Por Álvaro Merino, Celia Hernando y Miranda Guerra Valencia

21 Octubre, 2026

La guerra de Ucrania también se libra en suelo europeo. El apoyo militar, económico y político del continente ha permitido a Kiev resistir cerca de cinco años una invasión que Rusia planeaba finiquitar en cuestión de días. Y con el frente estancado desde prácticamente el primer año de guerra, Moscú ha abierto una nueva brecha en la retaguardia: una ofensiva en la sombra contra Europa para cortar la línea de vida de Ucrania.

Mientras Kiev soporta la peor parte del conflicto en un frente de trincheras y drones, Europa se ha visto envuelta en una guerra híbrida, una estrategia que combina provocaciones militares con sabotajes, ciberataques y espionaje por debajo del umbral de guerra convencional.

Todo ello ocurre en la llamada zona gris, un espacio difuso donde resulta sumamente difícil confirmar la autoría rusa y que evita una respuesta militar directa o la activación de la cláusula de defensa mutua de la OTAN. El objetivo principal de esas operaciones no es conquistar territorios ni causar bajas civiles, sino desgastar y polarizar a los aliados de Ucrania.

La guerra híbrida de Rusia contra Europa se ha intensificado desde 2024 y ya alcanza todos los rincones del continente, como confirma una investigación de El Orden Mundial a partir de datos del proyecto Armed Conflict Location and Event Data (ACLED, por sus siglas en inglés), una organización independiente estadounidense que recopila datos de conflictos y protestas en todo el mundo.

Según ese análisis, Europa ha registrado y atribuido 163 incidentes a Rusia enmarcados dentro de esa guerra híbrida entre febrero de 2022, el inicio de la guerra de Ucrania, y el 9 de octubre, fecha de la última actualización disponible de ACLED. A ellos se suman otros 261 registros que nadie ha conseguido imputar a Moscú pero que encajan en ese mismo patrón.

En la madrugada del 2 de septiembre, en Múnich, dos personas lanzaron artefactos incendiarios contra dos empresas militares alemanas proveedoras de Ucrania. La policía detuvo a dos ciudadanos búlgaros, y los investigadores sospechan de la inteligencia militar rusa. Fue el último de una oleada de incendios que en menos de tres semanas golpeó a fabricantes de drones y material militar en Estonia, Polonia y Alemania. Ninguno ha sido atribuido formalmente a Rusia, pero el modus operandi y los objetivos encajan en la guerra híbrida rusa.

Conocer al completo la dimensión de esa campaña es complicado, precisamente porque la intención es enmascarar los ataques bajo accidentes, fallos técnicos, acciones de lobos solitarios o delincuencia común. Es probable que la autoría rusa nunca llegue a probarse en la mayoría de esos casos o que incluso algunos de ellos no tengan nada que ver con Rusia. Sin embargo, el mapeo de los 424 atribuibles al aparato estatal ruso ofrece una aproximación mucho más exacta a la guerra híbrida que los 163 casos confirmados por Europa.

Del Donbás a los cielos europeos

Rusia no inventó la guerra híbrida en 2022. Ya en 2007, un ciberataque masivo paralizó Estonia tras la retirada de un monumento soviético del centro de Tallin. Estonia acusó a Rusia, pero fue incapaz de probar su implicación. A partir de 2014, con la anexión de Crimea, la estrategia se amplió y aparecieron campañas de desinformación dirigidas a polarizar la opinión pública e injerir en procesos electorales europeos.

Ejemplos de ello son el hackeo del Bundestag en 2015, que Alemania atribuyó al servicio de inteligencia militar ruso; el brexit en 2016, en cuya campaña interfirió Rusia, tal y como reconoció recientemente el primer ministro británico Andy Burnham; o los #MacronLeaks de 2017, en los que correos de la campaña de Macron fueron filtrados antes de la segunda vuelta de las presidenciales en un ciberataque atribuido posteriormente por Estados Unidos y la propia Francia a la inteligencia rusa. Ya fuera a través de injerencias, financiación o propaganda, Rusia ha apoyado sistemáticamente a fuerzas euroescépticas y de extrema derecha para fragmentar Europa.

Pero la invasión de Ucrania ha convertido la guerra híbrida rusa en una campaña sostenida contra el apoyo europeo a Kiev, la cual se ha intensificado a medida que la guerra convencional se estancaba en el frente. Durante los dos primeros años, la actividad de Rusia en Europa fue relativamente baja y centrada en la inteligencia tradicional: espionaje, redes de vigilancia y episodios de intimidación.

