Del Sahel al golfo de Guinea: el nuevo frente yihadista en África

El terrorismo islámico busca expandirse desde su epicentro mundial hacia más países de África occidental. Pero no a base de grandes atentados, sino aprovechando que nadie sabe bien si combate a bandidos, terroristas o miembros de comunidades fulani. Su mejor herramienta es esa incertidumbre
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Del Sahel al golfo de Guinea: el nuevo frente yihadista en África
Una mujer maliense en un campo de refugiados en Mauritania tras haber huido por el avance del JNIM, filial de Al Qaeda, en noviembre de 2025. | MICHELE CATTANI - AFP

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Cada ataque en el golfo de Guinea llega acompañado de una etiqueta. De ella depende que se movilice el ejército y que un pueblo aparezca en informes internacionales o que desaparezca entre líneas. “Terrorismo”, “bandidaje”, “conflicto comunitario” y “ajuste de cuentas” son categorías que se mezclan en una región donde la gran amenaza, el terrorismo, intenta coparlo todo. Lo que sigue es la anatomía de esa confusión: quién ataca de verdad, por qué se le pone el nombre equivocado y a quién beneficia el error.

El 6 de marzo de 2024, un grupo de hombres armados subidos en motocicletas irrumpieron en la localidad de Nagouni, en Togo. Según informaron los periódicos locales, eran terroristas del JNIM, filial de Al Qaeda, que acabaron en una mañana con la vida de ocho personas. A nivel internacional se puso de relieve que el terrorismo islámico del Sahel estaba más cerca de la costa atlántica de lo esperado. Sin embargo, muchos informes sobre la zona están sostenidos en voces terceras en lugar de información veraz y real.

Tres meses después, visité Nagouni para entrevistar a los afectados. Tras varias horas de conversaciones con familiares de las víctimas y autoridades locales, estas confesaron que lo ocurrido no había sido un ataque terrorista, sino una disputa vinculada con el tráfico de armas que prolifera en esta zona fronteriza. Que no fueron ocho fallecidos, sino dos. ¿Por qué dijeron a las autoridades togolesas que se había tratado de terrorismo? El jefe del pueblo respondió: “Cuando dijeron que los terroristas habían atacado, el ejército y el alcalde del distrito vinieron. Ahora han pedido una base militar avanzada en Nagouni y la van a hacer. ¿Crees que habrían venido si no pensaran que atacaron los terroristas? ¿Harían una base?”.

No es un caso aislado. Por todo el golfo de Guinea se confunden actividades delictivas de diverso pelaje con ataques terroristas. Ya sea para llamar la atención de Gobiernos que, consideran, no reaccionarían ante amenazas más “comunes”, o por simple ignorancia sobre quién, y por qué, ataca a las comunidades.

A veces el silencio es todavía más deliberado. En la comuna de Kalalé, al noreste de Benín, el Gobierno es el primer responsable de que no se sepa qué ocurre. Fui arrestado allí el pasado agosto, pese a estar acreditado, y encarcelado durante una semana en Cotonú bajo la acusación de ser espía antes de ser expulsado del país. Una de las pocas víctimas de los secuestros de la zona, que pareció dispuesta a ser entrevistada para facilitar la identificación de los agresores, se negó a responder las preguntas, alegando que las autoridades “se lo habían prohibido”. El vacío informativo no es casual en este caso. Se fabrica.

Bandidos en el golfo de Guinea que no roban vacas

En los mismos pueblos de la comuna de Kalalé, los asaltos siguen un patrón reconocible. El pueblo de Dagansí recibe (según confirmaron sus locales) un ataque cada dos o tres semanas. Un grupo de hombres armados aparece gritando Allahu akbar (‘Dios es grande’), mata a una o dos personas y vuelve a esfumarse en los bosques. No roban nada. Apenas un puñado de veces secuestran a alguien, sin ser lo habitual.

El Gobierno dice que se trata de bandidos; los locales insisten en que son terroristas islámicos que cruzan la frontera presionados por las fuerzas armadas nigerianas. Pero nuevamente se confunden los términos. Un cazador de la zona, miembro de las milicias de seguridad locales, aseguró a El Orden Mundial que “los bandidos siempre han estado aquí. Roban, matan a quienes se resisten y matan cuando quieren dar un mensaje, pero esto es diferente. Ni siquiera roban vacas”. El punto que señala es revelador, y lo confirman otros cazadores. El bandidaje en el golfo de Guinea está vinculado al secuestro de personas y al robo de ganado como medios principales de financiación, mientras que el terrorismo, que a veces practica actos delictivos (robos, secuestros, tráfico de armas, drogas y personas), no los lleva como actividad principal.

Sin embargo, esa frontera entre una acción u otra se cruza a menudo por dinero. Existen dinámicas de este tipo conocidas en la región. Por ejemplo, los ladrones de ganado en el noroeste de Nigeria se cambiaron en la década de 2010 al secuestro de personas cuando vieron que era un negocio más lucrativo. Y el noroeste de Nigeria terminó convirtiéndose en la zona más afectada del país por los secuestros.

