Estados Unidos y Japón, aliados a pesar de Trump

Donald Trump es conocido por su intención de revisar todos los acuerdos internacionales a los que está sujeto su país para mejorar sus condiciones. El último que ha puesto en su punto de mira es el que regula la alianza militar entre Estados Unidos y Japón, por el cual Washington se encarga de la defensa del archipiélago y que le ha permitido mantener allí sus bases militares desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero, a pesar de todo, Estados Unidos no puede permitirse enemistarse con Japón.
GeopolíticaAmérica del NorteAsia-PacíficoEstados Unidos
Estados Unidos y Japón, aliados a pesar de Trump
Fuente: Naval Sea Systems Command

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

La relación entre Estados Unidos y Japón es algo peculiar: han pasado de enemigos existenciales a mejores amigos en tan solo 70 años. A lo largo de estas décadas, Estados Unidos ha pasado de una política exterior discreta a entrar en las guerras europeas y convertirse después en la potencia hegemónica en el mundo y, para ello, ha ampliado su presencia militar en sus cuatro costados: desde Australia hasta Alemania, pasando por Japón. Si bien durante la Guerra Fría lo que más amenazaba a Estados Unidos era el auge del comunismo y el bloque liderado por la Unión Soviética, ahora el problema es la República Popular China. Y ambos pulsos geopolíticos han tenido como uno de sus principales escenarios una región: Asia-Pacífico.

Washington tiene destinados 56.000 efectivos militares en territorio nipón, más que en ningún otro país aliado del mundo. De hecho, en Japón y Corea del Sur —que es el tercero en la lista con 26.000 efectivos, después de Alemania con 36.000— se concentra el 47% del personal militar que Estados Unidos tiene fuera de sus fronteras. Asia-Pacífico es el escenario clave de la geopolítica estadounidense, pero Trump pretende renegociar el Tratado que permite que haya tantas tropas en Japón. El cambio de la cultura estratégica japonesa bajo el primer ministro Shinzo Abe y la inclinación de Trump por revisar todos los acuerdos internacionales posibles han provocado que se abra un debate hasta ahora inédito. Pero las graves consecuencias que tendría para la posición geopolítica estadounidense en Asia-Pacífico hacen que, a pesar de todo, Estados Unidos nunca vaya a abandonar su alianza con Japón.

El deshielo del pacifismo nipón

Imagen que contiene texto, mapa

Descripción generada automáticamente
Objetivos japoneses en el Pacífico el año del ataque a Pearl Harbor, 1941. Fuente: Emmerson Kent.

Sin el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, quizá Estados Unidos no habría entrado en la Segunda Guerra Mundial y, con ello, el bando del Eje podría haber ganado la guerra y el mundo hoy sería muy diferente. En ese momento, la situación daba al Eje una ventaja superior sobre los aliados en la región. Japón controlaba gran parte del sudeste asiático y Asia oriental, y sólo un ataque desde el otro lado del Pacífico podría comprometer su supremacía. Después de Pearl Harbor, los miedos japoneses se cumplieron: con su famoso “discurso de la infamia”, Roosevelt declaraba la guerra a Japón, y Estados Unidos venció el pulso con el ataque nuclear contra Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.

Dirigidas por el general MacArthur, las fuerzas estadounidenses ocuparon el archipiélago japonés hasta 1952 para dirigir la reconstrucción del país evitando una futura remilitarización de Japón. En 1946 se ratificaba la nueva Constitución, diseñada desde Washington con un cargado aire antimilitarista. En ella, el emperador perdía todo poder de gobierno del que había disfrutado anteriormente y Japón renunciaba oficialmente y para siempre a la guerra como “derecho soberano de la nación” (art. 9). En ese mismo artículo, Japón se comprometía además a no tener fuerzas armadas con “potencial bélico”, lo que en la práctica significa no tener un ejército capaz de soportar un ataque.

A partir de 1945, las labores de defensa de Japón recayeron en los Estados Unidos a través de dos tratados de seguridad, firmados en 1951 y 1960: el Tratado de San Francisco, con el cual Japón firmó oficialmente la paz; y el Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua, que daba acceso a las Fuerzas Armadas estadounidenses a la tierra, mar y aire japoneses. A consecuencia de ello, Japón promulgó la Doctrina Yoshida, que establecía que el país mantendría unas capacidades mínimas de autodefensa y reafirmaba la cesión de la defensa del archipiélago a Estados Unidos.

Asimismo, Japón se comprometió a destinar todos los recursos económicos que no irían a Defensa al desarrollo económico del país. El no tener que dedicar grandes cifras al presupuesto militar —desde 1945, una regla no escrita lo ha limitado al 1% del PIB— fue ampliamente beneficioso para la economía nipona, que experimentó un milagro económico que se imitó después en otros lugares de Asia. En el año 1968, la economía de Japón crecía a un ritmo del 12,88%, una de las tasas más altas del mundo en la época.

Para ampliar: “El milagro económico de Japón”, por Abel Gil en El Orden Mundial, 2017

El recuerdo de los horrores de Hiroshima y Nagasaki hicieron posible que un país con una mentalidad ampliamente militarista y expansionista renunciara a tener un ejército poderoso. La guerra se convirtió en un tema tabú, y el pacifismo en parte de la cultura nipona. Pero la implicación del aliado estadounidense en los conflictos de Oriente Próximo, sobre todo tras el comienzo de la “guerra contra el terror” de Bush, ha ido poco a poco cambiando los sentimientos de los japoneses, aunque todavía rechacen el militarismo frontalmente. Desde la llegada al poder de Shinzo Abe en 2012, el Gobierno japonés ha logrado reinterpretar algunas cuestiones sobre el tabú de la guerra aunque sin conseguir una ansiada reforma de la Constitución japonesa. Incluso parece que se está intentando superar el 1% del PIB en gasto en defensa, lo que podría llevar a una nueva carrera armamentística en la región.