Uno de los casos más llamativos fue el asesinato en Villajoyosa (Alicante) en febrero de 2024 del piloto ruso desertor Maksim Kuzmínov, que evidenció la capacidad del Kremlin para operar en todos los rincones del continente. Aunque los servicios de inteligencia españoles señalaron desde el principio a Moscú, un juzgado decretó el sobreseimiento provisional al no hallar a su autor.

En junio de 2024, la vía diplomática encalló. Tras las improductivas negociaciones de la primavera de 2022, Suiza acogió una Cumbre de Paz a iniciativa de Volodímir Zelenski y sin la participación de Rusia. Un día antes, Vladímir Putin se anticipó a la cumbre y fijó condiciones inasumibles para Kiev: la retirada total de sus tropas de los oblasts de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón y la renuncia a entrar en la OTAN.

Con las negociaciones muertas y ante el salto militar de los aliados, que en la segunda mitad de 2024 suministraron a Ucrania cazas F-16 y le autorizaron a usar misiles de largo alcance, el Kremlin terminó de convertir la zona gris en su principal palanca de extorsión.

La guerra híbrida se intensifica a partir de 2024

Evolución mensual de los incidentes vinculados a Rusia en Europa

Así, a partir de 2024, las acciones hostiles de Rusia en Europa se vuelven más frecuentes y menos rastreables: se multiplica el reclutamiento individual o de proxies a través de canales como Telegram, con pago en criptomonedas a cambio de ejecutar ataques contra infraestructuras estratégicas, como almacenes de suministros militares, naves industriales o centros de telecomunicaciones.

En paralelo, las elecciones europeas de junio de 2024 vinieron acompañadas de una intensificación de los intentos de desestabilización y polarización atribuibles al Kremlin. Ejemplo de ello es la aparición de cinco ataúdes vacíos con la inscripción “Soldados franceses de Ucrania” a los pies de la Torre Eiffel en junio de 2024 o tramas como la red de propaganda Voice of Europe, que según los servicios de inteligencia checos pagaba a eurodiputados y candidatos de extrema derecha para difundir la narrativa rusa antes de las elecciones. La República Checa desmanteló la red y un eurodiputado de Alternativa para Alemania está siendo investigado.

A finales de 2024 y de forma sistemática a lo largo de 2025 y 2026, la guerra híbrida alcanzó su fase más agresiva con el uso a gran escala de drones en suelo europeo. Las incursiones son especialmente frecuentes en el flanco oriental, donde drones rusos violan de forma reiterada el espacio aéreo de Rumanía, Moldavia o Polonia. Aunque a menudo se producen durante ataques contra Ucrania, los gobiernos afectados las han tratado como provocaciones deliberadas.

En el resto de Europa, estas oleadas de drones se han concentrado alrededor de nodos militares y aeropuertos. En Reino Unido y Alemania, entre noviembre y diciembre de 2024, drones no identificados sobrevolaron bases militares estadounidenses, incluida la de Ramstein, la principal base de EE. UU. en Europa, además de otros lugares estratégicos, como la mayor fábrica de munición de la empresa armamentística Rheinmetall. Las autoridades investigaron los vuelos como posible espionaje ruso, aunque nunca lograron probarlo.

En septiembre de 2025, en Dinamarca, una serie de incursiones obligó a cerrar temporalmente cuatro aeropuertos, entre ellos el de Copenhague, y sobrevoló varias bases militares, justo en vísperas de una cumbre de líderes de la Unión Europea en la capital danesa. La primera ministra, Mette Frederiksen, lo calificó como el ataque más grave sufrido por las infraestructuras críticas danesas y señaló que Rusia era el único país dispuesto a amenazarlos.

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Y en Bélgica, entre octubre y noviembre de 2025, coincidiendo con el debate europeo sobre el uso de los activos rusos congelados, se registró una de las oleadas más largas, con sobrevuelos consecutivos de bases militares y el cierre de aeropuertos como los de Bruselas y Lieja.

En total, los drones protagonizan cerca de la mitad de los incidentes vinculados a Rusia registrados en Europa desde 2022. Los meses más intensos de la serie corresponden a esas oleadas de finales de 2025 y a agosto y septiembre de 2026.

