Geopolítica Asia-Pacífico

Japón, entre el crisantemo y la katana

Japón, entre el crisantemo y la katana
Banderas en el palacio imperial durante el discurso del emperador. Fuente: Flickr.

Japón se enfrenta a importantes desafíos diplomáticos en su vecindario. La mayoría de ellos, aunque no todos, se centran en disputas territoriales marítimas con otras potencias de la zona, como China, Corea del Sur o Rusia. En un contexto regional en plena transformación y con unos EE. UU. en relativo declive, Tokio deberá buscar por todos los medios encontrar una forma de defender sus intereses y garantizar su seguridad frente a amenazas potenciales.

Explicaba Joseph Nye en Soft Power: The means to success in World Politics que el poder blando consiste en obtener lo que deseas a través de la atracción en lugar de la coerción, fomentando una imagen atractiva de la cultura nacional y de sus ideales políticos. Hasta el momento, pocos países han logrado aplicar de manera tan eficaz esta máxima como Japón. Bajo un prisma exterior eminentemente civil y pacifista, el país ha logrado desarrollar desde el final de la Segunda Guerra Mundial una imagen internacional muy positiva gracias a su potente diplomacia cultural y a su poderío comercial como tercera economía del planeta y miembro del G7.

Japón es el decimosegundo país del mundo y el primero de Asia con mejor valoración internacional en 2017.

Sin embargo, la cambiante realidad del contexto geoestratégico de Asia oriental demuestra que una acción exterior excesivamente blanda no solo no es realista, sino que tampoco contribuye a reforzar la seguridad en la zona. Japón es consciente de que se encuentra en una encrucijada geopolítica de alto voltaje, donde múltiples actores con percepciones y valores antagónicos están compitiendo por ejercer su influencia y defender sus intereses ante la reconfiguración de poder que está teniendo lugar en la zona. La lectura que Japón hace de este entorno es preocupante: mientras su baluarte defensivo estadounidense parece dar los primeros síntomas de agotamiento, China está tratando de redefinir un nuevo orden regional contrahegemónico, Corea del Norte no hace sino redoblar su apuesta por la senda nuclear y las relaciones con Rusia o Corea del Sur no terminan de desatascarse por asuntos históricos o territoriales.

La diplomacia estadounidense de Japón

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y la firma del Tratado de Defensa Mutua con EE. UU. en 1952, el país del sol naciente ha dependido en materia de seguridad y defensa de Washington. La vertebración de esta alianza permitió reconciliar a viejos enemigos y a su vez favoreció el desarrollo de Japón en el ámbito comercial y económico. La lógica bipolar de la Guerra Fría y las restricciones del artículo 9 de la Constitución pacifista de 1947 facilitaron a Japón la subcontratación de sus responsabilidades defensivas hacia EE. UU. para centrarse en el desarrollo de los grandes ejes marcados por la doctrina Yoshida. Esta concepción, junto con la doctrina Fukuda de 1971, moldeó el imaginario de todo un pueblo durante décadas y forjó una generación de líderes educados en un pacifismo pasivo orientado hacia el desarrollo económico y la integración de Japón en las estructuras multilaterales del comercio internacional. En este marco, la alianza con EE. UU. constituía la columna vertebral de la diplomacia japonesa: Washington desplegaba sus tropas en las bases militares de un país clave en el teatro de operaciones del Pacífico y Tokio se beneficiaba del paraguas defensivo aliado.

Número de bases militares estadounidenses desplegadas en Japón. Fuente: East-West Center

Sin embargo, desde la guerra del Golfo Pérsico de 1991 Japón se ha tenido que enfrentar a críticas de polizonaje cada vez más numerosas por parte de EE. UU. El descrédito de la diplomacia de chequera nipona en los 90 y la “guerra contra el terror” emprendida por George W. Bush a principios de los 2000 empujaron a acelerar un proceso de cambios graduales en la política de seguridad y defensa japonesa destinados a robustecer su cooperación con EE. UU. El objetivo era que Japón se fuese convirtiendo en una suerte de Reino Unido a la asiática. Esta pretensión ha tenido un éxito parcial o limitado hasta la fecha, ya que por razones constitucionales Japón no tiene un Ejército tradicional y la opinión pública se muestra todavía reacia a un mayor involucramiento japonés en dominios militares tradicionales.

Pese a ello, Japón está viviendo importantes avances en su normalización estratégica durante el segundo mandato de Shinzo Abe. La adopción en 2013 de la primera estrategia de seguridad nacional desde la Segunda Guerra Mundial, la reforma del Consejo de Seguridad Nacional o la aprobación de las Guías de Defensa EE. UU.-Japón de 2015 son solo algunos ejemplos de este proceso gradual. Abe no solo ha promovido una batería de reformas destinadas a mejorar la interoperabilidad entre las tropas estadounidenses y japonesas, sino que también ha buscado reinterpretar algunas de las constricciones constitucionales para desarrollar un principio de autodefensa colectiva y reforzar el papel internacional de Japón como Estado normal.

