios ingresos. También se frenó el crecimiento de la deuda pública, aunque el país sigue teniendo la más elevada del planeta. De todos modos, tras desencadenarse la crisis del coronavirus en 2020, el Gobierno aprobó nuevas partidas de gasto extraordinarias que tendrán efectos adversos en este sentido.

Por último, Abe lanzó varias reformas para reactivar la economía por el lado de la oferta aumentando la productividad y la fuerza laboral. Para conseguirlo, por ejemplo, desreguló el mercado laboral y liberalizó sectores como el de la energía para crear empresas más competitivas. Aunque el número de trabajadores ha aumentado, las reformas laborales no han conseguido incentivar su productividad: aumentó en el sector industrial, pero cayó en el sector servicios, que emplea a más de la mitad de la fuerza laboral japonesa. El primer ministro también se marcó el objetivo de que para 2020 al menos un 30% de los directivos de las empresas japonesas fueran mujeres, para aumentar su participación en la economía y su presencia en puestos de poder, pero hasta ahora solo llegan al 10%.

Sin embargo, Abe encontró una alternativa para compensar el fracaso parcial de estas reformas: el Tratado Integral y Progresivo de Asociación Transpacífico (CPTPP por sus siglas en inglés), sucesor del fracasado TPP. Este acuerdo de libre comercio, que Abe promovió, incluye a once países de ambas orillas del Pacífico y lleva vigente desde 2018. El pacto es vital para la estancada economía japonesa, dándole un acceso sin precedentes a nuevos mercados. Japón también firmó en 2019 un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea que se espera aumente las exportaciones japonesas y la inversión extranjera en el país.

Al menos por ahora, las Abenomics no han sido un éxito, teniendo en cuenta que el PIB de Japón en 2019 era considerablemente más bajo que en 2012. Pero, por haber reducido el déficit fiscal y el desempleo, y por haber abierto nuevos mercados internacionales para sus empresas, tampoco han sido un fracaso. Ante la falta de alternativas, se prevé que el sucesor de Abe, Yoshihide Suga, siga la misma línea.

¿Una nueva militarización?

Aunque la política económica fuese uno de los estandartes de su Gobierno, el mandato de Shinzo Abe tuvo más impacto en defensa, ámbito que reforzó centralizando la toma de decisiones y ampliando las capacidades militares de Japón. El primer ministro buscaba así afrontar con determinación la cada vez más complicada situación regional. Por un lado, Corea del Norte ha continuado desarrollando su programa nuclear con al menos cinco pruebas en la última década. Por otro, al crecimiento económico de China se le ha sumado la rápida mejora de sus capacidades militares, impulsadas por un incremento sin precedentes de su presupuesto militar. El Gobierno chino cada vez es más ambicioso reclamando territorios y movilizando sus operativos en el mar de la China Oriental, donde se disputa con Tokio la soberanía de las Islas Senkaku.

Aunque Japón cuenta con Estados Unidos como aliado para enfrentar estas amenazas —incluso en materia espacial—, Abe tuvo siempre presente que un eventual cambio de fuerzas en la región puede alejar a Japón de Washington en cualquier momento. No en vano, los misiles balísticos norcoreanos ya pueden alcanzar territorio estadounidense, y si la amenaza norcoreana se vuelve más seria EE. UU. podría optar por reducir sus compromisos defensivos con sus aliados en la zona.

Por eso, y aunque le valiera acusaciones de promover una agenda nacionalista, Abe se centró en recuperar la soberanía de Japón en materia de seguridad nacional. Desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, las capacidades militares japonesas han estado restringidas por el artículo 9 de la Constitución. Sancionado por Estados Unidos, que deseaba mantener al país a raya tras vencerlo en 1945, el artículo compromete a Japón al pacifismo y a renunciar a un ejército propio. Desde entonces, los japoneses han dependido de Washington para su seguridad. Las únicas fuerzas armadas de Japón son las Fuerzas de Autodefensa (JSDF), un reducido grupo creado en 1954 y con competencias muy limitadas.