La intensificación de este verano combinó dos frentes: una lluvia de drones rusos sobre Moldavia y Rumanía, al calor de la ofensiva contra el sur de Ucrania, y una campaña encubierta contra la industria de defensa europea, que culminó con el intento de atentado con drones en el aeropuerto de Leipzig.

Alemania y Moldavia son los países más golpeados

Incidentes vinculados a Rusia en Europa

Este último incidente encendió definitivamente las alarmas en Europa, con Alemania acusando directamente a Rusia de organizar un ataque físico en su territorio y la responsable de Política Exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, calificándolo como “terrorismo de Estado”.

Más allá de las cada vez más frecuentes incursiones de drones, la guerra híbrida ha escalado en Europa, y cada vez se producen sabotajes o ataques más directos y temerarios. Ejemplos de ello son el incendio provocado de una estación terrestre de los satélites Starlink en Polonia, que afectó directamente a las comunicaciones del ejército ucraniano en el frente y que el Gobierno polaco dijo no tener dudas de ser obra de la inteligencia rusa, o el disparo de bengalas de advertencia por parte de un buque de guerra ruso contra un helicóptero militar danés en aguas del Báltico, ambos ocurridos este mes de septiembre. También han aumentado los sabotajes ferroviarios o los incendios cerca de fábricas de explosivos.

El goteo constante en los límites de la OTAN y en enclaves sensibles de Europa busca poner a prueba los tiempos de respuesta de las defensas aliadas, medir la capacidad de aguante de las sociedades fronterizas y someter a las cadenas de mando a un dilema permanente. Los aliados pueden asumir el coste político y económico de derribar con misiles caros aparatos que cuestan unos pocos miles de euros, o arriesgarse a normalizar la presencia rusa en sus fronteras.

El problema es que cada provocación eleva el riesgo de escalada. El derribo de un avión ruso por cazas de la OTAN en el flanco oriental, o un dron que cause víctimas en Polonia, Rumanía o Moldavia, podría convertirse en el pretexto para una escalada con Moscú.

Esta guerra psicológica también se refleja en las respuestas europeas. En Finlandia, el Gobierno llegó a prohibir por completo el pilotaje de drones a todos los ciudadanos rusos. La UE, por su parte, se prepara para desplegar en 2027 un muro anti drones en su frontera este, aunque los debates sobre su financiación y gestión amenazan con retrasarlo.

Este verano, el incidente de Leipzig y las alarmas de los servicios secretos occidentales han disparado la tensión en las capitales europeas. En agosto, The Wall Street Journal publicó en una exclusiva que la inteligencia estadounidense temía que Putin pusiera a prueba a la Alianza con un ataque limitado contra uno de sus miembros de aquí a 2029. A finales de ese mes, el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó por sorpresa a Moscú para advertir a Rusia de que no atacara a países de la OTAN, según la prensa estadounidense.

Un mes después, la preocupación tomó forma en Europa. El jefe del servicio de inteligencia checo advirtió en The Guardian que Rusia podría atacar territorio aliado “en meses, no en años”. A esa advertencia se sumaron otros líderes, como el polaco Donald Tusk o el francés Emmanuel Macron, que alertaron del aumento de incidentes híbridos y el riesgo de escalada.

La amenaza de la guerra convencional

La guerra híbrida de Rusia en Europa se está volviendo más agresiva. Su estrategia ha evolucionado de operaciones casi invisibles ―espionaje, desinformación y ciberataques― a una campaña cada vez más física, con sabotajes, provocaciones militares y oleadas de drones.

Los drones protagonizan cerca de la mitad de los registros

Incidentes vinculados a Rusia en Europa

Ante esto, la vulnerabilidad de Europa es cada vez más evidente. Su margen de maniobra es reducido porque la actividad rusa se mantiene por debajo del umbral del artículo 5 de la OTAN, la cláusula de defensa mutua, y porque su autoría es difícil de probar. Eso da alas a Rusia: le permite aumentar la inseguridad y tantear los límites de la Alianza Atlántica en un momento que, además, le es favorable.

Primero, porque con Donald Trump en la Casa Blanca, Putin tiene la oportunidad de cerrar tratos con su rival histórico, como el reciente pacto para aliviar las restricciones al comercio de diésel ruso, y mantener así a flote su economía de guerra. Pero también porque el apoyo de Trump a Ucrania no es tan firme como el de la UE, y su compromiso con la OTAN y con la defensa mutua en caso de ataque tampoco está garantizado.