Algunos han interpretado estos movimientos, destinados a reforzar la autonomía estratégica de Japón, como un intento de desacoplar la línea de acción nipona de los intereses estadounidenses. Pero la realidad es que el futuro de la política exterior japonesa seguirá dependiendo de su alianza con EE. UU., que ve con muy buenos ojos que Tokio comience a asumir mayores responsabilidades en una alianza más simétrica. La división de tareas podría facilitar una cooperación más fluida frente a diversas contingencias y amenazas. Además, ambos países han acordado incrementar su colaboración militar y asegurar la implementación de las guías de defensa durante la Administración Trump: Japón adquirirá armamento estadounidense y los ejercicios militares conjuntos seguirán operando como fuerza disuasoria marítima. Sin embargo, aunque Abe haya conseguido ganarse la simpatía del nuevo presidente estadounidense en los últimos meses, esto no significa que Japón pueda ni vaya a bajar la guardia. Las preocupaciones persisten en materia de comercio, especialmente tras la retirada estadounidense del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y las consiguientes maniobras chinas para ocupar el vacío de poder dejado por Washington en la región.

La guerra de desgaste con China

Se suele decir que las relaciones entre China y Japón siguen la máxima “economía caliente, política fría”, es decir, que mientras en el ámbito económico los intercambios comerciales no dejan de crecer, las relaciones políticas llevan décadas siendo bastante frías. Esta falta de sintonía se remonta a desavenencias históricas, si bien la principal disputa político-territorial actual entre ambos países gira en torno a la soberanía sobre las islas Pinnacle.

China es el principal socio comercial de Japón.

Estos territorios insulares, conocidos como Senkaku por los nipones y Diaoyu por los chinos, fueron incorporados en 1895 a Japón al estar deshabitadas y ser consideradas tierra de nadie. El Gobierno japonés arrendó en aquel momento las islas a un propietario privado, Tatsushiro Koga, que las administró con fines empresariales hasta su muerte en 1918. Su hijo asumió la herencia, pero en 1940 abandonó el negocio y las islas volvieron a quedar deshabitadas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. gestionó temporalmente las Senkaku, pero en 1972 se las devolvió a Japón junto con Okinawa y hoy las sigue reconociendo como territorio nipón.

Los problemas comenzaron a aparecer en su forma actual en 1969, poco después de que la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Asia-Pacífico comunicase la posibilidad de que en las áreas adyacentes a las islas hubiese importantes reservas de petróleo. Esto despertó el interés de los vecinos y en 1971 China y Taiwán reivindicaron por primera vez sus derechos históricos sobre estas islas.

Desde entonces ha habido situaciones de tensión. En 2012 el primer ministro nipón Yoshihiko Noda afirmó que su Gobierno iba a comprar las islas a sus propietarios, lo que provocó acciones de activistas nacionalistas chinos y japoneses en las propias islas y manifestaciones antiniponas masivas en diversas ciudades de China. La crisis dio signos de escalada cuando patrulleros de vigilancia primero y cazas meses después irrumpieron momentáneamente en las aguas y cielos adyacentes a las islas para reafirmar la soberanía china. La situación se enfrió un poco durante los meses siguientes, aunque en agosto de 2017 300 barcos de pescadores chinos escoltados por 15 buques guardacostas armados volvieron a rodear las islas. Pekín estaba dispuesto a elevar el tono frente a Tokio para conseguir los objetivos de integridad territorial promovidos por el sueño chino de Xi. Estos episodios reflejan la importancia que tiene para Japón reforzar sus capacidades militares de patrullaje y vigilancia marítima para gestionar amenazas híbridas y escenarios grises procedentes de China.

En este contexto, Abe ha optado en los últimos años por una aproximación que combine una predisposición cooperativa con una posición asertiva en asuntos relacionados con la soberanía nacional. No obstante, la decisión de Xi de establecer zonas de identificación defensiva aérea —incluidas las Pinnacle— y áreas antiacceso en el mar de la China Meridional preocupa mucho en Tokio y fuerza a profundizar su alianza con EE. UU. El problema reside en que, a pesar de su giro hacia Asia, EE. UU. da signos de querer dejar de ser el policía del mundo para centrarse en sus problemas internos, y Japón teme un retroceso en los compromisos defensivos clásicos estadounidenses. Por esta razón, aprovechando la tensión existente en el mar de la China Meridional, Abe ha promovido simultáneamente una mayor cooperación defensiva con India, Australia y otros socios en el sudeste asiático.

