Las sirenas suenan en la Unión Europea por primera vez desde la Guerra Fría. Polonia y los países bálticos están reforzando sus fronteras y dando protección especial a sus infraestructuras estratégicas ante el temor a un potencial ataque híbrido ruso. La preocupación ha ganado fuerza en las últimas semanas, después de que líderes como Donald Tusk en Polonia y Emmanuel Macron en Francia mostrasen su inquietud por los informes de inteligencia que apuntan a que Rusia estaría sopesando una nueva escalada en el este.
El temor no se limita a una hipotética invasión convencional. Desde el comienzo de la guerra de Ucrania en 2022, los países europeos han denunciado sabotajes, ciberataques, campañas de desinformación y otras operaciones atribuidas a Rusia. Para los Estados que comparten frontera con Rusia, estas acciones han dejado de ser episodios aislados y forman parte de un escenario de zona gris.
Sin embargo, el objetivo de Vladímir Putin no es entrar en guerra abierta con Europa para ocupar o conquistar territorios, sino debilitarla para ampliar su esfera de influencia. Rusia considera a la Unión Europea y la OTAN como rivales estratégicos y percibe su expansión hacia el este como una amenaza para su seguridad. El riesgo está en que, para conseguir su objetivo, las amenazas híbridas pueden poner a prueba los límites de la respuesta occidental y provocar un error de cálculo que desencadene una escalada.
Rusia no podría sostener una guerra abierta
Si Rusia decidiera escalar, se encontraría con un escenario muy distinto al de Ucrania. El ejército ruso ha ganado experiencia de combate desde 2022, pero también ha sufrido un desgaste extraordinario. El Center for Strategic and International Studies sitúa en 450.000 las muertes de soldados rusos y 1.400.000 las bajas totales entre muertos y heridos. A ello se suman los miles de vehículos y otros sistemas de armas destruidos. La economía rusa fue resiliente al principio de la guerra, pero su transformación en una economía de guerra ha aumentado el gasto militar y deteriorado las cuentas públicas con efectos cada vez más difíciles de asumir. Una inflación creciente y el debilitamiento de la economía civil podrían convertirse en un punto de fricción con la sociedad rusa, que empieza a cuestionar la viabilidad de la guerra.
Pese al lastre económico y humano provocado por el conflicto, el ejército ruso conserva capacidad para combatir en uno nuevo. Rusia ha aumentado su capacidad industrial militar, mantiene reservas estratégicas de armamento y municiones, y ha conseguido reponer parte de sus efectivos mediante movilizaciones parciales y el reclutamiento de extranjeros. Tras cuatro años de guerra, sus soldados han adaptado sus tácticas y han logrado desarrollar nuevas capacidades, especialmente con el manejo de drones, la guerra electrónica y el empleo masivo de fuegos de largo alcance.
El principal escollo es que la OTAN tiene muchas más capacidades militares que Rusia. La diferencia en gasto militar, capacidad industrial, tecnología, aviación y logística es considerable. En una guerra entre ambos actores, la cuestión no sería solo cuántas fuerzas podría movilizar Moscú para iniciar las operaciones, sino durante cuánto tiempo podría mantenerlas frente a una alianza con una capacidad económica e industrial muy superior. Rusia podría concentrar fuerzas en un punto concreto del flanco oriental europeo, pero mantener ese esfuerzo mientras combate en Ucrania sería mucho más difícil.
A ello se añade el desafío logístico. Las Fuerzas Armadas rusas se diseñaron para ser eficaces en la defensa del territorio y, a lo sumo, en operaciones cercanas a sus fronteras. Rusia ha dependido históricamente de su enorme red ferroviaria para trasladar tropas, combustible, munición y equipamiento. Por ello, su sistema logístico, heredado de la época soviética, es más útil para operaciones próximas a sus principales centros logísticos, pero se vuelve más difícil de sostener cuanto mayor es la distancia. A esto se suma un déficit de camiones y otros vehículos de transporte, claves para sostener el esfuerzo de guerra de manera prolongada.
El problema de 2022: cuando los cálculos fallan
De cara a la invasión rusa de Ucrania hubo errores de cálculo tanto en Europa como en Moscú. En Europa, el error más extendido fue asumir que los costes eran suficientes para disuadir a Rusia. En los meses previos a febrero de 2022, muchos analistas consideraban que una operación militar a gran escala resultaría demasiado costosa para Rusia. El Kremlin decidió asumir esos costes de todos modos. El problema no estuvo únicamente en calcular mal las capacidades militares rusas, sino también en interpretar sus intenciones desde una concepción occidental del riesgo y del coste de la guerra.
En el Kremlin el error de cálculo vino dado por la información que le llegó a Putin. Durante años, el presidente ruso se ha rodeado de figuras leales, que han ocupado puestos de gran responsabilidad, generando una red clientelar. En un sistema donde el poder está tan centralizado, los responsables políticos y los mandos militares pueden tener incentivos para transmitir información que confirme las expectativas o minimice los fracasos, provocando una percepción distorsionada de la realidad. En este caso, Moscú sobreestimó la receptividad de la población ucraniana a una intervención y subestimó tanto la capacidad de resistencia de Ucrania como la voluntad de Occidente de apoyar a Kiev. El resultado fue una operación mucho más duradera y costes militares y políticos mucho mayores que los esperados.
¿Qué esperar entonces?
