Tras el anuncio que hizo la semana pasada Donald Trump sobre la subida de aranceles a algunos productos chinos, uno tiene la misma sensación que después de ver esos vídeos de concursos de bofetadas —sí, existen—. ¿Qué llevaría a estos individuos a mirarse fijamente y darse de bofetadas? ¿Cuál sería su estrategia? ¿Tendrían algún plan o simplemente golpean cada vez más fuerte hasta que uno caiga? En el caso de Washington y Pekín, ha quedado demostrado que el concurso no ha terminado, y los dos abofeteadores continúan en pie.
En enero de 2018 el presidente de EE. UU. anunciaba su intención de imponer aranceles a las lavadoras y paneles solares, unas palabras que cayeron como un jarro de agua fría sobre los actores internacionales. Desde los aliados tradicionales de Washington a sus competidores más férreos, pasando por entidades como la Organización Mundial del Comercio (OMC), todos se echaron las manos a la cabeza e intentaron encontrar una lógica al movimiento de Trump. No lo consiguieron.
Pese a lo que pueda parecer, no sacar una conclusión clara no implica que no exista una estrategia detrás de cada uno de los golpes comerciales que las dos potencias se están dando. Lo que más se ha debatido en las últimas semanas es qué pretende Trump y, sobre todo, cómo justifica estas subidas arancelarias.
Para ampliar: “Tambores de guerra comercial”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018
La estrategia que puede parecer más incoherente y que, de hecho, ha sorprendido a la opinión internacional es la de fijar aranceles sobre unos productos que afectan a aliados tradicionales como son la UE, Japón, Canadá o México. Muchos han defendido que esta estrategia para con los que hasta hace nada eran sus socios comerciales puede ser terrible para la estabilidad del comercio internacional. Pese a ello, no parece ser la principal preocupación del presidente. Trump es consciente de la posición prominente que EE. UU. tiene en el mundo y quiere mantenerla. Sus socios tradicionales no lo va...
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