El famoso collar de perlas chino se enfrenta hoy a los intentos de ruptura y contención por parte de otros países con influencia en la región.

Pekín considera que estas maniobras diplomáticas están destinadas a encapsular a China para evitar su proyección en el Pacífico y evitar así la progresiva articulación de un contrapoder regional sinocéntrico. Japón, por su parte, reitera su intención de que la región del Indopacífico —concepto que advierte del giro regional de Tokio hacia Nueva Delhi— esté regida por el Derecho internacional y liberalizada frente a la política del poder china. Este duelo regional muestra amplias y complejas ramificaciones: mientras que sus luchas territoriales, históricas y geopolíticas persisten, sus interdependencias económicas y estratégicas —especialmente ante la cuestión norcoreana— los convierten, paradójicamente, en socios ineludibles.

Diplomacia proactiva al compás del paralelo 38

La relación de Japón con las dos Coreas, especialmente la del norte, nunca ha sido fácil. Durante la Guerra Fría, Pionyang y Tokio mantuvieron contactos escasos y más bien indirectos a través del Chongryon —la Asociación General de Coreanos Residentes en Japón— y otras plataformas no oficiales. La delicada coyuntura estratégica de posguerra en torno al paralelo 38 y la posterior crisis de los secuestros de ciudadanos japoneses a manos norcoreanas en los 70 y 80 fueron los grandes exponentes de la inviabilidad de normalizar las relaciones bilaterales. Pese a ello, Japón trató de cooperar durante la hambruna norcoreana de 1995 y el primer ministro Junichiro Koizumi buscó destensar la situación de los secuestros con la Declaración de Pionyang de 2002. Sin embargo, los efectos de estos movimientos se quedaron en lo simbólico por la escalada en el desarrollo nuclear y balístico del régimen norcoreano tras su abandono del Tratado de No Proliferación Nuclear en 2003.

En la actualidad, las relaciones diplomáticas se encuentran en uno de los peores momentos de su Historia. La retórica belicista y las maniobras militares de Kim Jong Un no dan lugar a equívoco: los continuos ensayos de misiles han obligado a activar en varias ocasiones la alerta a los ciudadanos japoneses de un posible riesgo de ataque enemigo. En noviembre de 2017, el régimen de Kim probó su misil balístico intercontinental para demostrar que EE. UU. ya está en su rango de impacto y sembrar dudas en la alianza. La amenaza nuclear norcoreana se hizo más real que nunca.

Trayectoria del misil norcoreano sobre el norte de Japón. Fuente: BBC

Dadas las circunstancias, la perspectiva de la reforma constitucional comienza a ganar adeptos en el debate público japonés. El pacifismo tradicional y el pragmatismo están tratando de confluir hacia un enfoque de Estado que permita a Japón asumir de forma más autónoma su defensa frente a Corea del Norte. En el ámbito militar, Japón ya cuenta con su propio sistema de defensa de misiles, aunque podría ser insuficiente para disuadir o responder a un ataque norcoreano. La voluntad de Abe tras imponerse en las elecciones anticipadas del pasado mes de octubre es establecer un sistema de defensa similar al surcoreano. Esta decisión enfurecería a China, que ya aplicó fuertes sanciones económicas a Seúl tras el establecimiento del sistema estadounidense en su territorio por considerar que su instalación amenaza la seguridad de Pekín. El dilema de la seguridad está servido.

En este escenario, las relaciones con Corea del Sur resultan cruciales, ya que este país atraviesa una situación homologable a la de Japón. Ambos países son democracias consolidadas con economías fuertes y que comparten un amplio abanico de retos en la región en el marco estratégico estadounidense. Pero, pese a la cooperación seguritaria trilateral, las disputas históricas y territoriales lastran profundamente las relaciones bilaterales. En Corea del Sur persiste la desconfianza derivada de la experiencia colonial, el caso de las mujeres de consuelo y la guerra del Pacífico; asimismo, aún se disputa con Japón y Corea del Norte la soberanía de las Rocas Liancourtislas Dodko en coreano y Takeshima en japonés—, controladas de facto por Corea del Sur desde 1954. Japón considera que las islas no fueron contempladas en el tratado de la Bahía de San Francisco de 1952 entre los territorios que devolver tras la Segunda Guerra Mundial, por lo que la reivindicación surcoreana carecería de fundamento jurídico. Corea del Sur, por su parte, reafirma su soberanía sobre las rocas al considerar que fueron conquistadas ilegítimamente por el Imperio japonés durante la colonización de Corea.

