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Los accidentes han dejado ver las costuras de España como potencia ferroviaria. El AVE fue un símbolo de la modernización del país líder en kilómetros de alta velocidad en la Unión Europea. Sin embargo, los accidentes de Adamuz en enero y Urda en octubre, que junto con el de Angrois en 2013 han dejado casi doscientos fallecidos, apuntan a problemas de fondo.
Aislados son accidentes graves, pero junto a otros revelan deficiencias en un sector estratégico. En Angrois falló la señalización y la supervisión de la circulación; en Adamuz faltaba mantenimiento en la vía; Urda, hasta donde se sabe, apunta a fallos técnicos en el sistema de seguridad y errores humanos de comunicación entre maquinistas y centro de control.
No es casual: Adif lleva años perdiendo capacidades. Menos trabajadores han pasado a hacer más, los sistemas viejos no terminan de renovarse, y la política —antes el PP y ahora el PSOE— se ha hecho con la cúpula y altos cargos que eran especializados. Sobre esa base, es más probable que se encadenen fallos técnicos y errores humanos que deriven en accidentes.
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