Yasukuni, el polémico santuario de los criminales de guerra en Japón

En pleno corazón de Tokio hay un templo de 150 años de antigüedad dedicado a los caídos en las guerras de Japón: el santuario Yasukuni. Sin embargo, su propósito solemne se ve eclipsado por un oscuro pasado, pues en Yasukuni se venera a destacados líderes militares japoneses responsables de crímenes de guerra en China y otros países asiáticos. El polémico templo ha deteriorado las relaciones diplomáticas de Japón con sus países vecinos, y seguirá haciéndolo mientras sea un símbolo del imperialismo japonés.
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Yasukuni, el polémico santuario de los criminales de guerra en Japón
Fuente: elaboración propia.

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Agosto es un mes importante en el calendario festivo japonés, pues es cuando se celebra el O-bon, cuando los japoneses honran los espíritus de sus ancestros y estos, se dice, vuelven a visitar su hogar. Si bien para las nuevas generaciones la Segunda Guerra Mundial pertenece a los libros de historia, sigue habiendo familias que recuerdan en la intimidad de sus hogares a aquellos parientes que murieron en la guerra.

En la esfera pública, el 15 de agosto, día en que se anunció la rendición de Japón, se conoce oficialmente como el “Día para recordar a los muertos de la guerra y rezar por la paz”. En este día se lleva a cabo un evento nacional de conmemoración y es una fecha solemne de reflexión y recuerdo por las más de dos millones de vidas japonesas perdidas durante el conflicto. Así, es costumbre acudir a los templos sintoístas a rezar por las almas de los muertos, incluidos los soldados caídos. El santuario Yasukuni juega un papel importante, a la vez que polémico, en este evento. 

Orígenes del templo y su controversia

Originalmente, el templo fue dedicado a honrar las almas de los guerreros caídos durante la guerra civil que precipitó el final del shogunato Tokugawa en 1869. Años después pasaría a denominarse Yasukuni (‘pacificar el país’ en japonés), y se convertiría en el lugar donde se venera a todos los guerreros que dieron su vida al “servicio del emperador”. Según los ritos sintoístas, tras incluir el nombre de la persona en el libro de las ánimas del santuario, su espíritu se convierte en un kami, una entidad reverenciada por haber “sacrificado su vida en su deber de proteger la nación”. Durante la Segunda Guerra Mundial, y siendo el sintoísmo la religión de Estado, circulaba entre los pilotos de los escuadrones suicidas —conocidos popularmente como kamikazes— la creencia de que, tras la muerte, todos volverían a encontrarse en Yasukuni como eirei, ‘espíritus gloriosos’.

Edificio del Haiden, o sala de oraciones, del santuario sintoísta de Yasukuni. Fuente: Wikipedia

Durante la ocupación estadounidense tras la guerra se cortaron todos los lazos entre religión y Estado, pasando Yasukuni a ser una institución religiosa independiente, financiada mediante donaciones privadas. Esto no impidió que numerosos políticos y primeros ministros visitasen el templo, aunque no de forma oficial. Con todo, una de las principales controversias en torno al santuario se originó en 1978. Poco después de ser nombrado sumo sacerdote del templo, Nagayoshi Matsudaira, un abierto revisionista histórico, decidió incluir secretamente en el templo a catorce individuos condenados por crímenes contra la paz en los juicios de Tokio a quien Matsudaira consideraba “mártires”. Los juicios de Tokio —organizados por los Aliados tras la guerra y análogos a los juicios de Núremberg celebrados contra los nazis— condenaron por estos crímenes a los principales líderes militares y políticos del Japón imperial durante la guerra, como el general y primer ministro Hideki Tōjō.

Ya antes de 1978 había entre los más de 2.466.000 kami vinculados a Yasukuni militares condenados en los juicios de posguerra. Sin embargo, la polémica decisión de Matsudaira llevó al emperador Hirohito a dejar de visitar Yasukuni, una postura que han mantenido sus sucesores, Akihito y Naruhito, y que ha generado fricción entre la dirección del santuario y la casa imperial. No hay posibilidad de que el emperador o el Gobierno fuercen a las autoridades de Yasukuni a retirar a estos individuos del templo: el primero carece de poder para ello, mientras que la separación tajante entre religión y Estado establecida por EE. UU impide intervenir al Gobierno.