Abe presionó para revisar ese artículo desde el principio de su segundo mandato. Aunque no consiguió recabar suficiente apoyo para reformar la Constitución, en 2015 sí logró aprobar una ley para expandir tímidamente las capacidades militares del país. Por ejemplo, si antes las JSDF solo podían responder a un ataque contra territorio japonés, ahora pueden hacerlo bajo el principio de defensa colectiva, es decir, defendiendo a sus aliados si son agredidos y se justifica que esa agresión supone una amenaza para Japón. También pueden participar en misiones de apoyo internacional a la paz, lo que permite a Japón aumentar su presencia en el extranjero.

En su primer mandato, además, Abe ya elevó la Agencia de Defensa al nivel de ministerio, dejando entrever cuál sería su política a su vuelta en 2012. En 2013 creó el Consejo de Seguridad de Japón, en el que los responsables de la seguridad del Estado diseñan respuestas para las amenazas a las que se enfrenta el país. El Consejo coordina el resto de agencias de seguridad y el primer ministro tiene la última palabra sobre sus decisiones. Para apoyar sus funciones, se creó también la Secretaría de Seguridad Nacional en 2014. Uno de los logros más relevantes del nuevo organigrama fue la redacción de la primera Estrategia Nacional de Japón en 2013, con tres puntos principales: mejorar la capacidad de defensa territorial de Japón, reforzar su alianza con Estados Unidos y cooperar en materia de seguridad con otros países, especialmente asiáticos.

El énfasis en la defensa territorial responde a la creciente inestabilidad en el noreste asiático. Para responder a las constantes provocaciones de China en las islas Senkaku —sus buques han violado las aguas territoriales de Japón más de seiscientas veces en los últimos años—, Tokio ha autorizado a las JSDF a defender la zona de posibles ataques. También ha desplegado misiles tierra-aire en el archipiélago y ha invertido en sistemas de monitorización y reconocimiento para mejorar su capacidad de reacción.

Algo similar ocurre con Corea del Norte. El régimen de Kim Jong-un continúa desarrollando armamento nuclear y misiles balísticos para disuadir a Estados Unidos de expandir su influencia en la región, y Japón, como aliado de Washington y por cercanía geográfica, puede convertirse fácilmente en un blanco para Pyongyang. De hecho, Corea del Norte testó varios misiles en el mar de Japón en 2017, lo que llevó al Gobierno japonés a adquirir más material militar.

Con todo, Tokio sabe que su mejor baza para defenderse sigue siendo la alianza con EE. UU. Washington tiene desplegadas multitud de tropas en el país y, más importante aún, hace de paraguas nuclear de Japón. Consciente de que la situación en la región solo ha empeorado desde 2012, Abe instó a Estados Unidos a extender sus compromisos defensivos. Logró convencer a dos presidentes con prioridades estratégicas tan dispares como Barack Obama y Donald Trump de que se comprometieran a defender el país ante una agresión china, pese a que Trump llegó a amenazar a Japón con abandonarlo a su suerte si no pagaba más a Estados Unidos por su defensa. Además, en los últimos años los dos países han reforzado las instituciones que gobiernan su alianza y mejorado los mecanismos de planificación y coordinación bilaterales. 

Alianzas estratégicas y diplomacia económica, claves de una hábil política exterior

El Japón de Abe trató de posicionarse como una potencia regional siguiendo el tercer objetivo de su Estrategia de Seguridad: aumentar la cooperación con otros Estados. El primer ministro buscó contrarrestar a China aliándose con varios países afines del Indo-Pacífico. Abe ya había advertido en 2007 ante el Parlamento de India sobre la creciente presión de Pekín, esbozando su idea de la “confluencia de los dos mares” en referencia a los océanos Índico y Pacífico, y proponiendo que India y Japón defendiesen juntos las aguas que separan sus territorios.

