Tanto Donald Trump como su vicepresidente, J. D. Vance, lo han admitido: la guerra en Irán ha contribuido a la derrota del Partido Republicano en las midterms del pasado 3 de noviembre. Incluso podría costarle el cargo al secretario de Defensa, Pete Hegseth. Los estadounidenses llegaron a estas elecciones de medio mandato con la economía y el aumento del coste de la vida como principales preocupaciones. Y los votantes culpan a la guerra de Irán por el encarecimiento de los combustibles en un país muy dependiente del coche. Pero pese al peso del conflicto en la popularidad de Trump y en la pérdida de la mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso, él lo ha dejado claro: “Lo haría de nuevo”.
Justo ese podría ser el siguiente paso de Estados Unidos en Oriente Próximo: volver a atacar a Irán. En las últimas semanas, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha presionado a Trump para reanudar los ataques. De hecho, el día anterior a las midterms Estados Unidos atacó la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, en lo que definen como un ataque limitado y defensivo. Tras días de tensión, con la derrota electoral y conversaciones mediadas por Catar, ahora Trump parece apuntar a que la ofensiva no será inminente. Aun así, la presencia militar estadounidense en la región ha aumentado con el envío de un tercer portaaviones, unas 9.000 tropas adicionales, más buques y más sistemas de defensa aérea Patriot. Y tanto en Venezuela como en Irán, Trump ya ha combinado las negociaciones con la presión militar.
Qué busca Trump en Irán
De atacar, esta ofensiva estadounidense contra Irán sería la tercera en menos de dos años y el objetivo sería el mismo: acabar con sus avances en el desarrollo del arma nuclear. Un blanco clave podría ser la Montaña del Pico, a unos doscientos kilómetros de Teherán, donde creen que los iraníes han reanudado el enriquecimiento de uranio, esencial para desarrollar el arma de destrucción masiva. Aun así, también podrían atacar su arsenal de misiles, fortalecido en los últimos meses y con capacidad de alcanzar a Israel y a los países del Golfo. Tampoco se descartan ataques a infraestructuras civiles. Con una ofensiva intensa y que dure varios días, Netanyahu y Trump buscan obligar a Irán a ceder en el desarrollo de su arma nuclear.
Este plan es muy similar al de la operación Furia Épica, que junto con Israel dio comienzo a la guerra el 28 de febrero. Al igual que ahora, el objetivo inmediato era acabar con los avances del arma nuclear iraní. Luego se centraron en hacer caer el régimen, matando a altos cargos políticos y militares, incluido el líder supremo, Alí Jamenei, el primer día de los ataques. Pese a todo ello, Irán no cedió. De hecho, en parte salió fortalecido a través del poder que le otorgaba controlar el estrecho de Ormuz. Por otro lado, la guerra evidenció las debilidades de Washington: no solo ha sido incapaz de defender a sus aliados en el Golfo de los ataques iraníes, sino que su economía se ha visto perjudicada por el aumento del precio del petróleo.
¿Por qué ahora?
Si la nueva operación es similar a la anterior, que no cumplió sus objetivos, ¿por qué Trump puede decidir que ahora es un buen momento? Lo primero es que el presidente estadounidense no quería lanzar una ofensiva a gran escala antes de las midterms para evitar una derrota aún mayor de su partido. Ahora, una vez pasadas las elecciones y con dos años hasta las presidenciales en las que encima ya no puede lanzarse, las consecuencias electorales no le preocupan tanto. En cambio, Trump está obsesionado con su legado. Ya lo ha demostrado con su fijación por ganar el Premio Nobel de la Paz. Y, ahora, con la cuenta atrás para dejar la Casa Blanca en 2028, ve en Irán una de sus últimas oportunidades para vender una gran victoria.
Otras derrotas de los partidos de presidentes anteriores en las midterms también ayudan a entender por qué Trump podría volver a atacar Irán. Sin el apoyo del Congreso, lo tendrá más difícil para aprobar políticas a nivel nacional. Así, es probable que se centre en política exterior, donde tiene más competencias. Fue el caso de George H. W. Bush en 1992, cuando aprobó la intervención militar en Somalia, o su hijo, George W. Bush, cuando en 2007 reforzó la presencia en Irak. También lo hizo Barack Obama, que se centró en cerrar el acuerdo nuclear con Irán y reabrir relaciones con Cuba. Los presidentes salientes tienden a centrarse y arriesgarse más en el plano internacional, y Trump tiene dos objetivos principales: Irán y Cuba.
Una huida hacia adelante que resultaría peor
Los rumores sobre un posible nuevo ataque a Irán han hecho que el régimen de los ayatolás se pronuncie y haya avisado de que su respuesta sería inmediata y sin limitaciones geográficas. Esto podría implicar nuevos ataques a países del Golfo aliados de Estados Unidos, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Catar. En estos casos, los objetivos de Teherán serían infraestructuras clave como centrales de energía, sistemas de transporte de petróleo o plantas desalinizadoras.
Además, una nueva oleada de ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán tendría un gran impacto en la economía global. A los elevados precios del petróleo por la guerra y el control de Irán en Ormuz se suma la presión de los hutíes en el mar Rojo y unas reservas más bajas de combustible en China o algunos países de la Unión Europea. De hecho, once Estados miembros se comprometieron a finales de octubre a liberar 42,6 millones de barriles para garantizar la seguridad energética y aliviar el aumento de los precios.
De igual manera, Estados Unidos e Israel no se enfrentarían al mismo Irán que en febrero. Además de que volvería a responder a los ataques, el régimen iraní salió en buena parte fortalecido de aquella ofensiva. La caída del líder supremo y de altos cargos de la República Islámica ha radicalizado al régimen y le ha dado más poder a la Guardia Revolucionaria. Además, los ataques han confirmado que conseguir el arma nuclear es una cuestión de supervivencia para Irán. Al mismo tiempo, Teherán ha comprobado su poder sobre el estrecho de Ormuz: al controlar este punto clave para el comercio de hidrocarburos, puede usar su capacidad para infligir daño a la economía global como herramienta de negociación.
Una nueva oleada de bombardeos contra Irán es una opción para la Casa Blanca, pero también mantiene las negociaciones para que Teherán no desarrolle el arma nuclear a cambio de levantarle sanciones económicas. El objetivo es imponer las condiciones para un acuerdo que evite una nueva escalada bélica. Pero si Estados Unidos reanuda el conflicto, no solo seguiría hundiendo la popularidad de Trump, cuya aprobación llegó al 33% en octubre. También supondría otro shock para la economía global y podría convertir a Irán en una nueva guerra de la que a Estados Unidos le cueste años y millones de dólares salir.








