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“Necesitamos un liderazgo fuerte ahora que se acercan tiempos difíciles con Estados Unidos”, me dijo un miembro del Partido Comunista de China en uno de los últimos viajes que hice al país antes de la covid-19. Durante esa misma estancia no era extraño que me topara con carteles y más carteles con la cara del presidente Xi Jinping. Al mismo tiempo, la represión de minorías aumentaba en regiones como Xinjiang, o se anunciaba que la norma que limitaba la presidencia de China a dos mandatos desaparecía. ¿Estaba inaugurando Xi una etapa de autoritarismo más personalista y represora?
Es tentador presentar a Xi como un rupturista respecto a sus antecesores Hu Jintao, Jiang Zemin y Deng Xiaoping. China entra en este juego dándole un mayor espacio propagandístico que a ellos y mostrándolo como un pionero de una nueva etapa de liderazgo mundial. Por otro lado, los medios de comunicación extranjeros, que premian la noticia por encima de la continuidad histórica, también juegan a destacar la excepcionalidad de Xi. Sin embargo, en la mayoría de campos donde le han presentado como un “inaugurador” hay más continuidad que ruptura.
Mano dura dentro y fuera de China
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