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Las tensiones aumentaron significativamente en 1985, cuando el primer ministro Yasuhiro Nakasone se convirtió en el primero en visitar el templo oficialmente. El vínculo del santuario con la exaltación del culto imperial y el antiguo imperialismo japonés —que a principios del siglo XX lanzó una política de expansionismo agresivo en Asia— aún subyace en las relaciones diplomáticas de Japón con sus vecinos. Honrar la memoria de los responsables de sus sufrimientos pasados llevó a China, por ejemplo, a criticar duramente la visita al templo de Nakasone, que respondió a las presiones no volviendo al santuario.


Yasukuni, un escollo diplomático para Japón

Desde entonces, la polémica sobre Yasukuni ha afectado a las relaciones entre Japón y China, aunque también con Corea del Sur. Esta cuestión se une a otras controversias como las acusaciones al Gobierno japonés de hacer revisionismo histórico en las aulas a través de los libros de texto, o la referente a las “mujeres de consuelo”, explotadas sexualmente por el Ejército japonés durante la guerra. Por si fuera poco, Japón se disputa con China y Corea del Sur el control de las islas Senkaku/Diaoyu y Dodko/Takeshima, y todo ello ha provocado constantes altibajos en las relaciones japonesas con China y Corea del Sur en los últimos treinta años.

Posteriores primeros ministros procuraron ser más cautelosos que Nakasone a la hora de aproximarse a Yasukuni, tratando de apaciguar a sus países vecinos y al mismo tiempo reivindicando el derecho de Japón a conmemorar a sus soldados caídos. No sería hasta 1996 cuando otro primer ministro, Ryūtarō Hashimoto, volvería a visitar el santuario; acto que repetiría, a partir de 2001 y en numerosas ocasiones, su sucesor Jun’ichirō Koizumi, en un empeoramiento histórico de las relaciones con China y Corea. Al mismo tiempo, a nivel interno se abrió un debate sobre la constitucionalidad de las visitas de Koizumi que llegó hasta la Corte Suprema de Justicia de Japón, la cual optó por desestimar el caso y evitar así pronunciarse.

El Partido Liberal Democrático (LDP, por las siglas en inglés), de corte conservador y al que pertenecía Koizumi, ligó su agenda a Yasukuni en los siguientes mandatos de Tarō Asō y, especialmente, del actual primer ministro, Shinzō Abe. Asō propuso, sin éxito, nacionalizar y secularizar el templo como solución al problema. Por su parte, durante su primer mandato (2006-2007), Abe decidió no visitar el santuario, lo cual fue criticado por los japoneses más conservadores y nacionalistas, llegando incluso un ciudadano a enviarle su meñique mutilado en protesta.

Cuando Abe volvió al cargo en 2013, cambió de postura y visitó el templo, despertando nuevamente las críticas de China y Corea del Sur. Desde entonces Abe ha venido manteniendo una postura a medio camino para aplacar tanto a sus vecinos como al nacionalismo japonés: no ha vuelto a visitar Yasukuni, pero cada año se realiza en su nombre una ofrenda simbólica. La creciente influencia de los ultranacionalistas, nostálgicos del Imperio y otros revisionistas en Japón hace cada vez más difícil que las figuras públicas vinculen públicamente su imagen a la del santuario sin afrontar consecuencias políticas, especialmente a nivel internacional. Asimismo, ciudadanos surcoreanos, chinos y hongkoneses han llegado a protagonizar ataques contra el templo.