Y segundo, porque Europa afronta un superciclo electoral, con generales en España este noviembre y comicios en 2027 en Francia, Italia o Polonia, con el ascenso de fuerzas de derecha radical prorrusas como AfD en Alemania en la recámara. De cara a las presidenciales francesas de 2027, el auge de Agrupación Nacional, un partido vinculado históricamente a Moscú y reacio a seguir armando a Ucrania, puede agrietar todavía más el frente común europeo.

Ante este panorama, el Kremlin tiene incentivos para intensificar la guerra híbrida y forzar una negociación bajo sus términos en Ucrania. Con la guerra estancada, la combinación de acciones híbridas constantes y los cambios políticos en la UE permitiría a Rusia inclinar poco a poco la balanza a su favor, sin necesidad de un gran choque convencional.

Pero una resolución de la guerra que el Kremlin pudiera vender como una victoria no detendría la maquinaria militar rusa. Con concesiones territoriales en Ucrania, Rusia podría rearmar y fortalecer su ejército y, en pocos años, plantearse una nueva ofensiva contra Europa o una incursión en otros puntos de la frontera con la OTAN. De la misma forma, si Rusia resulta humillada en Ucrania, no es descartable que Putin busque una revancha en los próximos años.

El presidente ruso considera que la caída de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo” y ha enmarcado la invasión de Ucrania en una campaña de restauración legítima de su territorio. Declaraciones como que el país es un “Estado artificial” o que ucranianos y rusos constituyen “un único pueblo” obedecen a esa lógica.

La gran pregunta que se hace ahora Europa es hasta dónde abarca ese afán expansionista y revisionista. ¿Corren riesgo enclaves rusófonos europeos como la ciudad estonia de Narva? ¿El corredor de Suwalki, entre Polonia y Lituania, que separa Kaliningrado de Bielorrusia? ¿Las exrepúblicas soviéticas bálticas enteras?

El paso de la guerra híbrida a un enfrentamiento abierto es poco probable en la situación actual. Rusia no puede permitirse abrir otro frente. Pero las ganas que puedan quedarle a Putin de intentar otra agresión militar en el futuro se decidirán en Ucrania y en los cuarteles militares de una Europa que debe aprender a defenderse sin Estados Unidos.

Por el momento, al extender la guerra híbrida en Europa, Moscú erosiona la credibilidad de la disuasión aliada y eleva progresivamente el listón de lo que la OTAN está dispuesta a tolerar. La mejor forma de evitar una escalada es hacerle saber a Rusia que tiene enfrente un bloque unido y capaz de disuadir. Hoy por hoy, con una defensa europea que aún depende de la Casa Blanca y unos europeos divididos en las urnas, la imagen es justamente la contraria.

Metodología

El Orden Mundial ha seleccionado los eventos registrados en Europa, sin contar Ucrania ni Bielorrusia, que ACLED vincula con Rusia. El primero data del 6 de marzo de 2022 y el último, del 9 de octubre de 2026, fecha de la última actualización disponible.

Cada registro se ha revisado de forma individualizada para comprobar su posible encaje en la guerra híbrida, el conjunto de acciones hostiles contra Estados europeos, sus instituciones, infraestructuras, empresas o ciudadanos que han sido ejecutadas o presuntamente dirigidas por el Estado ruso, ya sea mediante sus fuerzas armadas, sus servicios de inteligencia o intermediarios reclutados para ello, y que se mantienen por debajo del umbral de un ataque armado.

Quedan excluidos los daños colaterales de la guerra en Ucrania, como los restos de misiles caídos en territorio europeo tras estallar al otro lado de la frontera o los actos de simpatizantes prorrusos cuando ni ACLED ni las autoridades sospechan de una dirección desde Rusia. Sí se incluyen las violaciones del espacio aéreo europeo —drones, misiles o aviones— y los artefactos que caen o explotan en territorio europeo tras entrar en él.

Un incidente se considera atribuido a Rusia cuando ACLED identifica como autor a un actor estatal ruso, cuando un Gobierno o servicio de seguridad europeo lo ha atribuido oficialmente a Moscú o cuando existe una condena judicial que lo vincula con los servicios rusos. El resto se clasifica como sospechoso: encaja en el mismo patrón, pero su autoría no ha sido confirmada.

Por último, se han unificado los registros duplicados, los incidentes en el mar se han asignado al país afectado y en Transnistria, una región moldava separatista prorrusa, sólo se han tenido en cuenta violaciones del espacio aéreo.

El Orden Mundial

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