Mapa político de África

En palabras del padre Solomon, sacerdote católico de la parroquia de Makurdi (estado de Benue, Nigeria), “no hay dudas de que los terroristas arman a los bandidos, con el beneplácito del Gobierno, para crear caos en las comunidades y expandir su agenda política”. Qué agenda sería esa, no lo sabe. De momento solo hay caos.

Más de doscientas personas fueron asesinadas en junio de 2025 en la localidad de Yelwata, situada apenas a cuarenta kilómetros de Makurdi. Varios vecinos me confirmaron que el grito ya conocido, Allahu akbar, se repitió a lo largo de la matanza. La consultora SBM Intelligence contabilizó 7.825 secuestros en Nigeria entre junio de 2025 y julio de 2026, y el 90% ocurrieron en el norte del país, donde nuevamente se mezclan grupos de bandidos con grupos terroristas como Boko Haram (que saltó a la fama internacional por el secuestro de las niñas de Chibok en 2014) y Dáesh. El vacío informativo, la rumorología y la falta de resultados por parte de las fuerzas de seguridad aumentan una situación confusa de por sí.

La sospecha del terrorismo y el eslabón fulani

Con todo, ningún nombre concentra tanta confusión como el de los fulani. Aquel cazador de Kalalé iba más allá del bandidaje y acusaba a los fulani de ser cómplices o, incluso, responsables de los ataques que sufrían. Aunque no es nuevo. Los fulani, también conocidos como “peul” en las zonas francesas, o como “fulbe” en su propia lengua, son una etnia con 30-40 millones de individuos repartidos por los países de África occidental. Su tradición ganadera y nómada ha dificultado desde hace siglos su integración con otras comunidades por las disputas en torno a la tierra que genera su llegada y la de sus ganados a zonas de mayoría sedentaria y agricultora. Este tipo de conflicto por la tierra puede mezclarse con tintes religiosos (los fulani son de mayoría musulmana) y étnicos, y su resultado más palpable puede verse hoy en Nigeria.

Hace más de veinte años que comunidades fulani atacan a comunidades agricultoras de otras etnias en el Cinturón Central nigeriano, resultando en matanzas periódicas de agricultores, secuestros y quema de iglesias. La violencia corre en ambas direcciones, pero solo una de ellas tiene nombre propio (fulani) en el debate regional, ya que el lado contrario lo conforman múltiples etnias de múltiples religiones. 

No es solo Nigeria. Los choques entre fulani y terceros se han repetido a lo largo de los siglos en las actuales Malí, Togo, Benín y Burkina Faso, llevando a una segregación de sus comunidades, incluso en tiempos de paz, que inicia un círculo vicioso donde el fulani ataca o es atacado, se aísla o es aislado; y ataca de vuelta o es atacado, siendo aislado o aislándose a sí mismo. Por eso se reconoce que hoy conforman una de las etnias mayoritarias en los grupos terroristas del Sahel. No quiere decir que la mayoría de los fulani (o peul) sean terroristas, sino que un elevado número de terroristas lo son. Y se perpetúa el círculo.

Por tanto, que los milicianos en Kalalé culpen a los fulani no es nuevo, ni se les puede culpar en demasía. Tiene una parte de verdad y otra de superstición. En plena entrevista, en un puesto de control, el cazador se interrumpe y grita: “¡Fulani!”. Frena en seco una motocicleta. Sobre ella dos jóvenes, hombre y mujer, vestidos con ropas elegantes y ojos asustados. Los milicianos les rodean. No son benineses, son fulani. Hacen preguntas con un tono cortante. Obligan a los jóvenes a bajar de la moto y les registran. Gruñen. Dejan caer la cuerda que hace de barrera y permiten que pasen.

El cazador vuelve, visiblemente molesto. Al ser cuestionado sobre el trato brusco que se da a los fulani inocentes, responde sin dudarlo que “puede que no sean terroristas, pero saben quienes son los terroristas. Todos lo saben. Pero no nos lo quieren decir”. Si no lo saben, “siempre pueden ser ellos terroristas”. Asegura que no odia a los fulani, ni mucho menos. Sencillamente, no se fía de ellos. Juzgar es sencillo cuando se vive en paz. Cuando se escuchan los tiros desde tu ventana, con tus hijas escondidas bajo la cama, otra vez, y las noches de insomnio se acumulan, la visión del mundo cambia.

En Ghana, esa misma sospecha crece dentro de su propio denominador. Fue en 2019 cuando las comunidades fulani del norte del país empezaron a experimentar secuestros que afectaban de forma casi exclusiva a miembros de su etnia. Al principio no le dieron importancia porque este tipo de prácticas son comunes en la zona. Pero después de la crisis del coronavirus, en torno a 2021, cuando el número de secuestros comenzó a hacerse insoportable. Ahmed Barry, presidente de la Fulani Youths Association de Ghana, confirmó en una entrevista para este medio que los secuestradores eran fulani venidos de Nigeria. Es decir, que los fulani nigerianos han internacionalizado su negocio para secuestrar a fulani ghaneses.

