La relación entre Estados Unidos y Japón es algo peculiar: han pasado de enemigos existenciales a mejores amigos en tan solo 70 años. A lo largo de estas décadas, Estados Unidos ha pasado de una política exterior discreta a entrar en las guerras europeas y convertirse después en la potencia hegemónica en el mundo y, para ello, ha ampliado su presencia militar en sus cuatro costados: desde Australia hasta Alemania, pasando por Japón. Si bien durante la Guerra Fría lo que más amenazaba a Estados Unidos era el auge del comunismo y el bloque liderado por la Unión Soviética, ahora el problema es la República Popular China. Y ambos pulsos geopolíticos han tenido como uno de sus principales escenarios una región: Asia-Pacífico.
Washington tiene destinados 56.000 efectivos militares en territorio nipón, más que en ningún otro país aliado del mundo. De hecho, en Japón y Corea del Sur —que es el tercero en la lista con 26.000 efectivos, después de Alemania con 36.000— se concentra el 47% del personal militar que Estados Unidos tiene fuera de sus fronteras. Asia-Pacífico es el escenario clave de la geopolítica estadounidense, pero Trump pretende renegociar el Tratado que permite que haya tantas tropas en Japón. El cambio de la cultura estratégica japonesa bajo el primer ministro Shinzo Abe y la inclinación de Trump por revisar todos los acuerdos internacionales posibles han provocado que se abra un debate hasta ahora inédito. Pero las graves consecuencias que tendría para la posición geopolítica estadounidense en Asia-Pacífico hacen que, a pesar de todo, Estados Unidos nunca vaya a abandonar su alianza con Japón.
El deshielo del pacifismo nipón
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