Otras controversias

Sin embargo, no todas las polémicas en torno a Yasukuni tienen que ver con los criminales de guerra venerados allí y las relaciones diplomáticas de Japón. Diversas familias surcoreanas, taiwanesas e incluso japonesas de origen okinawense llevan años luchando por retirar el nombre de sus familiares del libro de las ánimas de Yasukuni, que consideran “simboliza la perpetuación del yugo colonial”. Algunas de estas familias decidieron en 2006 presentar una demanda ante los tribunales japoneses contra el templo, que mantenía que los ritos de consagración de los kami no podían ser revertidos. Pese a que los esfuerzos judiciales resultaron en vano, las familias han seguido manteniendo sus reclamaciones, aunque se han encontrado con la falta de cooperación de las autoridades de Yasukuni, que incluso les han negado la entrada al recinto.

Por otro lado, aunque la mayoría de medios ligan el nombre de Yasukuni a la parte del edificio principal que sirve de sala de plegarias, llamada Haiden, en realidad en este recinto hay otras construcciones polémicas. Una de ellas es el Yūshūkan, un museo de historia militar del Japón imperial dependiente de la misma institución privada que dirige el santuario. El museo ha sido criticado por narrar la historia desde un punto de vista revisionista, blanqueando el papel de Japón en la guerra y glorificando el pasado militarista y colonial del país.

El futuro de Yasukuni

Cada año el 15 de agosto, el controvertido santuario Yasukuni vuelve a estar bajo el foco de la atención internacional. El debate sobre el templo se entrelaza con otros asuntos que hablan de la relación de Japón con su visión pacifista actual y con su pasado militarista, como la importantísima noción de cómo pedir disculpas, la memoria de la guerra y la forma en que los japoneses entienden la identidad de su propio país frente a cómo la perciben sus vecinos. Así, Yasukuni es otro de los muchos puntos de fricción que Japón mantiene con varios países asiáticos, especialmente Corea del Sur y China. En el primer caso, Corea y Japón han llegado a protagonizar en 2019 una guerra comercial teñida de rencores históricos. Con China, el conflicto del mar de la China Oriental todavía genera importantes tensiones militares entre ambos países, y aunque Yasukuni y el nacionalismo japonés en general no son el mayor obstáculo para reestablecer la cordialidad en las relaciones bilaterales, sí siguen dificultándolo. 

A nivel interno, se ha llegado a proponer que los catorce altos cargos controvertidos dejen de ser venerados en el santuario como solución a la polémica, o que se construya otro memorial separado para rememorar a los caídos en la guerra de forma no religiosa. Sin embargo, la falta de cooperación de las autoridades del templo y las presiones de los sectores conservadores y tradicionalistas de la política y sociedad japonesas han frustrado estas propuestas. 

Y aunque Abe y el resto del Gobierno hayan limitado su contacto con Yasukuni, el resto de diputados de su partido, el conservador LDP, no muestran tanta cautela. Shinjirō Koizumi, uno de los favoritos para suceder a Abe como primer ministro y estrella en alza del partido, ha acudido a Yasukuni varias veces. Shinjirō es hijo del polémico Jun’ichirō Koizumi, el primer ministro que retomó las visitas oficiales a principios de los años 2000, y por ello un ejemplo de la tradición familiar de la “política hereditaria” en Japón. Si llegara a ser primer ministro, queda por ver si Shinjirō continuaría con la postura equilibrada de Abe u optaría por acercarse más claramente al santuario, como hizo su padre.

Mientras no se produzca ningún cambio significativo en la relación de la clase política con el santuario Yasukuni, especialmente entre los conservadores del LDP, la controversia en torno al templo seguirá entorpeciendo las relaciones de Japón con sus vecinos asiáticos. Así, aunque las reacciones de China o Corea del Sur no van más allá de las protestas y declaraciones de condena anuales, Yasukuni mantendrá la herida abierta y las cicatrices nunca sanarán del todo.

Victor Gratacós

Málaga, 1993. Graduado en Derecho por la Universidad de Málaga y Máster en RRII por la Universitat Ramón Llull-Blanquerna, con diploma en gestión de conflictos internacionales por la Universiteit Utrecht. Experiencia en el campo de la observación de elecciones e interesado en temas de sociedad, geopolítica, derecho y seguridad internacional.