Barry lo asegura sin dudarlo. Pero su rabia no está dirigida contra los fulani en términos generales, porque él mismo lo es, sino contra aquellos que deberían solucionar la crisis: el Gobierno de Ghana. Yahaya Mohammed, activista fulani del norte del país, comparte su visión, pero va más allá al expresar el descontento de sus compatriotas (ghaneses y fulani) y acusa a agricultores ghaneses de colaborar con los criminales para esconder a los secuestrados en sus granjas. Contra ellos dirige también su frustración. Y muestra conversaciones en un grupo de WhatsApp con otros individuos de su etnia, en donde muchos proponen utilizar la fuerza para “conseguir la paz” y “darles una lección”.

¿Una lección a quién? A todos los que hacen daño a los fulani. Mohammed critica que los fulani no son considerados ghaneses de verdad por parte de las autoridades, y entona una frase que recuerda a lo sucedido en Benín: “Cuando un control policial detiene un autobús para registrarlo, se dirigen a nosotros como ‘fulani’, como si fuéramos extranjeros, y nos separan del resto de los pasajeros para registrarnos solo a nosotros. ¡A nosotros, que somos las víctimas de los secuestros!”.

La Unión Europea como mediadora de la ecuación

Testimonios locales y fuentes de la Unión Europea confirman que jóvenes ghaneses, en su mayoría fulani, están cruzando la frontera de Burkina Faso para unirse a las filas terroristas. Los locales piensan que es posible que dichos jóvenes establezcan contactos con el JNIM burkinés y que podría ser, dentro de unos años, que regresen a Ghana para establecer sus propias células terroristas de su lado de la frontera. Pero Jonas Claes, jefe adjunto de la delegación de la UE en Ghana, no lo ve así.

Claes admite la porosidad de la frontera y no niega que haya jóvenes que la cruzan, pero subraya que eso lleva ocurriendo mucho tiempo sin traer el terrorismo islámico a Ghana, y no lo considera una amenaza inmediata. Tampoco cree que el país vaya a sufrir un atentado a corto plazo. Los grupos armados, dice, se benefician de la estabilidad ghanesa para comerciar y para descansar.

Lo que de verdad le preocupa no es el desbordamiento terrorista, sino que esos grupos instrumentalicen los problemas que Ghana ya tiene dentro. Y cuando los enumera (la tierra, la etnicidad, las jefaturas, la minería artesanal, los vigilantes de cada ciclo electoral) se regresa a la dinámica donde todo se conecta y nada se ata. Sobre el bandidaje, responde que lo ve más vinculado a las disputas de jefatura que a los terroristas.

De los fulani sí que habla con más cautela. La delegación trabaja en la idea de un congreso que los reúna en un colectivo único, capaz de dialogar con el Gobierno como bloque. Pero añade una frase que no suele decirse desde una delegación diplomática: “No es fácil, debo decir, porque todavía queda la percepción en el Gobierno central de que los fulbe no son necesariamente un tema principal que tratar”.

Toda esta confusión entre actores armados en el golfo de Guinea no es ruido de fondo. Mientras un jefe de aldea togolés compra una base militar llamando “terrorismo” a un ajuste de cuentas, mientras el Gobierno beninés llama “bandidaje” a lo que sus ciudadanos sufren cada quince días y prohíbe contarlo, mientras las fuerzas de seguridad de media región persiguen a un enemigo que cambia de nombre según quién lo cuente, el yihadismo armado se instala. No ocurre a base de atentados espectaculares, sino aprovechando que nadie sabe del todo a quién está combatiendo. Esa incertidumbre es su mejor herramienta para asentarse en el golfo de Guinea.


El nuevo libro del autor:

Atenas en la jungla. Crónicas de un corresponsal en África (independiente)

“Un corresponsal español recorre durante diez viajes un continente que se niega a caber en las categorías que Occidente le impone, y lo cuenta sin la red de seguridad de la esperanza obligatoria. 

No es un libro que ofrezca consuelo. Aquí no hay víctimas a las que compadecer desde el sofá ni salvajes a los que civilizar, sino personas que toman decisiones y cargan con sus consecuencias, igual que en cualquier otro lugar del mundo. Y hay, sobre todo, un periodista que va descubriendo, viaje a viaje, error a error, que quien llega creyendo que viene a salvar suele ser el que más estorba.

Una crónica exigente y deliberadamente incómoda sobre el oficio de mirar de frente”.

Alfonso Masoliver

Periodista especializado en África subsahariana. Corresponsal con Onda Cero. Escribo también en La Razón, El Español, África Mundi, The Political Room y Mundo Negro.

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