Estas dos cuestiones llevan décadas enquistadas y dificultan una cooperación más estrecha. Históricamente, la amenaza norcoreana ha logrado unir en asuntos defensivos a surcoreanos y japoneses. Sin embargo, a pesar de que se han producido esfuerzos como el acuerdo sobre las mujeres de consuelo de 2015, todavía queda mucho camino por recorrer para aprovechar de manera más eficaz el potencial de mejorar sus relaciones bilaterales.

El sueño ruso de Japón

Las relaciones entre Rusia y Japón son extraordinariamente complejas. Ambos países siguen oficialmente en guerra debido a su longeva disputa sobre la cadena de islas conocida en Rusia como Curiles y en Japón como Territorios del Norte. El origen del conflicto se remonta a la invasión soviética de las islas tras la cumbre de Yalta y la consiguiente deportación en 1949 de todos los ciudadanos japoneses que tradicionalmente habían habitado estos territorios situados al norte de Hokkaido y al sur de la península de Kamchatka. Con su derrota en la Segunda Guerra Mundial, Japón se vio obligado a renunciar en el tratado de San Francisco a sus reivindicaciones sobre las islas Curiles y la Sajalín, cuya mitad meridional había adquirido tras la guerra ruso-japonesa. Sin embargo, para Japón la firma del tratado no equivalió a renunciar a las cuatro islas meridionales de Kunashir, Iturup, Shikotan y Jabomai al entender que no pertenecen a la cadena de las Curiles rusas, sino a los Territorios del Norte japoneses.

Este matiz es crucial porque constituye el corazón de la disputa que ambas partes se comprometieron a resolver tras reestablecer sus relaciones diplomáticas con la emisión de una Declaración Conjunta en 1956. En ella, la URSS se comprometía a la devolución de las islas Shikotan y Habomai, pero Japón rechazó la solución porque la suma de ambos territorios no representa más que un 7% de la superficie total de las cuatro islas. De esta manera, Japón y Rusia llevan más de 60 años buscando una solución pacífica sin éxito. Por un lado, los intereses que posee Moscú en los recursos naturales de esta área volcánica y en su posicionamiento estratégico como enclave militar le invitan a mantener el statu quo. Por otro lado, la insistencia japonesa en recuperar la totalidad de las islas es observada por el Kremlin como una posición negociadora maximalista y que invita a dinámicas de suma cero.

Hasta la fecha, las alternativas no han variado en lo sustancial. Se han realizado propuestas para establecer proyectos de cooperación económica compartida en la zona, devolver a Japón las tres islas menores o repartirse a la mitad la superficie total de las islas en un escenario de desmilitarización. Sin embargo, los avances en lo político han sido lentos y muy dependientes de factores exógenos, como la creciente hostilidad rusa con los aliados occidentales de Japón. Aunque en los últimos años Putin y Abe celebraron varias reuniones para desatascar el anacronismo de las Curiles y emprender un acercamiento estratégico, los avances en materia territorial han sido prácticamente inexistentes. La visita oficial de Putin a Nagato en 2016 generó grandes expectativas e incluso se rumoreó con una posible solución que permitiría firmar la paz entre ambos países. No obstante, las negociaciones tampoco dieron sus frutos en esa ocasión y parece que la resolución definitiva de la disputa todavía está a años vista.

El diamante japonés y el futuro de la región

Japón enfrenta una amplia diversidad de retos diplomáticos en Asia oriental. El debilitamiento de EE. UU. en la zona obliga a repensar no solo la alianza bilateral, sino también el propio papel que Japón quiere jugar en la región. La doctrina del pacifismo proactivo contempla una progresiva multilateralización destinada a diversificar la diplomacia defensiva nipona en la región del sudeste asiático, un enfoque que complementa y refuerza el “diamante de seguridad” de Abe, con el que Japón aspira a jugar un rol más activo en la región a través de una cooperación militar, económica y comercial reforzada con los principales países democráticos de la zona, entre los que sobresalen como aliados especiales India y Australia.

El diamante de seguridad democrático entre Japón, Hawái (EE. UU.), India y Australia. Fuente: Global Balita

Japón sabe que debe mover ficha para hacer frente a los retos seguritarios regionales. Por eso, además de su alianza clásica con EE. UU., está tratando de desarrollar su peculiar partida de shōgi —ajedrez japonés— con una red de alianzas a largo plazo con socios como Indonesia, Tailandia, Filipinas o Singapur. Las últimas cumbres en Shangri-La han sido testigos de este proceso gradual, pero solo el tiempo dirá si la diplomacia japonesa será capaz de reequilibrar la balanza con China, gestionar las amenazas norcoreanas y seguir siendo, con permiso de los EE. UU., el guardián del orden liberal en Asia oriental.

2 comentarios

  1. Muy interesante y aclarador, gracias

  2. Interesante artículo. Saludos desde Uruguay.