En 2011 la entonces secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton anunciaba la necesidad de concentrarse en el cada vez más poderoso sudeste asiático. El acierto de la responsable de la política exterior estadounidense al reconocer la importancia geopolítica de Asia y de potencias emergentes como China —que el año anterior se había convertido en la segunda potencia económica mundial— consiguió, mediante acuerdos e inversión, atar la región a Washington como ejes al centro de la rueda.
Sin embargo, con el cambio de liderazgo en la Casa Blanca, el nuevo presidente, Donald J. Trump, anunció que terminaría con el plan más ambicioso de su antecesor, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) bajo el pretexto de la recién inaugurada política “Estados Unidos primero”. Esta acción dejaba en Asia un vacío de poder que otra potencia, China, estaba dispuesta a llenar. A pesar de que el TPP siguiera su rumbo sin Washington, un nuevo tratado le ha sacado partido al plan maestro de Obama en el Pacífico: la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), capitaneada por la República Popular China.
Para ampliar: “El TPP: un pulso geoeconómico sobrevuela Asia-Pacífico”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2016
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