Para ampliar: “El Sol Naciente resurge en Asia: el rearme de Japón”, por Fernando Arancón en El Orden Mundial. 2014

Romper y morir

Desde que llegó a la Casa Blanca, el mandato de Trump se ha caracterizado por revisar o cancelar los compromisos que Estados Unidos había suscrito bajo administraciones anteriores. Pasó con el Tratado Transpacífico de Cooperación Económica (más conocido por sus siglas en inglés, TPP), el Acuerdo de París contra el cambio climático, el acuerdo nuclear con Irán o el TLCAN con México y Canadá. Ahora Trump pretende revisar también la relación estadounidense con Japón y el Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua que ambos países firmaron tras la Segunda Guerra Mundial.

Para ampliar: “El aislamiento de Estados Unidos”, por Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

Los motivos que han puesto en duda la eficacia del Tratado con Japón radican en la propia Constitución japonesa que EE. UU. ayudó a crear y firmar. La reinterpretación de 2014 abrió la puerta a que Japón pudiera acudir a la defensa de un aliado en unos casos muy concretos en el marco de defensa colectiva y recíproca. Esta reforma fue un pequeño paso adelante hacia el cambio constitucional que persigue Abe, pero los escenarios contemplados por la ley japonesa no parecen suficientes para Trump, que quiere la garantía de que Japón pueda acudir en apoyo de EE. UU. de la misma manera que EE. UU. lo haría con Japón, algo que, incluso con la interpretación actual del artículo 9, sigue siendo imposible. Tampoco parece probable una expansión de los casos permitidos, en primer lugar por lo sensible que es cualquier reforma en materia de Defensa para un país como Japón —con un sentimiento arraigado tan antimilitarista y pacifista—, y en segundo lugar, por el miedo de los japoneses a que su país acabe luchando las guerras de Estados Unidos en suelo extranjero.

Okinawa, la prefectura nipona donde se encuentran la mayoría de las tropas estadounidenses, está apenas a una hora de vuelo de Taiwán y a escasos minutos más del continente asiático de China y Corea del Norte, ambas con armas nucleares y grandes argumentos en contra de la presencia estadounidense en la región. Para Estados Unidos, es más sencillo contener a estos dos países y responder rápido a cualquier amenaza desde Japón gracias a la corta distancia geográfica. Además, allí comienza el anillo estadounidense para frenar el avance chino en el Pacífico y evitar que su creciente y cada vez más sofisticada flota de alta mar se acerque a su costa oeste. Para colmo, la revisión del Tratado con Japón podría poner en jaque la relación estadounidense con otros aliados regionales como Taiwán o Filipinas, y este último ya ha hecho gestos de acercamiento a Pekín últimamente.

La gran estrategia china en Asia-Pacífico pasa por el posicionamiento de bases y puertos en puntos estratégicos de Asia, África y Europa. La contención de China por parte de Estados Unidos comienza en Japón con un aro paralelo.

Todas las implicaciones negativas de la salida o la revisión del Tratado con Japón deberían estar en la mente de Trump y sus asesores, pero esta clase de amagos es la estrategia habitual de la política exterior de esta Administración. Sólo cabría preguntarse con qué objetivo se va a aplicar esta presión: ¿busca realmente Trump que Japón participe más en la defensa colectiva, o usa la alianza militar como una baza en una negociación mayor? En los últimos meses, Trump también ha sugerido que quiere revisar la relación comercial con Japón, en particular en el sector automovilístico o el de los componentes electrónicos, tan importantes ambos para la economía japonesa. 

Sin embargo, los riesgos de esta maniobra siguen siendo enormes. En política internacional la confianza lo es todo, y entre aliados un titubeo así puede tener consecuencias catastróficas. Aunque Japón no esté todavía pensando en hacerse con el arma nuclear, el Gobierno nipón cada vez es más consciente de que no puede depender exclusivamente de Estados Unidos para su defensa, y de que el paraguas estadounidense quizá no detenga por siempre un ataque chino o norcoreano. Rompiendo el el acuerdo de defensa con Tokio, Washington podría acabar provocando el rearme de Japón y la pérdida de presencia estadounidense en Asia-Pacífico. Y no es un escenario solo teórico: el último artículo del Tratado de Seguridad entre EE. UU. y Japón de 1960 abre la posibilidad de que cualquiera de las partes se retire del acuerdo pasados diez años. Esa fecha límite se cumplió hace casi cinco décadas.

Para ampliar: “Alemania, Japón y el debate nuclear”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018

Andrea G. Rodríguez

Madrid, 1995. Policy Analyst Lead en tecnologías emergentes y la agenda digital europea en el European Policy Centre (EPC) en Bruselas, y miembro del Comité del Foro Europeo de Ciberseguridad (CYBERSEC). Formó parte del proceso OTAN 2030 como líder de la sección de tecnologías emergentes y disruptivas del grupo asesor NATO 2030 Young Leaders. Reconocida en 2021 por Brussels Forum como una de las líderes del mañana y por la Fundación Cibervoluntarios como una de las trece mujeres referentes en el ámbito TIC en España.