En el marco actual, Rusia actuaría dependiendo de cómo valore los riesgos de una escalada. Si el Kremlin percibe que un ataque limitado contra un miembro de la OTAN no genera una respuesta unificada y contundente, los costes serían más asumibles. Con las tensiones entre Donald Trump y la Alianza Atlántica por el gasto militar y ante la escasez de apoyos a la guerra contra Irán, el grado de compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea genera incertidumbre entre los países aliados.
Por el contrario, si Rusia considera que los costes de una guerra convencional contra la OTAN son inasumibles, recurrirá a otras herramientas para alcanzar sus objetivos políticos. Una operación limitada, una provocación en el flanco oriental o aumentar la presión en la zona gris podría permitirle explorar las diferencias entre los aliados, generar desconfianza y poner a prueba la cohesión de la Alianza Atlántica sin la necesidad de asumir desde el principio el coste de una confrontación convencional a gran escala.
Rusia lleva años desarrollando una estrategia de zona gris en Europa, combinando instrumentos de presión sin recurrir a un conflicto abierto. Las acciones híbridas combinan ciberataques, sabotajes, operaciones de inteligencia, campañas de desinformación, presión energética y económica, instrumentalización de los flujos migratorios o provocaciones militares. Su carácter gradual y difícilmente atribuible permite mantener cierta ambigüedad, dificulta que los Estados afectados alcancen un consenso sobre cómo responder a estas acciones y explota las vulnerabilidades de los países europeos sin provocar una respuesta militar.
Otro escenario sería una operación limitada en uno de los países bálticos. Entre sus objetivos podrían estar la ciudad de Narva o la isla de Hiiumaa, en Estonia, próximos a la frontera con Rusia y de gran importancia geoestratégica. En 2014, Rusia ocupó la península de Crimea combinando fuerzas regulares sin distintivos, la toma de edificios gubernamentales y bases militares, el apoyo de actores locales y una intensa campaña de desinformación. En el Báltico, la proximidad geográfica con Rusia, la presencia de comunidades rusófonas y el posible uso de redes de influencia y agentes desplegados en la región podrían facilitar campañas de sabotaje o subversión para desestabilizar y dificultar la respuesta de las autoridades.
Este escenario no parece probable en el contexto actual, pues Estonia, Letonia y Lituania son Estados miembros de la OTAN y cualquier agresión implicaría al conjunto de la Alianza Atlántica. No obstante, esto podría cambiar si el desenlace de la guerra en Ucrania resulta favorable a Rusia, que quedaría en una posición estratégica más favorable para plantear nuevos desafíos a la OTAN. En este contexto, el objetivo de una operación rusa no tendría por qué ser ocupar un territorio, sino poner a prueba la voluntad de los aliados de responder y explotar cualquier división política que pudiera surgir durante la crisis.
El verdadero riesgo: que la zona deje de ser gris
El principal riesgo de las estrategias híbridas y de zona gris es que se pueda perder el control de la escalada. Una acción diseñada para mantenerse por debajo del umbral de la guerra puede provocar una respuesta más contundente de la prevista. Los errores de cálculo, los fallos técnicos o los incidentes imprevistos, como la muerte de civiles, pueden generar efectos no deseados y provocar que los líderes políticos se vean presionados a responder militarmente. De este modo, el riesgo no es solo que Rusia decida iniciar una guerra abierta contra otro país europeo: también puede surgir de una sucesión de acciones rusas destinadas a poner a prueba los límites de la respuesta occidental.
El problema es que, cuanto más presione Moscú, más difícil será para la OTAN determinar cuándo una acción deja de ser una provocación y pasa a constituir una agresión que requiere una respuesta militar. Esto puede generar una escalada difícil de controlar. Rusia podría llevar a cabo una acción para presionar o disuadir a la Alianza Atlántica, mientras que los aliados podrían responder para evitar que esa acción siente un precedente o anime a Moscú a continuar. Si Rusia interpreta esa respuesta como una escalada que debe ser contestada, podría adoptar nuevas medidas de presión, cada vez más difíciles de contener. Ahí aparece también la amenaza nuclear. La doctrina nuclear rusa contempla el uso de este armamento como respuesta no solo a un ataque del mismo tipo, sino también ante amenazas a su soberanía o integridad territorial, lo que supone un elemento adicional de incertidumbre en cualquier escenario de escalada con la OTAN.
Ni Rusia está a punto de invadir Europa ni la amenaza va a desaparecer. Su capacidad para librar una guerra contra la OTAN tiene limitaciones importantes, pero eso no impide que Moscú decida asumir riesgos, realizar operaciones limitadas o recurrir a herramientas híbridas para perseguir sus objetivos políticos. La experiencia de Ucrania demuestra que Rusia puede cometer graves errores de cálculo, pero también que es capaz de adaptar sus fuerzas, aumentar su producción militar y aprender de una guerra moderna de alta intensidad. Por eso, subestimar a Moscú por sus errores de 2022 sería tan arriesgado como asumir que cualquier escalada es inevitable.
En última instancia, la seguridad europea dependerá de su capacidad de disuasión. Y para conseguirlo, deberá ser capaz de actuar de forma coordinada y transmitir con claridad qué límites no pueden ser cruzados. Una disuasión creíble puede reducir el margen de actuación de Rusia, mientras que una respuesta fragmentada puede aumentar la incertidumbre que caracteriza a la zona gris y transmitir una imagen de debilidad que Rusia seguirá explotando.