Ese discurso fue la semilla del llamado Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad), una alianza militar fundada en 2017 y que aúna a India, Japón, Estados Unidos y Australia, todos unidos por su enfrentamiento con China. Por ejemplo, los ejércitos chino e indio se enfrentaron en la frontera entre ambos países en el Himalaya en el verano de 2020. Australia también ha visto crecer la amenaza de Pekín: el Gobierno ha llegado a sospechar que varios parlamentarios australianos sirven a los intereses del Partido Comunista Chino, que ha puesto en marcha campañas de influencia en el país. Entretanto, EE. UU. y China están envueltos en una guerra comercial y tecnológica, una disputa por la superioridad militar y una batalla por la influencia política en territorios en todo el mundo.

El Quad ya ha dado frutos: los cuatro países han reforzado su cooperación militar e India invitó a Australia en 2020 por primera vez en más de una década a los ejercicios navales de Malabar, que celebra cada año en la bahía de Bengala y en los que ya participaban Japón y Estados Unidos. Los cuatro ministros de Exteriores, además, se reunieron en 2020 por segunda vez para apuntalar una posición conjunta y más sólida en la región.

Abe también mejoró las relaciones del país en el sudeste asiático, centrado en la diplomacia económica. Japón ha invertido cerca de 400.000 millones de dólares en proyectos de infraestructura en Vietnam, Indonesia o Singapur, de momento más que China en su Nueva Ruta de la Seda. Los países del sudeste asiático ven con buenos ojos la inversión japonesa, ya que dependen en buena medida del comercio con Estados Unidos y China y temen verse obligados a elegir entre uno y otro.

El ex primer ministro se resistió, sin embargo, a reparar las relaciones con Corea del Sur. Tokio y Seúl son aliados por necesidad: los dos son socios de EE. UU. y están enfrentados a China y Corea del Norte. Sin embargo, llevan décadas encontrados por los abusos de Tokio sobre el pueblo coreano durante la ocupación colonial en los años treinta y cuarenta. Las relaciones entre ambos estuvieron a punto de saltar por los aires en 2019 en medio de una guerra comercial y, pese a la marcha de Abe, Tokio todavía no ha mostrado interés por resolver el conflicto.

En general, Abe consiguió empujar la acción exterior de Japón y afianzar su estatus como potencia regional. El broche a su legado iban a ser los Juegos Olímpicos de 2020 en Tokio, en los que el exmandatario se había involucrado personalmente y cuya cobertura internacional habría ayudado a promover una imagen positiva del país. Pero la pandemia de coronavirus obligó a posponerlos, de manera que probablemente será Suga quien recoja sus frutos en 2021.

Un impacto profundo

El legado de Abe es amplio. Luchó contra los límites constitucionales japoneses para reconfigurar la estrategia defensiva del país y abrió la veda para que sus sucesores sigan ampliando las capacidades militares si la situación regional lo requiere. Valiéndose de una habilidosa política de alianzas y diplomacia económica, Abe también posicionó a Japón como un contrapeso comercial a China y a Estados Unidos en Asia.

Y aunque su ambicioso programa económico no ha dado los frutos esperados, antes de la pandemia Abe había frenado el crecimiento de la deuda pública y casi alcanza la consolidación fiscal, logros suficientes como para que su sucesor quiera mantener las Abenomics. Con ese trabajo detrás, Shinzo Abe lo tiene todo para ser recordado como uno de los líderes más influyentes del Japón moderno.

Alberto Ballesteros

Madrid, 1996. Investigador en el Centro de Estudios de Ciencia y Seguridad en el King's College de Londres, donde estudio las redes de proliferación de armas de destrucción masiva y donde cursé un máster en Inteligencia y Seguridad Internacional. Graduado en Relaciones Internacionales y Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Pontificia Comillas, con un periodo en Singapur (SMU). Escribo sobre las regiones de Asia-Pacífico y el sudeste asiático, con especial interés por su geopolítica, economía y seguridad.

1 comentario

  1. Excelente síntesis del legado de Shinzo Abe y de los desafíos para los próximos años de una interesantísimo país como lo es Japón.
    Saludos desde Argentina Alberto.